Una nueva visita a Julio Verne, por Robert H. Sherard en 1903

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Publicación: Diario T.P.’s Weekly. 9 de octubre de 1903.
Traducción española: Ariel Pérez

Esta entrevista es una de las más conocidas. Los especialistas en Julio Verne se refieren a ella constantemente y ha sido reproducida en múltiples ocasiones, tanto en Estados Unidos como en Europa. Apareció el 9 de octubre de 1903 en T. P.’s Weekly. Robert Sherard ya había visitado a Verne en Amiens, por primera vez en 1889 acompañado de Nellie Bly, la mujer que había intentado hacer lo mismo que Phileas Fogg. Luego fue, por segunda vez, en el año 1893 donde hizo la entrevista aparecida en enero de 1894 en McClure’s Magazine. Fue un rumor que corría el que llevó al periodista inglés a la ciudad de Amiens por tercera ocasión. La entrevista que se reproduce a continuación tiene como objetivo asegurar a los lectores, cerca de un siglo después, el placer de disfrutar del testimonio del único periodista que visitó a Verne en tres oportunidades.

La entrevista

El mes pasado ciertos rumores han alarmado al gran número de seguidores, en todo el mundo, de la obra de Julio Verne. Se dice que está casi ciego. Sabemos que para él, vivir es trabajar, aunque sea ya un hombre muy viejo y su situación actual parezca en extremo precaria. Me regresó el aliento al saber que las cosas no andaban tan mal como se temía. Cierto es, que de uno de sus ojos ya no puede ver, pero aún puede ver un poco con el otro.
Es una catarata en mi ojo derecho -me dijo esta mañana en la sala de su casa, situada en el número 44 del boulevard Longueville, de la ciudad de Amiens-, pero el otro ojo todavía está en buenas condiciones. Yo no quiero arriesgarme en una operación, debido a que aún puedo ver lo suficiente como para hacer un poco de mi trabajo diario, escribir un poco y leer unos instantes. Recuerde que soy un hombre muy viejo, ya estoy por encima de los setenta y seis años. Desde que salió al mundo la noticia de mis problemas con la visión, las simpatías hacia mi persona se han incrementado en muchas partes del mundo. He recibido numerosas cartas de todas partes. Muchos me han enviado maravillosos remedios para las cataratas. Ellos me dicen que no permita que me operen, ya que estos remedios me curarán sin peligro. Son muy amables. He tenido muchas emociones por estos días pero yo sé, por supuesto, que una operación es la única cura.

Una vida hogareña confortable

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            Julio Verne en 1902. 74 años   

No había visto a Julio Verne desde hace casi catorce años. La última ocasión en la que me encontraba a su lado fue cuando le presenté a Nellie Bly y la llevé a su casa, después de que terminara su famosa vuelta alrededor del mundo con el objetivo de romper la marca de los mágicos ochenta días. Aún así, no lo encontré tan envejecido como esperaba. Parecía sentirse cómodo, arropado con su traje negro, y su cara rozagante, por la cual se extendía la barba de cabellos blancos, lucía serena y animada en ocasiones. Su mirada magnifica no mostraba en modo alguno el mal que le amenazaba. Vive ahora en una casa más pequeña, pero opulenta, y una vida hogareña confortable lo rodea. Cuando conversamos y admite alguna derrota debido a las circunstancias y a la inevitable ley de la Naturaleza, Verne se apresura siempre con su alegría natural, a tratar de hallar alguna compensación.

 Años de ventaja sobre sus editores

   Aun cuando puedo trabajar muy poco -realmente muy poco, si lo comparamos con años anteriores- tengo un adelanto de varios años con respecto a la imprenta. Mi novela más reciente de los Viajes Extraordinarios debe ser publicada en breve bajo el título Los piratas del Halifax.[1] Mientras, existen otros trece manuscritos completos de la misma serie que están listos para ser impresos. Como conoce, publico dos volúmenes por año, que aparecen primero en forma seriada en Magasin d’Éducation et de récréation, de la cual soy uno de los fundadores. Estoy trabajando en estos momentos en mi nueva historia que no será impresa hasta el año 1910.[2] Tengo mucha ventaja. Por lo tanto no interesa mucho el hecho de que trabaje despacio, muy despacio. Me levanto como de costumbre a las seis de la mañana y permanezco trabajando en mi escritorio hasta las once. Pero por las tardes, como siempre he hecho, me dirijo a la sala de lectura de la Sociedad Industrial y leo tanto como mis ojos me lo permitan.

Historias sin títulos

   No puedo decirle cuál es el título del libro que estoy escribiendo ahora. No lo conozco aún. Tampoco tengo título para ninguna de las otras trece historias que están esperando su turno. Todo cuanto puedo decirle de mi último trabajo es que es algo sobre un drama en Livonia y que he introducido en ella… bueno, no, no debe escribirlo en su artículo, porque otro escritor pudiera tomar mi idea.[3]
Era inevitable entonces, tal y como Julio Verne lo hizo notar, que se hablara sobre Herbert George Wells.
Sabía que me iba a pedir que hablara del tema -dijo-. Me enviaron sus libros y los he leído. Es algo muy curioso, y debo agregar que es muy al estilo inglés. Pero yo no veo posibilidad alguna de comparación entre su trabajo y el mío. No procedemos de la misma manera. Sus historias no reposan en bases científicas. No, no hay ninguna relación entre su trabajo y el mío. Hago uso de la Física, él inventa. Voy a la Luna en una bala, disparada por un cañón. No hay invención alguna. Él va a Marte en una aeronave de metal que anula la ley de gravitación. Eso está muy bien -dijo Verne animadamente- pero, muéstrenme ese metal. Que me lo fabrique.

La ficción convertida en realidad

   También fue inevitable que me refiriera al hecho de que muchas de sus invenciones en la ficción, se hayan convertido en realidad. En este momento de la conversación, la amable señora Verne estuvo de acuerdo conmigo.
Las personas son lo suficientemente amables para decir que es así -dijo Verne- Están adulándome, pero no es cierto.
No seas modesto, Julio -le dijo su esposa- ¿Y tus submarinos?
No hay relación -dijo Verne, rechazando la adulación con un gesto.
Sí la hay -replicó la señora Verne
No. Los italianos inventaron el submarino sesenta años antes de que creara a Nemo y su submarino. No hay ninguna conexión entre mi submarino y los que existen ahora. Estos últimos trabajan mecánicamente. Mi héroe, Nemo, es un misántropo, el cual no desea nada que venga de la tierra, toma su fuerza motora y produce la electricidad que necesita, tomando como fuente el mar. Hay bases científicas para eso, porque el mar contiene los elementos que producen la energía eléctrica, así como la tierra tiene también los suyos. El hecho está en que nadie ha descubierto como utilizar esta fuerza, por tanto no he inventado nada.

Los nombres en la ficción

   Abordamos inmediatamente el asunto de la importancia de los nombres en sus novelas.

   Sí, le concedo cierta importancia. -dijo Verne- Cuando encontré el apellido Fogg me sentí complacido y orgulloso.[4] Fue un gran éxito. Lo consideré como real hallazgo. Y por tanto Fogg -la palabra fog– quiere decir niebla en inglés. Pero fue especialmente el nombre, Phileas el que le dio tal valor a la creación. Sí, los nombres tienen cierta importancia. Tome como ejemplo cómo Balzac ha bautizado a sus personajes tan maravillosamente.
Habíamos comenzado a hablar en los ricos salones de la planta baja, dos salones juntos, luego el comedor, y afuera, un jardín lleno de flores, todo soleado. La casa estaba formada por opulentos cuartos, con pesados colgantes de terciopelo, con grandes relojes y espejos, retratos de cuerpo entero, cristal veneciano y raras baratijas.
Naturalmente llegaba la hora de subir las escaleras y llegar así hasta las habitaciones de trabajo del escritor.
Las habitaciones de trabajo eran: una para la lectura, que era donde estaba la mayor parte de su biblioteca; la otra para escribir, donde había una pequeña mesa, una pluma y la tinta.

Sin lujo

   Todo es muy sencillo aquí. No hay lujo. Se pueden observar mapas en la pared y en la habitación que el escritor usa para redactar sus cuartillas hay varios cuadros entre los que se incluye uno, en acuarela, con la imagen del St. Michel, el yate en el cual, en los días libres y soleados de su inquieta juventud, Julio Verne navegaba por las aguas del mundo.

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    Señor y señora Verne en una fiesta de disfraces

Entonces comenzamos a hablar del «reportaje americano» e hice notar que debía haber, al menos, tres metros de él.
Se sonrió e hizo ademán de caminar hacia el estante para medirlo.
Oh, sí -dijo-, he escrito al menos tres metros. Mire además todas estos metros de traducciones en inglés, francés, danés e italiano, en fin en todos los idiomas.
Ocho grandes estantes estaban totalmente llenos de libros con el mismo nombre en la cubierta.
En la penumbra del cuarto encima, ubicado junto a la ventana se encuentra una pequeña mesa de madera blanca, sobre la cual casi todos sus libros han sido escritos. Debajo de la ventana, una figura sirve de pisapapeles. Detrás del asiento, colgada en la pared, se halla una pipa de fumar.
Pero no me permiten fumar -dijo Verne, en el mismo tono con el que George Meredith dijo algo similar en una ocasión, apesadumbrado por la misma causa.
En esta habitación, están mis libros favoritos, aquellos que son los que más uso. Aquí encontrará toda la obra de Dickens -dijo Julio Verne, con voz entusiasta-. Como conoce, soy un apasionado admirador de Dickens. Creo que tenía todas las cualidades -la inteligencia llena de humor de Sterne, del cual también soy un gran lector y admirador-, toda la sensibilidad y los loables sentimientos, y personajes, excelentes personajes. Era un escritor pródigo, al igual que nuestro Balzac que creó un mundo sobre el cual se modeló la sociedad de las generaciones que le siguieron.
Había venido para compartir, fue quizás con envidia que retornaba a ese mundo moroso y solitario. Allí, más allá de los colgantes de terciopelo estaba la mesa sobre la cual se encontraban dos cubiertos frente a frente, cerca de la ventana, que daba a un jardín soleado y lleno de flores. Y delante de la chimenea esculpida, sobre la cual el ronroneo del samovar, rojo e iridiscente, aportaba su nota de intimidad familiar, había dos sillones que se encontraban frente a frente.


  1. Los piratas del Halifax apareció en Magasin d’Éducation et de récréation de enero a diciembre del 1903 y en libro en 1903 con la editorial Hetzel.

  2. Se trata del centésimo primer volumen, Voyage d’études, el cual se convertirá en La asombrosa aventura de la misión Barsac en 1919. Los trece volúmenes terminados son: Un drama en Livonia (1 volumen), La agencia Thompson y Cía (2), Los náufragos del Jonathan (2), El secreto de Wilhelm Storitz (1), El volcán de oro (2), El piloto del Danubio (1), El faro del fin del mundo (1), La caza del meteoro (1), La invasión del mar (1) y Dueño del mundo (1).
  3. Un drama en Livonia apareció en Magasin d’Éducation et de récréation de enero a junio de 1904, y fue publicado en libro en julio de 1904.
  4. Verne, sin dudas, tomó el nombre de Fogg en la novela de Dickens, Adventures of Mr. Pickwick.

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(Santa Clara, Cuba, 1976). Presidente de la Sociedad Hispánica Jules Verne. Licenciado en Informática. Miembro del Consejo de Administración del Centre International Jules Verne de Amiens. Es el creador de la revista "Mundo Verne". Ha publicado artículos sobre Verne en Francia, España, México, Argentina y Cuba. Ha traducido al español varios textos inéditos del autor. Publicó en el 2010 el libro "Viaje al centro del Verne desconocido".

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