Verne: Mobilis in mobili – Primera parte

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mobilis1_01Verne: Mobilis in mobili [1]/ Primera parte                            

Volaron los globVerne: Mobilis in mobili – Primera parteos, y fue lo mismo que si hubiera volado yo, Volar un globo no es volar un hombre, El hombre primero tropieza, después anda, luego corre, un día volará.[…] Pero padre, cree de verdad que yo volé, Cuando somos viejos es que las cosas del porvenir empiezan a ocurrir, y una razón de que sea así es que ya somos capaces de creer en aquello de que dudábamos, e, incluso no creyendo que haya ocurrido, creemos que ocurrirá, Yo he volado, padre, Y yo te creo, hijo.

JOSÉ SARAMAGO: Memorial del convento [2]

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Nantes, 1832. Allotte de la Fuÿe, Jules Verne,    sa vie son oeuvre. Hachette, Francia, 1953

    Estos artículos surgen como comentarios a la relectura –luego de decenas de años de las lecturas iniciales– de cuatro novelas de Julio Verne: Veinte mil leguas de viaje submarino (1870), La isla misteriosa (1875) – novelas que constituyen con Los hijos del capitán Grant (1868) una trilogía marina-, La vuelta al mundo en 80 días (1873) y Dos años de vacaciones (1888). Y han nacido también, debido a la lectura de diversas obras menos divulgadas del autor, así como entrevistas a Julio Verne.[3] La lectura casi simultánea de una obra del novelista portugués José Saramago: Memorial del convento (1982), en la que también campea la fantasía amarrada a la realidad, permitió comparar, sin entrar en falsas clasificaciones de estilos, cómo la literatura refleja muchas veces las ansias, las hesitaciones y el espíritu de una época.
La motivación inicial para redactar estas notas -rastrear en aspectos científicos de la producción de Verne- fue derivando naturalmente en el análisis de aquellos reflejos y de la extraordinaria coincidencia entre las opiniones del propio escritor con los análisis históricos y la información sobre su época. Incluso, la inflexión de sus opiniones y su obra en los últimos lustros de su vida reflejan los cambios ideológicos que se consolidaban en el fin del siglo XIX. De estos aspectos de la vida de Verne se habla y escribe poco, pero es particularmente interesante para el enfoque de estas notas. Incursionaremos en el asunto en la segunda parte de este artículo.

Rasgos de la época

    Julio Verne nació el 8 de febrero de 1828, en Nantes, en la desembocadura del Loira, cerca de la Bretaña, al noroeste de Francia. Vivió en París (y sus alrededores) entre 1848 y 1871, año en que se traslada a Amiens, en la Picardía, al norte de Francia, sobre el Somme, donde morirá el 24 de marzo de 1905. Como datos que pueden ayudar a caracterizar esos tiempos, recordemos que dos años después del nacimiento de Julio Verne, en 1830, corría el primer ferrocarril entre Liverpool y Manchester, y Francia ocupaba Argelia, de la que sólo se iría (expulsada) en 1962. Los libros de historia del siglo XIX (por ejemplo, los de Eric J. Hobsbawm o el de Robert Schnerb) consignan que en los tiempos de juventud de Julio Verne «la sociedad burguesa […] está confiada y orgullosa de sus éxitos. En ningún otro campo de la vida humana esto es más evidente que en el avance del conocimiento, de la “ciencia”. Los hombres cultos de este periodo no estaban sólo orgullosos de sus ciencias, sino preparados para subordinar todas las otras formas de actividad intelectual a ellas.» Es un periodo «de masivo avance de la economía del capitalismo industrial en escala mundial, del orden social que lo representa, de las ideas y creencias que parecían legitimarlo y ratificarlo: la razón, la ciencia, el progreso y el liberalismo.»

La era de los viajes y el colonialismo

    «El hombre de Occidente se lanza alegremente hacia la conquista del planeta. Fantasía y valor, pasión de apóstol y de sabio lo empujan a la aventura, puesto que el dominio de lo imprevisto es todavía vasto.»
Es la época de la expansión colonialista. Ya nos referimos a la conquista de Argelia, pero más sintomático es lo que sucede en la India, en donde la Compañía Inglesa de las Indias Orientales pasa a dominar, directa o indirectamente, la totalidad del territorio a partir de 1840 y, una vez reprimida la gran revuelta de los cipayos en 1857, se instala oficialmente el Imperio de las Indias en 1877. Sobre todo esto escribirá Verne.
Uno de sus máximos héroes, el capitán Nemo de Veinte mil leguas… resultará ser en realidad el príncipe Dakkar -hijo de un rajá del territorio de Bundelkund-, que fue el alma de la insurrección de los cipayos y «su organizador en inmensa escala». Esta historia se revela en el capítulo LVIII de La isla misteriosa. El cruce en ferrocarril y elefante a través de la India, en La vuelta al mundo… incluye un pasaje por esta misma zona y una cantidad de anécdotas dignas de recordar.
No es extraño que un gran número de obras, itinerarios y guías ilustren y despierten la curiosidad. The Illustrated London News, que aparece en 1842, tiene una tirada de cinco millones de ejemplares. La vida y extrañas y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe, del inglés Daniel Defoe, publicado por primera vez en 1719, prosigue su carrera triunfal; se traduce a todos los idiomas de Europa y suscita a otros tantos Robinsones: el suizo, el americano, El Robinson de 12 años, Los verdaderos Robinsones, los de los hielos, el de las niñas. Es también la época de prestigiosos maestros de la novela de aventuras como el americano Herman Melville (1819-1891), el escocés Robert Louis Stevenson (1850-1894) o el francés Pierre Loti (1850-1923).
En ese contexto, el creador de la novela geográfica, Julio Verne, recorre el mundo sin abandonar su mesa de trabajo,[4] mezcla un estudio detallado de los avances científicos de los últimos decenios con una inventiva desbordante, elabora visiones exactas de los paisajes y de las sociedades, crea personajes que hechizan a los jóvenes: Phileas Fogg, que da la vuelta al mundo en 80 días; el capitán Nemo, al que seguimos a través de veinte mil leguas bajo los mares; el capitán Hatteras, que vence al Polo Norte.
Es bueno recordar que a partir de esos años los planisferios y mapas de los países están en las paredes de las escuelas, y que es la época de la domesticación del tiempo: se fija un horario de referencia, escogido a partir del meridiano de Greenwich, se trazan los husos horarios, y luego se abre la Oficina Internacional de la Hora (1880), todo ello presionado, en particular, por los horarios de los ferrocarriles que se extienden por el mundo.

El esqueleto de una historia

    El propio Julio Verne, en un reportaje de Marie A. Belloc publicado en la revista Strand Magazine en febrero de 1895, explicaba cómo iba concibiendo sus historias, y la vinculación de aquellas novedades con su mundo literario:

Es imposible decir lo que lo hace pensar a uno en el esqueleto de una historia, a veces una cosa, a veces otra. Frecuentemente me ha ocurrido que he tenido una idea en mi cerebro durante años y han sido años después cuando he tenido la oportunidad de desarrollarla en el papel, pero siempre que esto me pasa dejo plasmada una nota sobre la idea en cuestión. Por supuesto, yo sí he podido definir el principio de algunos de mis libros. Por ejemplo, La vuelta al mundo en ochenta días, fue el resultado de la lectura de una propaganda turística [de la agencia Cook] que fue publicada en un periódico [El siglo].[5]

    Lo explica mejor en un reportaje publicado en McClure’s Magazine en enero de 1894:

En él se decía que un hombre podría viajar alrededor del mundo en sólo ochenta días. Inmediatamente mi mente se iluminó con la posibilidad de que debido a la diferencia horaria, el viajero pudiera adelantar o retrasar su viaje en un día. Había encontrado un argumento para una historia. No escribí la historia hasta mucho después. Siempre llevo varias ideas en mi cabeza durante años -diez o quince en algunas ocasiones-, hasta darles la forma definitiva.[6]

Muchas tierras desconocidas

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     El Challenger le dio la vuelta al mundo                  entre los años de 1872 y 1876

    En 1860 los geógrafos declaran terra ignota la mayor parte de África, partes importantes de Asia, Arabia y la Amazonía; se siguen descubriendo islas del Pacífico; hay una verdadera obsesión por lanzarse al descubrimiento: desierto australiano, las fuentes del Nilo, Borneo, Sahara… El acontecimiento más notable en esta materia es quizás el viaje del Challenger, entre 1872 y 1876, que da vuelta al mundo y cosecha datos que serán publicados en Londres en 50 volúmenes. En 1889, se funda en la ciudad de Copenhague el Consejo Internacional permanente para la exploración del mar. Las conquistas de los Polos serán posteriores. El Norte, por Robert Edwin Peary, en 1909. El Sur, por Roald Amundsen, en 1911.

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Mapa geográfico de La vuelta al mundo en ochenta días: itinerario, medios de transporte y ciudades de paso del viaje. París, Gadola, 1900

    Pero Verne recorre esas zonas mucho antes, va a las fuentes del Nilo en 1863 (Cinco semanas en globo), al Polo Norte en 1866 (Aventuras del Capitán Hatteras)[7] al Polo Sur con el capitán Nemo en 1870 (Veinte mil leguas de viaje submarino).

    El mismo Verne refrendó su afán descriptivo y literario. En el reportaje de 1894 expresó:

A través de mis novelas, mi objetivo ha sido dar una imagen de la Tierra y no sólo la Tierra en sí, sino del Universo. Recuerde que, en algunas ocasiones, he llevado a mis lectores más allá de la Tierra. Al mismo tiempo he intentado mantener la belleza en el estilo. Se dice que no puede haber estilo en una novela de aventura. No es cierto, aunque admito que es más difícil escribir una novela de este tipo a un nivel literario aceptable, que escribir el tipo de novelas modernas, basadas en un estudio profundo de los personajes de la misma.

    Y termina este reportaje con una opinión muy sui generis, pero completamente adaptada al espíritu cientificista y pragmático al que nos referimos al comienzo. Opina en el sentido opuesto a las corrientes literarias que se impondrán en los decenios siguientes:

Quiero aclarar -dijo Verne elevando ligeramente sus anchos hombros- que no soy un gran admirador de la llamada novela psicológica, porque no entiendo qué tiene que ver una novela con la psicología. Exceptúo aquí a Daudet y De Maupassant. Yo Siento una gran admiración por De Maupassant. Él es un hombre genial que ha recibido del cielo el don de escribir sobre muchas cosas y lo ha hecho tan natural y fácilmente como un árbol de manzanas produce manzanas. Pero mi autor favorito, es y siempre ha sido Dickens.

Avance impetuoso de la ciencia

    En las obras de Verne también se notará que éstos son tiempos de avance impetuoso de la ciencia. Recordemos la obra de unos pocos investigadores:

  • Lord Kelvin (William Thompson, 1824-1907). Perfeccionó muchos aparatos eléctricos (desarrolló el telégrafo), dirigió la inmersión del primer cable trasatlántico, introdujo el sistema c.g.s. de medida y la escala absoluta de temperatura.

  • Hermann L. F. Helmholtz (1821-1894). Fisiólogo en Könisberg, Bonn y Heidelberg, y físico en Berlín. Fue el primero en plantear el significado de la energía potencial y el principio de conservación de la energía, y el primero en afirmar que la electricidad está formada por partículas eléctricas.

  • James Clerk Maxwell (1831-1879), quien unificó la teoría de las interacciones eléctricas y magnéticas, matematizó su estudio, postuló la naturaleza electromagnética de la luz y aplicó la estadística a la teoría cinética de los gases.

  • P. E. Marcellin Berthelot (1827-1907). Llamado el ‘rey de la química’, realizó las síntesis orgánicas del alcohol etílico, del metano y del ácido fórmico (luego, otros sintetizarán la bencina, el acetileno, la naftalina), y estudió el calor de las reacciones.

  • Dmitrij Ivanovich Mendeliev (1834-1907). Introdujo el sistema métrico decimal en la Rusia de los zares y elaboró la famosa tabla ordenando los elementos por su peso atómico.

  • Ludwig Boltzman (1844-1906) y Henri Poincaré (1854-1912). Marcaron la física y la matemática del fin del siglo, especialmente en la teoría de los gases, el primero, y en mecánica celeste, teoría de la relatividad, y en casi todas las ramas de la matemática, el segundo (quien fue, quizá, la figura central de la ciencia de su época).

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    Lord Kelvin (1824-1907)

    Pero no se notará casi, que son también los años de Charles Robert Darwin (1809-1882), Johann Gregor Mendel (1822-1884) y Karl Marx (1818-1883), por más que en El pueblo aéreo (1901), ya en el ocaso de su producción, Verne escriba sobre el vínculo perdido entre el hombre y el mono. Tampoco se verá reflejada la obra de los grandes investigadores en bacilos y vacunas, Louis Pasteur (1822-1895) y Robert Koch (1843-1910). La forma en que fue descubierto Neptuno da un símil científico de lo que poco después sería el estilo de trabajo de Julio Verne. La existencia del planeta, sospechada desde unos decenios antes en virtud de las perturbaciones de la órbita del más cercano planeta, Urano, es determinada con precisión en 1846.

Le Verrier, como dice Arago, vio el nuevo astro sin dirigir una mirada al cielo; lo descubrió en el retiro y la soledad de su gabinete de estudio, sin más guía que su genio superior ni más instrumento que su pluma; la poderosa palanca del cálculo fue bastante para remover los mundos y descubrir en los confines de nuestro sistema solar un nuevo astro. (Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano).

    Menos de un mes después de publicada la monografía, un astrónomo de Berlín confirma visualmente la predicción. Se discute sobre la naturaleza de la corteza terrestre, las grandes corrientes aéreas, la climatología; por 1860 se realizan los primeros mapas de las corrientes marinas. Todo esto atraerá obsesivamente a Verne: su descripción de las rocas de todos los lugares por donde andan sus personajes las transforma en actores no humanos de sus novelas. El profesor Otto Lidenbrock, personaje principal de Viaje al centro de la Tierra era profesor de geología;[8] las corrientes ocupan un lugar primordial en sus libros con temas marinos; el clima es estudiado en detalle en todas sus novelas.

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      Prototipo del Nautilus, para una de las          versiones cinematográficas de Veinte mil                       leguas de viaje submarino

    En ese caldo de cultivo, con los medios veloces de comunicación no muy desarrollados y en una época en que la lectura se extendía a sectores más amplios de la sociedad,[9] ¿es de extrañarse que surgiera un escritor que hiciera uso de todas esas ideas para escribir novelas amenas, que rozaban muy de cerca con las posibilidades casi fantásticas de la realidad?

¿Ciencia Ficción?

    Por más que sea difícil clasificar a Verne como un autor de lo que hoy llamamos Ciencia Ficción, hay quienes lo consideran uno de sus padres, junto con Herbert George Wells (1866-1946). Si se acepta, como muchos lo hacen, que la «Ciencia Ficción es la literatura de la imaginación disciplinada», es claro que se puede considerar a Verne como un cultivador del género, por más que él lo negara indirectamente, como se verá más adelante al transcribir sus propias declaraciones.
Estudiosos del género, como Pablo Cappana dicen que «cuando la ciencia sigue caminos lógicamente previsibles, estas profecías se convierten en “anticipaciones”, como en el caso del submarino, cuyos prototipos ya navegaban en los tiempos de Verne. Pero en cuanto la ciencia se aparta de ellos, la Ciencia Ficción cautelosa que se inspiró en ella corre el riesgo de ir a parar al museo de las ideas fallidas junto con el flogisto, los epiciclos o el planeta Vulcano. De tal modo, las anticipaciones optimistas de Verne sobre un futuro de prosperidad alcanzado gracias a la técnica nos resultan hoy día ingenuas, mientras que algunas de las pesadillas más grotescas de Wells siguen siendo inquietantes». En el fondo, ésa era también la opinión de Verne, pero con un enfoque casi opuesto.
Aunque Verne no haya «inventado» la Ciencia Ficción, no cabe duda que fue el primero en tener éxito comercial con ese tipo de literatura.

Yo la uso. Wells la inventa

    Verne considera a Wells «un escritor completamente imaginativo y merecedor de un gran aprecio». Al responder a Robert Sherard en un reportaje publicado en 1903 en el periódico TP’s Weekly expresa:

“Me enviaron sus libros (los de Wells) y los he leído. Es algo muy curioso, y debo agregar que es muy al estilo inglés. Pero no veo posibilidad alguna de comparación entre su trabajo y el mío. No procedemos de la misma manera. Sus historias no reposan en bases científicas. No, no hay ninguna relación entre su trabajo y el mío. Yo hago uso de la Física. Él inventa. Yo voy a la Luna en una bala, disparada por un cañón. No hay invención alguna. Él va a Marte en una aeronave de metal que anula la ley de gravitación. Eso está muy bien -dijo Julio Verne-, pero, muéstreme ese metal.”

    En otro reportaje, realizado poco después, desarrollará el tema al responder sobre sus preferencias entre los escritores vivos:[10]

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Ilustración de la novela La guerra de los mundos, de H. G. Wells, por Bob Sabin (Globe Book Company, 1980)

“En mis novelas siempre he basado “mis invenciones” fundamentadas en algún hecho real y uso en sus construcciones métodos y materiales que no están completamente lejos del alcance del conocimiento y la habilidad de la ingeniería contemporánea. […] Tome, por ejemplo, el caso del Nautilus. Cuando se considera el asunto en toda su dimensión tenemos que admitir que es sólo un submarino y sobre esto no hay nada totalmente extraordinario, ni más allá de los límites del conocimiento científico real. El submarino flota o se sumerge debido a procesos absolutamente factibles y muy conocidos, los detalles de su guía y propulsión son absolutamente racionales y comprensibles. Su fuerza motriz ni siquiera es un secreto. El único aspecto novedoso implícito y en el cual he acudido a la ayuda de la imaginación del lector está en la aplicación de esta fuerza, y aquí he dejado intencionalmente un espacio en blanco para que el lector forme sus propias conclusiones. Es un hiato técnico, el cual una mente entrenada y completamente práctica es muy capaz de llenar.”

    En el reportaje de 1903 Verne había aclarado un poco más:

“Él toma su fuerza motora y logra producir la electricidad que necesita, tomando como fuente el mar. Hay bases científicas para eso. El mar contiene elementos que producen la energía eléctrica, así como la tierra tiene los suyos. El hecho está en que nadie ha descubierto cómo utilizar esta fuerza, por tanto no he inventado nada.[…] Las creaciones del señor Wells, por otro lado, pertenecen a una edad y grado de conocimiento científico bastante lejano del presente, aunque no diría que está completamente más allá de los límites de lo posible. […] En La guerra de los mundos, que es un trabajo por el cual siento gran admiración, nuevamente uno queda completamente en la oscuridad acerca de qué tipo de criaturas son los marcianos, o de qué manera ellos producen el maravilloso rayo de calor con el cual causan gran estrago sobre sus atacantes.”[11]

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Láminas del sumergible Nautilus, ideado por Robert Fulton en 1800

Predicciones

    El reportero Robert H. Sherard, en una nota publicada en 1903, pregunta sobre el «hecho de que muchas de sus invenciones en ficción, se han convertido en realidad»:

En este momento de la conversación, la amable señora Verne estuvo de acuerdo conmigo “Las personas son lo suficientemente amables para decir que es así”, dijo Julio Verne. “Están adulándome, pero no es cierto”, remató. “No seas modesto, Julio”, le dijo su esposa, “¿Y tus submarinos?” “No hay relación”, dijo Julio Verne. “Sí la hay”, replicó la señora Verne. “No. Los italianos habían inventado aparatos submarinos sesenta años antes de que yo creara a Nemo y su submarino.”[12]

    Pero, si bien algo parecido a un submarino ya existía en esos tiempos, no todo lo que Verne «inventa» estaba inventado. En aras de completar este paseo por la época y la producción de Verne, resaltando algunos aspectos científicos de su producción, conviene hacer una lista de algunas otras de las predicciones fantasiosas de Verne que tuvieron algún carácter premonitorio: viajes aéreos de larga distancia (Cinco semanas en globo, Robur el conquistador, Héctor Servadac); uso de cañones de largo alcance (Los quinientos millones de la Begún, De la Tierra a la Luna); búsqueda de tesoros sumergidos (Veinte mil leguas de viaje submarino); helicóptero (Robur el conquistador); viajes espaciales (De la Tierra a la Luna, Alrededor de la Luna, Héctor Servadac); videoconferencia (En el siglo XXIX); uso de la corriente eléctrica como fuerza motriz (Veinte mil leguas de viaje submarino, La isla de hélice, Robur el conquistador, Matías Sandorf, Dueño del mundo); uso de tanques (La casa de vapor); uso de la escafandra (Veinte mil leguas de viaje submarino); máquinas de vuelo aerodinámico (Dueño del mundo); uso de satélites artificiales (Los quinientos millones de la Begún).


  1. Móvil en elemento móvil, divisa del submarino Nautilus, creado por el capitán Nemo (‘Nadie’ en latín), personaje principal de Veinte mil leguas de viaje submarino y protagonista casi todo el tiempo invisible de La isla misteriosa.
  2. Recuérdese, al leer este epígrafe, que el novelista Saramago utiliza con mucha libertad los signos gramaticales. Las mayúsculas deben leerse siempre como precedidas de puntos. En la cita después de los suspensivos, las comas sólo indican el cambio de persona que habla; comienza con una pregunta del hijo -Baltasar Mateus, el Sietesoles-, y va alternando el diálogo con su padre. *El yacht Duncan que salvó a los protagonistas de la última novela era mandado por Roberto, el hijo del capitán Grant. Cap LVII.
  3. Además de los libros que voy citando en estos artículos, información abundante y clasificada de la obra y vida de Verne se puede encontrar en estas dos páginas de internet (las cuales además ofrecen enlaces para otras, quizá mejores, en otros idiomas): http://jgverne.cmact.com/ (sitio diseñado y mantenido por Ariel Pérez), y http://www.jverne.net (sitio diseñado por Cristian Tello).
  4. Verne hizo varios viajes a las Islas Británicas; embarcado en el nuevo buque Great Eastern viajó a Estados Unidos donde visitó unos pocos días Nueva York y las cataratas del Niágara; realizó dos viajes a algunos países escandinavos; visitó las costas de Bélgica, los Países Bajos y Alemania, y en dos viajes en su yate Saint-Michel III visitó Lisboa, Tánger, Gibraltar y Argel, Malta, Italia. Nunca fue más lejos.
  5. La verdadera motivación de La vuelta al mundo en ochenta días se encuentra en un artículo publicado en Le Magazín Pittoresque de 1870 que muestra un itinerario casi idéntico al de Phileas Fogg.
  6. En 1928, colegiales daneses tardaron 43 días en repetir la hazaña de Phileas Fogg y Passpartout (‘llave maestra’, ‘que sirve para todo’, traducido muchas veces como Picaporte -Cantinflas lo representó en la divertida película con David Niven).
  7. En este libro los expedicionarios ‘descubren’ que la temperatura alcanza un mínimo a cierta latitud y luego sube; que hay un mar abierto y que en el exacto punto del Polo hay un volcán. Es claro que hoy sabemos que no hay volcán y que el mar está congelado todo el año. Errores semejantes aparecen respecto del Polo Sur. En este libro los expedicionarios ‘descubren’ que la temperatura alcanza un mínimo a cierta latitud y luego sube; que hay un mar abierto y que en el exacto punto del Polo hay un volcán. Es claro que hoy sabemos que no hay volcán y que el mar está congelado todo el año. Errores semejantes aparecen respecto del Polo Sur.
  8. Toda esta novela es un ejercicio casi absurdo sobre geología y vulcanología: se entra por un volcán de Islandia y se sale por el Strómboli, en una isla al norte de Sicilia.
  9. Se establecen los quioscos de libros en las estaciones de trenes con sus ediciones baratas, se multiplican también las bibliotecas de préstamo que habían comenzado a funcionar en el siglo anterior, se incrementa la cantidad de escuelas por todo el mundo occidental.
  10. Responde: “Hay un autor cuyo trabajo me ha atraído muy fuertemente teniendo en cuenta su posición imaginativa. He seguido sus libros con considerable interés. Me refiero al señor Herbert George Wells.”
  11. Reportaje de Gordon Jones, publicado en Temple Bar, núm. 129, pp. 664-671, junio de 1904. Conviene recordar esta fecha. Verne morirá al año siguiente, hace ahora 100 años, y en los diez años anteriores su obra había cambiado completamente sus características, pareciéndose más a la de Wells.
  12. En realidad el Nautilus (que tenía el mismo nombre que en la novela verniana) fue presentado por el inventor británico Robert Fulton.

 

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(Montevideo, Uruguay, 1946). Matemático especializado en Sistemas dinámicos y teoría del caos. Autor de ocho libros así como de diversos artículos de divulgación científica. En los últimos años trabajó como docente de la Facultad de Ingeniería dentro del Instituto de Matemática y Estadística "Rafael Laguardia" (IMERL). En agosto de 2014 fue electo rector de la Universidad de la República. Es hermano del técnico de fútbol Sergio Markarian.

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