Verne: Mobilis in mobili – Segunda parte

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Verne: Mobilis in mobili [1] / Segunda parte

Pero esta vez hay quien los ve, gente que huye despavorida, gente que se arrodilla y alza las manos implorando misericordia, gente que tira piedras, se apodera la inquietud de miles de hombres, quien no ha llegado a verlo, duda, quien lo vio, jura y pide testimonio del vecino, pero pruebas ya nadie puede presentar, porque la máquina se ha alejado en dirección al sol, se ha vuelto invisible contra el disco refulgente, tal vez no haya sido más que una alucinación, los escépticos triunfan sobre la perplejidad de los que creyeron.[…] y así ocurrió, todos se callaron, y si hoy sale a luz el proyecto es porque la verdad camina siempre en la historia por su propio pie, no hay más que darle tiempo, y un día aparece y declara, Aquí estoy, no tenemos más remedio que creer en ella, viene desnuda y sale del pozo.

JOSÉ SARAMAGO: Memorial del convento[2]

En esta segunda entrega destacaré algunas de las «previsiones científicas» vernianas francamente equivocadas, que complementarán los diversos casos que se describieron en la primera parte de este ensayo (cómo eran los Polos, volcanes, etc.), así como los ejemplos que dimos acerca de algunas predicciones verificadas que aparecen en su obra. Dedicaré espacio también al estudio del Verne menos conocido: el angustiado y, en ocasiones, incluso pesimista.

Predicciones erróneas

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             Un viaje a la Luna.                         Dibujo de George Meliés

    Es conveniente hacer un repaso de estas predicciones en un autor que reivindicaba, como hemos visto en la nota anterior, una gran precisión científica.
En una conversación en Cinco semanas en globo se prevé la destrucción del mundo por tecnología avanzada, pero la causa sugerida es la explosión de una caldera colosal calentada a tres mil atmósferas. La máquina de volar de El dueño del mundo lo hacía batiendo alas. En De la Tierra a la Luna, Julio Verne da por sentado que al momento de la caída libre, la nave experimentará primero la atracción de la Tierra y luego la de la Luna, con un periodo de ingravidez sólo en los lugares donde la atracción de la Tierra y la Luna se equilibran (en las célebres figuras del libro, todos los objetos están apoyados sobre los elementos constitutivos de la nave). La caída libre sucede, sin embargo, apenas los motores son apagados: la nave y el hombre y están moviéndose (cayendo) juntos a través del espacio, con exactamente las mismas fuerzas actuando sobre los dos; el hombre -y el perro, en las figuras- sólo sentirían la atracción hacia el piso (hacia abajo) si estuvieran siendo empujados en esa dirección más que la nave; ella misma no sería suficientemente masiva como para ejercer alguna gravedad perceptible por sí misma. En la misma novela, no es difícil imaginarse el aplastamiento de los objetos al recibir en forma casi instantánea el impacto de la inmensa aceleración inicial de un proyectil.

Formación como literato

    En el reportaje ya citado del McClure’s Magazine (enero de 1894), Verne explicaría algo de su formación como literato, que lo muestra claramente como una persona imbuida del espíritu de su época:

“Empecé a escribir cuando tenía 12 años. Escribía entonces poesía, y los poemas no eran muy buenos. Aún recuerdo uno que compuse para el cumpleaños de mi padre. Fue recibido muy bien, incluso fui felicitado y me sentía bastante orgulloso. Recuerdo que por esa época yo solía pasar un gran tiempo ocupado con mis escrituras, copiando y corrigiendo. Nunca llegaba a sentirme satisfecho con lo que había hecho. Supongo que unos pueden ver en mi amor por la aventura y por el mar lo que sería el giro que tomaría mi mente unos años más tarde. Ciertamente, el método de trabajo que yo tenía se me ha afianzado desde entonces y ha permanecido conmigo durante toda mi vida. No creo que haya hecho en alguna ocasión algún trabajo descuidado.”

    Y en el mismo artículo, Verne comenta respecto de su relación con la ciencia:

“No, no puedo decir que fui particularmente atrapado por la ciencia. De hecho, nunca he estudiado ciencias. Pero en la época en que era un muchacho adoraba ver cómo trabajaban las máquinas. Mi padre tenía una finca en Chantenay, una ciudad situada cerca del Loira. Cerca del lugar se encontraba la fábrica de máquinas gubernamentales de Indret. En ninguna de mis estancias en Chantenay dejé de visitar la fábrica. Allí me quedaba de pie horas y horas observando cómo las máquinas hacían su trabajo. Esta característica ha seguido conmigo por el resto de mi vida. Aún hoy, siento tanto placer en mirar cómo trabaja la máquina de vapor de una locomotora como en contemplar un cuadro pintado por Raphael o Correggio. Mi interés en las industrias humanas siempre ha sido un marcado rasgo de mi carácter, tan marcado, de hecho, como mi amor por la Literatura […] y mi deleite por las bellas artes que me han llevado a visitar cada museo y galería de alguna importancia en Europa. La fábrica de Indret, las excursiones en el Loira y mi intento de escribir versos fueron las tres grandes pasiones y ocupaciones de mi juventud.”

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      Edgar Allan Poe               (1809-1849)

    En 1850, en la pobreza en que lo había dejado su padre al negarse a mantenerlo por no querer Verne vivir de su recién adquirida profesión de abogado, sacia su hambre con la lectura en la Biblioteca Nacional. Descubre a Edgar Allan Poe (1809-1849), que aún no había sido traducido al francés;[3] estudia geometría, física, química, revistas de geografía como Le Tour du Monde, y comienza a concebir la «novela de la ciencia». El gran Alejandro Dumas (padre) dará el espaldarazo a esta idea: califica de «fantástico» al propósito de Verne de novelar la ciencia con toques románticos. En 1852, con 24 años, Julio Verne es admitido en la revista Musée des Familles como redactor de la nueva sección científica. Se hace socio del Club de la Prensa Científica, donde entabla relaciones con exploradores y científicos, entre ellos su primo, el matemático Henri Garcet, cuyos Elementos de mecánica estudia cuidadosamente. Éste, que era maestro en la Sorbona, lo introduce en el mundo del observatorio astronómico y el jardín botánico, y en los gabinetes de física y química.

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Fotógrafo y aerostero Nadar (seudónimo de Félix Tournachon), amigo cercano de Verne

    Mientras tanto, Verne escribe obras dramáticas -algunas se representan-; se casa con la hermana de un hombre rico, quien le financia algunos viajes;[4] conoce los astilleros de Glasgow en que se construía el Great Eastern, pionero de los transatlánticos modernos, que tendería el primer cable a través del Atlántico. Verne ya tiene 34 años cuando funda la Sociedad de la investigación aérea con Nadar, alias de un célebre fotógrafo (quien retrató a las máximas figuras francesas de la época) y adelantado de los viajes en globo. Con él y sus amigos aprende todo sobre la aeronáutica de la época y decide tomar el tema de un viaje en globo para su primera novela de la ciencia. Jules Hetzel, famoso editor de la época, recibe el manuscrito, lo obliga a modificarlo radicalmente y, finalmente, se lo acepta, publicándolo en enero de 1863. El escritor tenía ya 35 años, y con Cinco semanas en globo comienza su deslumbrante carrera.

“¡Ninguna!”

    En el mismo reportaje de enero de 1894, a continuación de la respuesta anterior, se le pregunta sobre qué preparación tenía al escribir su primera novela geográfica, y si tenía conocimiento o experiencia de viajes en globo:

“Ninguna” -contestó Julio Verne-, “escribí Cinco semanas en globo no pensando en una historia sobre cómo viajar en globo, sino en una historia sobre África. Siempre he estado muy interesado en la geografía y los viajes, y con la novela quise dar una descripción romántica de África. De manera tal que no había otra forma de llevar a mis viajeros hacia África a no ser en un globo, y ésta es la respuesta de por qué es introducido un globo en la historia. En ese momento nunca había hecho un ascenso en globo. De hecho, sólo he viajado en globo en una ocasión en mi vida. Fue en Amiens, mucho después de que mi novela fuese publicada. La travesía se verificó en tres cuartos de hora, debido a que tuvimos un problema al subir. Godard, el aeronauta, estaba besando a su pequeño hijo al tiempo que el globo comenzaba a elevarse; de manera que tuvimos que llevar al chico con nosotros. El globo estaba tan pesado que no pudo ir muy lejos. Viajamos hasta Longeau, una ciudad por la que usted pasó antes de llegar aquí. Puedo decirle que tanto en el momento en que escribí la novela como ahora, no tengo fe en la posibilidad de dirigir globos, a excepción de que se estuviera en una atmósfera completamente estancada como, por ejemplo, en esta habitación. ¿De qué manera se puede construir un globo que logre enfrentar corrientes de seis, siete u ocho metros por segundo? Es sólo un sueño, aunque creo que si la pregunta alguna vez fuera resuelta, ésta sería con una máquina que fuera más pesada que el aire, siguiendo el principio del pájaro que puede volar aun cuando es más pesado que el aire.”

“¡Ninguno!”

-¿Entonces, usted no tenía ningún estudio científico en que basarse?- Ninguno. Puedo decirle que nunca he estudiado ciencias, aunque gracias a mi hábito de leer he podido adquirir conocimientos que me han sido útiles. Soy un gran lector y cada ocasión que leo lo hago con un lápiz en la mano. Siempre llevo un cuaderno conmigo e inmediatamente apunto, tal y como lo hacía Dickens, algo que me interese o que pueda ser de posible uso en mis libros. Vengo aquí todos los días después del almuerzo y de inmediato me dispongo a trabajar. Leo hasta quince publicaciones distintas, siempre las mismas quince, y puedo decirle que son muy pocos los artículos que aparecen en ellas que escapan a mi atención. Cuando veo algo de interés lo escribo en mi cuaderno. Leo publicaciones tales como Revue Bleue, Revue Rose, Revue des deux mondes, Cosmos, La Nature, de Tissandier, y L’Astronomie, de Camille Flammarion. También leo los boletines de las sociedades científicas, sobre todo aquellos de la Sociedad Geográfica. Debo manifestar que la geografía es mi pasión y mi estudio. En mi biblioteca personal se encuentran todos los trabajos de Elisée Reclus -por el cual siento gran admiración-, y todos los de Arago. He leído una y otra vez, debido a que soy un lector muy cuidadoso, la conocida colección Le Tour du Monde, la cual es una serie de historias donde se describen viajes a diferentes partes del Universo. Poseo miles de notas actualizadas sobre diferentes temas. En estos momentos cuento con veinte mil notas que pueden ser vertidas en mi trabajo, pues hasta los días de hoy no han sido usadas. Algunas de estas notas fueron tomadas en conversaciones. Me gusta oír hablar a las personas, sobre todo a aquellas que me proveen de información sobre tópicos que conocen.

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Ilustración de la novela   De la Tierra a la Luna

    En 1865 Hetzel funda la revista Magasin d’Education et de Récreation, ilustrada y apta para todos; Verne es el responsable de la parte científica. En ella aparecerán en entregas casi todas sus novelas más famosas, comenzando con la primera parte de las Aventuras del Capitán Hatteras. Esta novela inaugura la serie de los Viajes extraordinarios.

Enseñar y entretener

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Aouda, personaje femenino de la novela de Verne: La vuelta al mundo en ochenta días

Sus obras procuraban sobre todo entretener y enseñar. Él mismo escribió por 1874: «El lector no pide sólo que se le instruya sino también que se le entretenga, y cuando se quiere instruir hay que hacerlo sin que se note, de modo que si la instrucción no se desliza en la acción, se falla el objetivo». Eran obras que enseñaban geografía a los futuros administradores coloniales y formaron a los ingenieros que globalizaban los ferrocarriles y desparramaban la electricidad por el mundo.
Exaltaban el individualismo, el poder de la tecnología, los espíritus precisos y casi sin emociones. En sus obras hay pocos conflictos humanos, cuando aparecen –por ejemplo con Aouda, la viuda del rajá de Bundelkund, en la obra La vuelta al mundo en ochenta días-, hacen parte, más bien, de las diferencias entre las sociedades humanas. Sus personajes son solitarios e incorruptibles, sus armas son la física, la química, la ingeniería. Lo que permite sobrevivir a los púberes asexuados de Dos años de vacaciones es el orden, la disciplina, el pragmatismo. Cuando Gordon, el niño americano, asume la jefatura del grupo, establece el siguiente programa de estudios para los más pequeños:

“Les enseñarían matemática, geografía e historia, con la ayuda de algunos libros de la biblioteca y utilizando los conocimientos que poseían, lo cual sería una ocasión para ellos [los mayores] de no olvidar lo que sabían.”

    Phileas Fogg y el capitán Nemo se parecen mucho: ambos son taciturnos, completamente racionales, flemáticos, acallan sus emociones y son modelos de puntualidad. A pesar de las circunstancias diferentes por las que han pasado, parecen astilla del mismo palo. Y lo son.[5]

Un burgués conservador

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Ilustración de F. Schuiten para una versión de lujo de la novela de Verne: París en el siglo XX

El accionar conservador de Verne en la sociedad francesa de la segunda mitad del siglo XIX fue un rasgo característico. A la hora que los movimientos revolucionarios de 1848 y de 1871 se cruzaron con su vida, se puso al margen de los acontecimientos, asumiendo el papel de simple espectador; se le anotaron rasgos antisemitas; cuando el caso Dreyfus tomó posición apoyando las posturas oficialistas que condenaban con una falsa acusación de espionaje a este militar de origen judío.
Con todo, no fue un hombre que ignorara los temas de su tiempo y no se afilió a las tesis colonialistas. Más bien estaba en contra de las conquistas y muchos de sus héroes son rebeldes amantes de la libertad tal como se la concebía en aquel tiempo.
La ausencia de personajes femeninos en sus novelas es paradigmática: los héroes y sus acompañantes no tienen vida sexual. Uno de sus biógrafos, I. O. Evans, dijo: «Nunca manchó sus páginas descendiendo a escenas de lujuria.» Para que no queden dudas, Marie A. Belloc, quien publicó una entrevista al escritor y a su esposa, en la revista Strand Magazine (febrero de 1895), escribe:

Sus historias también difieren de las de sus coterráneos -me aventuré a observar-, considerando que en ellas el sexo juega un pequeño papel. Una mirada de aprobación proveniente de mi anfitriona me hizo darme cuenta de que ella estaba de acuerdo con la veracidad de mi observación. “Niego esa afirmación por completo” -intervino Julio visiblemente acalorado-. “Tomemos por ejemplo a la Señora Branican y las encantadoras jóvenes que aparecen en muchas de mis novelas. Siempre que haya alguna necesidad de introducir el elemento femenino, allí lo encontrará.” Hizo una pausa y luego me dijo sonriendo: “El amor es una pasión absorbente y deja poco espacio para algo más en el corazón humano, mis héroes necesitan de mucho ingenio para llegar a sus propósitos finales y la presencia de una encantadora joven puede interferir en sus objetivos. Siempre he deseado al escribir mis novelas que ellas luego se pongan, sin la menor vacilación, en las manos de todas las personas jóvenes y por esta razón he evitado escrupulosamente cualquier escena que provoque que un chico piense que a su hermana no le gustaría leerla.”

Matices no despreciables

    Estas opiniones conservadoras se ven matizadas por la ausencia de grandes sentimientos religiosos; hay invocaciones convencionales a la voluntad divina y a agradecimientos a la Providencia, pero a pesar de los panoramas tormentosos e inesperados, se confía más en el ingenio y en la ciencia que en otros designios. Es de destacar también su admiración por el príncipe Pyotr Kropotkin (1842-1921), que dedicó su vida a causas revolucionarias. Su figura quizás inspiró el carácter del noble anarquista de Los sobrevivientes del Jonathan (publicado póstumamente en 1909). El interés de Verne por las teorías socialistas se puede ver también en Matías Sandorf (1885).

    Incluso, en 1863 había escrito la novela París en el siglo XX, trabajo pesimista y profético, cuyo manuscrito recién apareció en 1989. La obra transcurre después de 1960. Su último capítulo XVII, Et in pulverem reverteris, comienza así:

¿Qué fue del desgraciado durante el resto de la noche? ¿Hacia dónde dirigió sus pasos el azar? ¿Se perdió sin poder abandonar esa capital siniestra, ese París maldito? ¡Preguntas insolubles! […] Hay que creer que giró sin cesar alrededor y en medio de las innumerables calles que rodean el cementerio de Pére-Lachaise, ya que el viejo campo de los muertos se encontraba en pleno aumento demográfico.

El eterno Adán

    Pero ese tono casi fúnebre del autor francés desaparecerá en la época que produce sus obras más famosas, que le dan el máximo reconocimiento.

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   El eterno Adán, dibujo          de Léon Benett

    Sin embargo, luego de La isla misteriosa (otra de las obras que Hetzel lo obligó a rehacer, con resultado excelente) se abre, en 1875, «el periodo pesimista de Julio Verne», que se ennegrecerá en 1888, luego de Dos años de vacaciones. A partir de entonces desaparece el optimismo positivista que caracterizaba sus novelas y comienza una etapa de pesimismo histórico y falta de fe en el progreso. Su última novela corta, El eterno Adán,[6] es, a decir de Tomás Eloy Martínez:

[…] la más misteriosa de todas y, si uno se abre a sus infinitas posibilidades de lectura, advierte que cualquier realidad cabe en el laberinto de sus metáforas […] Un maremoto colosal ha borrado los continentes y sólo un grupo ínfimo de náufragos sobrevive a la catástrofe. A diferencia de lo que sucedía en novelas como La isla misteriosa o Dos años de vacaciones, que exaltaban el ingenio humano, en El eterno Adán hay sólo corrupciones, ambición y decadencia.

    Verne se inspira en el tsunami resultante de la explosión de un volcán en agosto de 1883, una ola de 40 metros que arrasó la isla de Krakatoa, cerca de Java (cualquier parecido con la actualidad es pura casualidad).
El eterno Adán da cuenta de los últimos días de la humanidad a través del diario de un sobreviviente. La narración del zartog Sofr-Air-Sr (¿Zaratustra?) es brutal, pues los escasos sobrevivientes sortean todos los mares escrutando el mundo en búsqueda de un resquicio de tierra. Al final de muchos meses, al borde de la muerte por inanición, encuentran un nuevo continente. «Los náufragos pierden el sentido del tiempo, la noción de propiedad común y el afán de vestirse. La vida se convierte en una búsqueda incesante de comida.»

La ciencia no lo soluciona todo

    En El eterno Adán muchos de los sobrevivientes son científicos y poseen los conocimientos necesarios para reconstruir una civilización en el nuevo territorio emergido de las aguas, pero en este caso apenas si logran sobrevivir. Sobrevivir una catástrofe no les garantiza nada a los científicos y tener una formación académica, mucho menos. Con la catástrofe se perdieron todos los beneficios científicos y tecnológicos. Hay que iniciar todo desde cero, desde lo más primitivo. Se comienza de nuevo, pero en un mundo arcaico y elemental. El final de la narración es totalmente antiverniano:

Y quizá, después de todo, los contemporáneos del redactor de aquel relato tampoco hubieran inventado nada. Quizá no habían hecho más que rehacer, ellos también, el camino recorrido por otras humanidades llegadas antes que ellos a la Tierra. ¿Acaso el documento no hablaba de un pueblo al que denominaba atlantes? A esos atlantes, sin duda, correspondían los pocos vestigios casi impalpables que las excavaciones de Sofr habían puesto al descubierto debajo del limo marino. ¿A qué conocimiento de la verdad habría llegado esa antigua nación, cuando la invasión del océano la barrió de la Tierra?Fuera cual fuese, no quedó nada de su obra tras la catástrofe, y el hombre tuvo que reemprender desde abajo la penosa ascensión hacia la luz.[…] Quizá volviera a ocurrir otra vez después de ellos, y otra vez aun, y otra, hasta el día… ¿Pero llegaría nunca ese día en que se viera satisfecho el incesante deseo del hombre? ¿Llegaría nunca el día en que éste, habiendo terminado de subir la cuesta, pudiera por fin reposar en la cima conquistada? Así soñaba el zartog Sofr, inclinado sobre el venerable manuscrito. A través de aquel relato de ultratumba, imaginaba el terrible drama que se desarrolla perpetuamente en el universo, y su corazón estaba lleno de piedad. Sangrado por los innumerables males que todos aquellos que habían vivido antes que él habían sufrido, doblado bajo el peso de aquellos vanos esfuerzos acumulados en infinito del tiempo, el zartog Sofr-Ai-Sr adquiría, lentamente, con dolor, la íntima convicción del eterno recomenzar de todas las cosas.

Verne escribía ahora más parecido a Nietzsche (1844-1900) que al Verne famoso. En sus obras finales, Estados Unidos de América, donde transcurren 23 de sus cerca de 100 novelas, comienza a desarrollar aspectos negativos; el típico héroe verniano de Robur el conquistador, de 1886, reaparece como un destructor en Dueño del mundo, de 1904. Es que su pensamiento y obra literaria también habían entrado en el viraje ideológico (y económico y social) que llevaría a la Primera Guerra Mundial, en que las seguridades estaban ocultas y la ciencia misma mostraba al Universo como un edificio inacabado. El divorcio entre la ciencia y la intuición será particularmente claro en la matemática y la física. Pero esto ya no corresponde a la época que generó a Julio Verne, de cuya muerte conmemoramos 100 años.

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   Funeral de Julio Verne, 28 de marzo de 1905

  1. Móvil en elemento móvil, divisa del submarino Nautilus, creado por el capitán Nemo (‘Nadie’ en latín), personaje principal deVeinte mil leguas de viaje submarinoy protagonista casi todo el tiempo invisible de La isla misteriosa.
  2. Recuérdese, al leer este epígrafe, que el novelista Saramago utiliza con mucha libertad los signos gramaticales. Las mayúsculas deben leerse siempre como precedidas de puntos.
  3. Un aspecto poco resaltado de su formación literaria tiene que ver con la influencia de este escritor norteamericano, atormentado y morboso, quien también escribió libros de ficción científica. Sus héroes también viven fuera de la sociedad. En 1897, Julio Verne publica La esfinge de los hielos, que concibe como la continuación de La narración de Arthur Gordon Pym, de Edgar Poe (escrita en 1838 antes de sus cuentos policiales más famosos).
  4. Julio Verne se casó en 1857, a los 29 años, con Honorine de Viane, una joven viuda con dos niñas. (Nota del administrador)
  5. En el reportaje de Marie A. Belloc publicado en 1895 aparecen estos comentarios: “Hablando de Phileas Fogg, al contrario de la mayoría de los escritores franceses, usted parece disfrutar dándole a sus héroes nacionalidad inglesa o extranjera. ‘Sí -responde Verne-, considero que los miembros de la raza angloparlante siempre fabrican excelentes héroes, sobre todo cuando se trata de una historia de aventuras o de descubrimientos científicos. Admiro el aplomo y las cualidades de esa nación que siempre intenta ir hacia adelante, y que ha plantado el pabellón británico en una gran porción de la superficie del planeta.’
  6. Publicado en 1910 como parte de la recopilación Hier et demain(Ayer y mañana). Algunas de las narraciones de esta obra fueron retocadas por Michel, hijo de Verne, en acuerdo con el editor, ahora también un Hetzel pero éste, hijo del que había impulsado y corregido a Julio.
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(Montevideo, Uruguay, 1946). Matemático especializado en Sistemas dinámicos y teoría del caos. Autor de ocho libros así como de diversos artículos de divulgación científica. En los últimos años trabajó como docente de la Facultad de Ingeniería dentro del Instituto de Matemática y Estadística "Rafael Laguardia" (IMERL). En agosto de 2014 fue electo rector de la Universidad de la República. Es hermano del técnico de fútbol Sergio Markarian.

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