Las historias de Juan María Cabidoulin

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El misterio de la serpiente marina

La antigua leyenda de la gran serpiente de mar es, sin duda, una de las más populares de la mitología relacionada con la existencia de gigantescos monstruos marinos, muchos de los cuales son aún desconocidos, ya que la mayor parte de los abismos oceánicos siguen hasta la actualidad sin explorar. La primera mención de esta leyenda está registrada en la Biblia, en el libro de Isaías 27: 1, el que textualmente reza: «En aquel día Jehová castigará con su espada dura, grande y fuerte al Leviatán serpiente veloz, y al Leviatán serpiente tortuosa; y matará al dragón que está en el mar.» Se cree que el significado en hebreo de Leviatán es «liviah tan», que traducido es monstruo tortuoso, haciendo referencia a esta serpiente.[1]

              Serpiente marina según la descripción del arzobispo sueco Olaus                            Magnus en su obra La Historia de las gentes septentrionales (1555)

Las leyendas sobre estos monstruos se han transmitido entre los hombres de mar desde tiempos antiguos. En ese sentido, el Leviatán y las serpientes marinas son tan sólo dos caras de un mismo temor que ha sido evocado durante siglos por numerosos relatos. Y es que el mar, hasta nuestros días, sigue siendo todavía un gran misterio. Por ello, su vasta geografía se convierte en el escenario propicio para la creación de fábulas.
Los países escandinavos fueron los más antiguos en desarrollar el mito de las serpientes marinas de enormes proporciones. Por ejemplo, La Edda, del poeta islandés Snorri Sturluson (1179-1241), narra la pesca del dios mitológico Thor, que sacó del océano a la gran serpiente del caos, Midgard, enfrascándose ambos en una furiosa pelea. Asimismo, en 1555, en Suecia, el arzobispo Olaus Magnus, en su obra La Historia de las gentes septentrionales, describe a la serpiente marina como a un ser de sesenta metros de largo y seis de grueso, de color negro, escamas filosas, pelo en el cuello, muy peligrosa y augurio de desastres. Este cartógrafo hizo también una Carta Marina (1539) -el más antiguo y correcto mapa de los países nórdicos que contiene detalles y nombres de lugares-, donde aparecen diversos monstruos marinos, en el que se incluye, desde luego, una inmensa serpiente de mar.

En la novela Gargantúa y Pantagruel (1534), su autor, el escritor francés François Rabelais, describe una serpiente marina gigante a la que llama Physethere.

Otro relato que también aborda el tema es Gargantúa y Pantagruel (1534), del escritor francés François Rabelais, un conjunto de cinco novelas que narra la historia de dos gigantes: un padre, Gargantúa, y su hijo Pantagruel. En el cuarto libro, que es una parodia de la Odisea y de Jason y los argonautas, se presenta con el nombre de Physethere, a un monstruo que tiene la forma de una gran serpiente marina. Y dos siglos más tarde, el teólogo y zoologista danés Erik Pontoppidan, describe en su obra Histoire Naturelle de la Norvège, al legendario Kraken, una criatura marina fantástica de gran tamaño y dotado de muchos tentáculos.

Pero las fuentes literarias no son las únicas de las que disponemos. Los reportes reales de avistamientos de enormes serpientes marinas también son numerosos. Desde los siglos de la Edad Media hasta fines del siglo XVII es cuando se dieron la mayoría de los avistamientos de este tipo de seres. El más famoso es probablemente el descrito por los oficiales y tripulantes del HMS Daedalus, en 1848, cuando estaban en la ruta a Santa Elena, en el sur del Atlántico. Los avistamientos de serpientes marinas que se han reportado hasta la actualidad son tan numerosos, que el criptozoólogo[2] Bruce Champagne ha identificado más de 1.200 supuestos avistamientos de estos seres mitológicos. Hoy en día se cree que la mayoría de estos reportes pueden explicarse de forma natural debido a falsas identificaciones de animales, pues muchos de estos se trataron de confusiones con peces remo, restos fósiles, anguilas, u otros animales serpentiformes.

            Ilustración que representa el encuentro del barco HMS Daedalus                                   con una supuesta serpiente marina gigante en 1848.

Cabe mencionar que Verne, atraído por este legendario mito, había abordado el tema del monstruo marino o la serpiente de mar en su novela Veinte mil leguas de viaje submarino, obra aparecida entre 1869 y 1870, cuya acción ocurre entre 1867 y 1868, en el que refiere un misterio asociado a la existencia de un enorme pez que hunde numerosas embarcaciones, el cual se explica con la aparición del submarino Nautilus. Pero esta vez, ante la acumulación de testimonios, relatos e ilustraciones de todos los géneros, el escritor, que para aquel entonces, en 1899, vivía los últimos años de su vida, decidió concebir una novela que desarrolle el tema de forma más amplia. En ese sentido, y conforme a su estilo de trabajo, Verne se documentó con obras como Les Mystères de l’océan (1863) de Arthur Mangin, y Le grand serpent de mer (1892), de la entomologista holandesa Anthonie Cornelis Oudemans, que es una compilación exhaustiva y crítica de los reportes y observaciones conocidas hasta la época.

Luego de concluir su relato, de acuerdo a un manuscrito de 1899, Verne titula a su novela La gran serpiente de mar, antes de acordar con Louis-Jules Hetzel, hijo del editor ya fallecido, a quien no convencía el nombre, que la obra se llame Las historias de Juan María Cabidoulin. No obstante, no hay que olvidar que editorial Hachette, la propietaria de las ediciones Hetzel, desde 1914, publica la novela en 1937 en su colección Bibliothèque Verte, bajo el título de La serpiente de mar.

Características y estructura

Las historias de Juan María Cabidoulin fue publicada por entregas sucesivas en el Magasin d’Education et de Récréation, del 1 de julio al 15 de diciembre de 1901. En noviembre del mismo año apareció en formato de libro con ilustraciones de George Roux y otra versión con algunos grabados en color, y finalmente, en una edición doble junto con El pueblo aéreo.

a) Jules Verne hacia 1900, época en que escribió su novela Las historias de Juan María Cabidoulin. b) Frontispicio del relato, publicado en 1901 por editorial Hetzel. El autor quiso llamar originalmente a su libro La gran serpiente de mar, pero el editor se opuso a titularlo con este nombre. Años más tarde será rebautizado por editorial Hachette con ese título.

Escrita a partir de 1899, la novela es una obra tardía de navegaciones, en la que el autor nos traslada a una historia que fluctúa entre la realidad y el mito, jugando con dos etapas, la creencia en fábulas y la comprobación de los hechos, con señuelos, con eventos de confusa interpretación y con personajes enmarcados en ambos estilos. La obra se adentra además en el mundo de la psicosis colectiva que provocan las antiguas leyendas, cuando Cabidoulin, el protagonista del relato, aterroriza a la tripulación del barco Saint-Enoch, con la narración del mito de la gran serpiente marina. Y ello, debido a que el tonelero es un viejo marinero que ha navegado por los siete mares, habiendo visto y oído muchas cosas que otros siquiera podrían llegar a imaginar, siendo la historia de la gran serpiente de mar que cruza por los océanos del mundo, destruyendo cualquier barco que encuentre a su paso, su favorita. Esta costumbre de predecir siniestros y catástrofes, alarma al capitán del ballenero, quien piensa que Cabidoulin puede estropear con sus historias, los planes de pesca del buque que está a su mando.
Verne recurre a este recurso, conociendo que el temor ante los monstruos marinos es una constante universal que ha preocupado a los hombres de mar desde tiempos lejanos, aunque la experiencia de los viejos marineros rechace la existencia de dichos seres. Ya se ha citado que los expertos en la historia de monstruos marinos remiten como punto de partida principal de su difusión popular, a la mitología nórdica, específicamente en el acto de devorar un barco entero por parte de una serpiente marina, en el libro Historia de las gentes septentrionales de Olaus Magnus, cartógrafo sueco de mediados del siglo XVI.

     Caza de la ballena. Litografía de 1835. Museo Aquarium de Saint-Sébastien

En la novela, Verne expone abiertamente el mito de la legendaria serpiente de mar, pero fiel a su estilo, documenta el relato y no falta en pasar revista, en boca del doctor Filhiol, a la extensa lista de antecedentes, y lo hace tomando prudente distancia de aquellos que aceptan las leyendas por realidades. Relata numerosos hechos inquietantes producidos antes del viaje del Saint-Enoch que navega entre 1863 y 1864, e incluso posteriores, como la evocación de la gran serpiente marina vista por el barco La Pauline, en 1875, cerca de las costas de Brasil, sin olvidar que cita también la historia de la ballena Moby Dick, protagonista de la célebre novela de Herman Melville, publicada en 1851, aunque no mencione el nombre del autor: «Después se habló de la gran ballena blanca, de las costas de Groenlandia, la famosa Moby Dick, que los balleneros escoceses persiguieron durante más de dos siglos sin conseguir ni aun verla.»
Desde el punto de vista literario, este relato, que es una de las últimas obras de Verne, describe en su argumento, la campaña de pesca de un barco ballenero francés que navega hacia sus cazaderos habituales a la espera que la buena fortuna lo favorezca y la competencia de otros balleneros no lo perjudique. Pero es aquí que la obra se dinamiza cuando aparece un tenaz rival, un navío inglés dispuesto a tomar ventaja sobre los franceses. Verne juega con el enfrentamiento de los barcos, haciendo hincapié en la exaltación de los nacionalismos, que los lleva a tensas situaciones de agresión mutua. Sin embargo, en una de sus competencias en alta mar, el ballenero inglés fue levantado en vilo, como si tuviera bajo él una erupción submarina, de tal forma que el furioso golpe de mar lo destroza y lo traga en sus entrañas.

En Las historias de Juan María Cabidoulin, fiel a su estilo, Jules Verne documenta, a través de un repaso histórico, los más recordados avistamientos de supuestas serpientes marinas gigantes, hechos por barcos como el HMS Daedalus y La Pauline.

A esta trágica escena, prosigue otra misteriosa aventura, pues los franceses también son afectados, al quedar inexplicablemente encallados en pleno océano. Allí se mantuvieron hasta que el aparente escollo empezó a moverse. Poco después, la embarcación fue lanzada a toda velocidad por el océano y los tripulantes tomaron conciencia de que eran llevados, o bien por un maremoto consecuente a una erupción bajo el mar, o por un monstruo que se desplazara impetuosamente. Fue entonces que se pensó que las agoreras historias de Cabidoulin podrían ser ciertas. Más aun cuando el navío fue destrozándose poco a poco por el terrible traslado, que lo condujo cada vez más al norte, lanzándolo finalmente contra la banquisa polar, donde quedó empotrado en un iceberg del Ártico, con su casco dislocado y abierto. Definitivamente, un mal lugar para un naufragio, obligando a los hombres a organizar una expedición por las inmensas tierras heladas del Polo para buscar una salvación.
Asimismo, con esta novela, Verne retorna a sus grandes relatos de aventuras en alta mar, realizando un viaje por costas del Pacífico detalladamente descritas, tal cual hiciese uso de un Atlas para seguir minuciosamente el largo itinerario de pesca del barco Saint-Enoch. La obra es además la historia de una expedición de caza de ballenas, donde se describen escenas de caza pormenorizadas, sin que el autor suprima en ellas nada de su riesgo y crueldad, dando detalles inclusive, del descuartizamiento del animal de la cabeza a la cola, pieza por pieza. No obstante, los marinos del buque se muestran insensibles ante esta desagradable tarea, pues para el tonelero Cabidoulin, todo se limita a evaluar la cantidad de barriles de grasa que se obtendrán a partir del tamaño de la ballena.

        Distintas portadas en castellano de Las historias de Juan María Cabidoulin,                  también traducida por algunas editoriales como La gran serpiente de mar.

Resulta interesante comprender en este sentido, la importancia de la labor del tonelero en la expedición, pues según la opinión del escritor, a bordo del navío un tonelero es más valioso que un médico, y en caso de elegir optaría por el primero. Prueba de ello son las palabras del capitán Bourcart: «En mi barco, el tonelero es tan indispensable como la arboladura, el timón o la brújula (…) Entre nosotros es más útil tener un tonelero para cuidar los barriles, que un médico para cuidar los enfermos. Los barriles exigen reparaciones sin cesar, mientras que los hombres se reparan solos.» Este conjunto de descripciones convierten al relato en una guía práctica para enseñar al lector, el oficio de cazador de mar.
Uno de estos lectores contemporáneos, el artista chino Huang Yong Ping, quiso rendir un homenaje a Verne y a la leyenda del monstruo marino descrito en la obra, con la construcción de un esqueleto-escultura, que representa una gran serpiente de mar de 130 m, ubicado en la playa Saint-Brévin, en Saint-Nazaire, en la desembocadura del río Loira en el Atlántico. El motivo de la escultura fue gracias a la invitación que recibió el artista para crear una obra de arte perenne como parte del Estuaire 2012, un evento realizado el verano de aquel año.
Para la ocasión, Huang Yong Ping moldeó en aluminio el esqueleto de una gran serpiente marina que, ubicada en las orillas de la playa Saint-Brévin, es golpeada por las olas, dando la impresión de tratarse de un descubrimiento hecho durante una excavación arqueológica. Para cualquier turista que visite la colosal escultura, es fácil imaginar que está frente a este mítico monstruo, pues a simple vista parece que estuviera vivo. Impresiona además que la escultura aparezca o desaparezca según la marea baje o suba, pudiéndose observar durante algunas horas el admirable espectáculo.

Esqueleto escultura de una gran serpiente marina de 130 m, realizado por el artista chino Huang Yong Ping, en las orillas de la playa Saint-Brévin, en Saint-Nazaire, Francia

De otro lado, el relato tiene algunas curiosidades. Una de ellas es la inclusión en la lista de marineros del Saint-Enoch, de un joven teniente llamado Romain Allotte. De esta manera, por única vez en su obra, Verne nombra con su apellido materno a uno de sus personajes, y como no podía ser de otra forma, lo hizo en la piel de un hombre de mar. Asimismo, durante la campaña del ballenero, describe la presencia en Vancouver de un barco francés de nombre Chantenay, procedente de Nantes. Peculiar detalle teniendo en cuenta que Verne y su familia son de Nantes y que tuvieron una casa de campo precisamente en Chantenay, una localidad ubicada a las afueras de dicha ciudad. También el personaje Ollive, contramaestre del Saint-Enoch, fue el verdadero nombre del capitán del barco de Verne, el Saint-Michel III, y además, el nombre del propio protagonista, Cabidoulin, fue el del dueño de una taberna de Nantes. En conclusión, en esta obra el autor reúne nombres bien conocidos en su momento, durante los años de juventud vividos en su ciudad natal.
Un detalle aún más sorprendente es que en esta obra, se produjo un incidente muy poco frecuente que quizás sea la única oportunidad en que el hijo de Hetzel, que por aquellos años estaba al mando de la editorial tras la muerte de su padre, se opuso a Verne con respecto al nombre del relato, pues como se recuerda, el novelista quiso titular al libro La gran serpiente de mar, pero Louis-Jules Hetzel no estuvo de acuerdo con tal nombre, por lo que finalmente acordaron en llamarlo Las historias de Juan María Cabidoulin. Sin embargo, años más tarde, el libro fue rebautizado por editorial Hachette, propietaria de los derechos de editorial Hetzel, como La serpiente de mar, cumpliendo así, el deseo del escritor.
La novela es a su vez un documental dedicado a la caza de ballenas, motivo por el que la historia no se encuentra entre las mejores creaciones del autor, pues en líneas generales, es un libro con una estructura limitada, con personajes poco carismáticos, y en el que la historia parece dar vueltas sin llegar a ninguna parte. Todo ello explica, sin duda, que cayera pronto en el olvido del público lector de la época. No obstante, cabe destacar el coraje y abnegación de sus personajes en superar penurias en una geografía con características adversas, donde la supervivencia exige a los marinos una larga caminata sobre el hielo polar para alcanzar una posible salvación. En tales circunstancias, vale la pena reflexionar las palabras de Jules Verne en boca de Cabidoulin: «Nunca se ha visto todo en el mar, siempre queda algo por ver», una sentencia que resume el espíritu impregnado en las páginas de este casi desconocido libro de aventuras marino, creado por un autor que se encontraba ya en los últimos años de su vida.

Personajes

  1. Juan María Cabidoulin, 52 años. De profesión tonelero. Es un hombre supersticioso, que cree fervientemente en la existencia de la gran serpiente de mar. Tiene fama de profeta de la desgracia y de la catástrofe, porque suele narrar sus agoreras historias sobre monstruos marinos en cada una de las campañas de pesca en que participa.
  2. Evaristo Simón Bourcart, 50 años. Soltero y sin familia. Respetado marino de alto curso en la plaza del Havre. Capitán al mando del ballenero Saint-Enoch, barco en que se enrolará como tonelero Juan María Cabidoulin.
  3. Doctor Filhiol, 27 años. Joven médico que se presenta voluntariamente a cubrir la plaza de galeno de los marineros del Saint-Enoch.
  4. Tripulación del Saint-Enoch: Heurtaux (segundo), Coquebert (primer teniente), Allotte (segundo teniente), Ollive (contramaestre), Thiébaut, Kardek, Durut y Ducrest (arponeros), Thomas (herrero), Ferut (carpintero), ocho marineros, once grumetes, un jefe de comedor y un cocinero. Total: 34 hombres.
  5. Capitán King. Es el jefe del ballenero inglés, el Repton, navío rival del Saint-Enoch en la caza de ballenas a través del océano Pacífico.
  6. Segundo al mando del Repton.
  7. Capitán Forth. Marino al mando del Iwing, barco de San Diego. Forth se entrevista con Bourcart en algunas ocasiones, y es quien le recomienda vender su cargamento de aceite en Vancouver, después de acabada su exitosa primera parte de la campaña.
  8. Monsieur Brunel, amigo del capitán Bourcart. Lo ayuda a completar la tripulación del Saint-Enoch en el puerto del Havre.
  9. Capitán Morris. Marino al mando del World, navío inglés que rescata a los náufragos del Saint-Enoch y el Repton.

Portadas de ediciones castellanas

Portadas de ediciones francesas

El argumento 

La historia inicia en Francia, en 1863, en el puerto del Havre, donde el buque ballenero Saint-Enoch, al mando del capitán Bourcart, se ve obligado a permanecer durante quince días en el muelle, porque a causa del reumatismo que padecen, tanto el doctor Sinoquet como el tonelero Brulard, la tripulación se encuentra incompleta e imposibilitada para zarpar.

Ante la necesidad de contar con un médico y un tonelero, el capitán Bourcart y su amigo, monsieur Brunel, buscan incesantemente los hombres idóneos para ocupar estos cargos. Tras la búsqueda, se presenta para tomar la plaza de médico, el doctor Filhiol, un joven galeno de veintisiete años que ofrecía sus servicios, porque deseaba ejercer su profesión en la marina mercante.

Una vez aceptado en el ballenero, el doctor Filhiol es quien recomienda al capitán, a un tonelero que había atendido en cierta ocasión de una herida en la mano. Este viejo marinero era Juan María Cabidoulin, quien en sus años de navegante lo había visto todo. Sin embargo, el tonelero era también un experto en contar historias agoreras sobre monstruos, capaces de desmoralizar a toda una tripulación, aunque le faltaba todavía encontrar a la mítica serpiente marina gigante. Pero ante la urgencia de contar con un tonelero y con lo difícil que era hallar uno disponible, el capitán tuvo que aceptar la admisión de Cabidoulin, a pesar de su fama de anunciar desgracias. A su vez, el marinero aceptó la propuesta, que él consideraba su último crucero de caza de ballenas, con el fin de cumplir su sueño de ver una gran serpiente de mar.

Con la tripulación completa, el Saint-Enoch zarpa finalmente a perseguir ballenas rumbo a Nueva Zelandia. La ruta fue a través del cabo de Buena Esperanza, dando vuelta a la extensa punta de África, para luego dirigirse al océano Índico y el mar del Sur, donde los numerosos puertos de la costa australiana ofrecen fáciles escalas para alcanzar Nueva Zelandia. Y fue así que tras cuatro meses de ardua navegación, el ballenero finalmente llegó a su destino, donde la pesca es particularmente fructífera.

a) El capitán Bourcart busca en los muelles del puerto del Havre, los hombres necesarios para ocupar los puestos de médico y tonelero, que le son indispensables para empezar su campaña de pesca en el ballenero Saint-Enoch. b) La caza de la ballena proporciona grandes ganancias, porque el aceite obtenido a partir de la grasa de sus enormes cuerpos, es muy cotizada en los mercados internacionales.

Al inicio de la expedición, la caza de ballenas tuvo buenos resultados y todo indicaba que los buenos propósitos del capitán Bourcart prevalecerían sobre los malos de Cabidoulin. Pero un incidente alarmó, no obstante, los primeros días de pesca, cuando un viento furioso azotó las aguas, haciendo zozobrar al barco a tal punto que un marinero cayó al mar. Y al momento del rescate, en el instante en que el hombre era izado con un cable hacia el interior del barco, de pronto un tiburón enorme con las mandíbulas abiertas salió del agua y estuvo a punto de cogerle por una pierna. Una vez más la fortuna estaba del lado del navío y el hombre terminó siendo rescatado, en tanto que uno de los arponeros hirió al tiburón que finalmente fue preso y posteriormente descuartizado para obtener de él diferentes beneficios como el aceite, la piel y las aletas.
Pocos días después se divisó a los alrededores un barco que debería seguir la misma ruta del Saint-Enoch. En el acto, el capitán Bourcart mandó izar el pabellón para identificarse, pero el otro navío no respondió de la misma manera la cortesía. Ello los hizo suponer que el barco en cuestión debía ser un ballenero inglés, pues sólo un barco de esta nacionalidad sería capaz de no saludar a un navío francés.
Pasado el incidente el Saint-Enoch continuó su expedición de caza rumbo a Norteamérica, habiendo cargado de aceite la mitad de los 2.000 barriles necesarios para llenar la bodega. El barco debía dirigirse siguiendo el itinerario de pesca de ballenas, hacia la bahía Margarita. Ya ubicado en una ensenada y listo para la faena, apareció después de dos días aquel misterioso barco que no saludó al capitán Bourcart y su buque. Esta vez reconocieron que se trataba, en efecto, de un barco inglés, el Repton, de Belfast, al mando del capitán King, que iba a iniciar también su campaña de pesca.

a) En los primeros días de pesca, un incidente terrible se produjo, cuando un marinero que era rescatado del mar, casi es devorado por un enorme tiburón. b) El temor difundido entre los hombres del Saint-Enoch, por las historias de Cabidoulin, podría sustentarse, si se recuerda que en 1875, los tripulantes de La Pauline, creyeron ver cerca a las costas de Brasil, una enorme serpiente de mar, enrollada en plena lucha, al cuerpo de una ballena.

Al poco tiempo se advirtió la presencia de varios cetáceos y los marineros del Saint-Enoch se lanzaron enseguida a perseguir a los enormes animales. Tras una ardua tarea, finalmente pudieron cazar una ballena que les proporcionó 125 barriles de aceite de excelente calidad. El capitán de otro de los barcos que se entregaban igualmente a la persecución de cetáceos en las profundidades de la bahía Margarita, fue a visitar a Bourcart para felicitarlo por el éxito de la campaña en Nueva Zelandia y sugerirle al mismo tiempo, que en vez de regresar a Europa tan rápido, venda su mercancía en Vancouver, donde algunas casas norteamericanas solicitan el aceite a precios muy ventajosos y que prosiga luego a las islas Kuriles donde los meses son más favorables para la pesca.
Bourcart agradeció la información y le pareció buena la idea de dirigirse hasta Vancouver a vender su cargamento. Sin embargo, cuando preguntó si habían podido relacionarse con el Repton, la respuesta fue negativa. Quedaba claro que el ballenero inglés se mantenía siempre aparte y tampoco saludaba a los barcos norteamericanos. El Saint-Enoch continuó después con la campaña de pesca y la fortuna nuevamente le fue propicia al capturar un cachalote de grandes dimensiones que les proporcionó otros 80 barriles más de grasa. Más adelante tienen la oportunidad, cuando se cruzan en alta mar, de entablar relaciones con el Repton. El barco inglés divisa una ballena y su cría. El capitán decide enviar dos piraguas para la caza. Logran matar al ballenato pero la madre en un arrebato de furia derriba de un coletazo a una de las piraguas del Repton, hundiendo a sus nueve tripulantes. En estas circunstancias, los hombres de Bourcart, dirigieron sus piraguas para socorrer a los caídos, pero he aquí que otra piragua inglesa llega hasta el lugar y ordena que ninguno de los siete sobrevivientes del ataque reciba su ayuda. Con esta actitud, el capitán del Saint-Enoch confirmó que los ingleses no tenían la mínima intención de relacionarse con los franceses.

a) Luego de cazar una ballena, un negociante español solicitó al capitán Bourcart que le ceda el esqueleto, pues a partir de los restos óseos, también se puede conseguir una buena cantidad de barriles de aceite. b) Tras los éxitos de su inicial campaña de pesca, el capitán Bourcart recibe la visita y felicitación del capitán Forth, quien además de dirigir el barco Iwing, lo había aconsejado a vender ventajosamente su mercancía en Vancouver.

El navío finalmente llega a la isla de Vancouver, que formaba parte de la Columbia inglesa vecina del dominio de Canadá. Apenas desembarcó, el capitán Bourcart se dirigió a una de las principales casas corredoras de mercancías y vendió allí su carga. Siguiendo los consejos del capitán del barco norteamericano que lo llevó a Vancouver, Bourcart ordenó, antes de partir nuevamente a cazar ballenas en esos mares, que el barco sea examinado en su exterior para asegurarse que no había sufrido daño alguno. El capitán estimó que el navío podría zarpar en un mes, teniendo en cuenta el tiempo destinado tanto al mantenimiento como al desembarco de los 1.700 barriles de aceite vendidos tras la exitosa campaña hasta ahora realizada. Esta circunstancia fue aprovechada por el doctor Filhiol, quien aprovechó el tiempo disponible para visitar los alrededores de la isla, sorprendiéndose con algunos indígenas que se atravesaban la nariz con anillos de metal y agujas de madera y que en sus rituales usaban unas horribles máscaras de espantoso aspecto.
Pocos días antes de partir, Bourcart recibe la visita del capitán Forth, el marino al mando del Iwing, que había vuelto a la bahía Margarita y se reencontraba con el Saint-Enoch. Forth era quien le había recomendado vender su mercadería en Vancouver. Luego de agradecerle por la buena información brindada, Forth había advertido la extraña actitud de las ballenas en la bahía Margarita, que mostraban una prisa singular, saltando por la superficie de las aguas, lanzando mugidos, como si huyeran presas de un pánico inexplicable. Por suerte, Cabidoulin no estaba presente, pues hubiera exclamado que se trataba de una gran serpiente de mar, la causante de su marcha apresurada.

a) En su ruta a través de las islas Aleutianas, el capitán Bourcart y sus hombres creyeron ver una serpiente marina gigante, pero cuando se acercaron al animal, este resultó ser sólo una inmensa alga. b) En los bosques de Kamtchatka, la tripulación del Saint-Enoch se abasteció de las provisiones de madera necesarias para su larga travesía. Sin embargo, los marinos del Repton se enfrentarían a ellos por obtener primeros esta importante reserva.

La segunda campaña comenzó, según lo previsto, con dirección a las islas Kuriles y luego a las Aleutianas. En estos lugares, la suerte abandonó al ballenero, pues la pesca de ballenas resultó infructuosa. Los presagios de Cabidoulin parecían empezar a cumplirse, sobre todo, al divisarse en la superficie, una silueta en movimiento, semejante a la de un monstruo marino. Para resolver el misterio, se enviaron piraguas con la intención de acercarse más al animal. El supuesto monstruo resultó ser sólo un alga gigantesca. Como era de esperarse, las burlas de los marinos se dirigieron contra las historias de Cabioulin, pero el tonelero les advirtió que a pesar de ello, finalmente se enfrentarían a una verdadera serpiente marina gigante.
El siguiente destino para intentar cazar ballenas fue el mar de Okhotsk. Pero es aquí que ocurre otro desafortunado incidente. Al atravesar el estrecho, la proa del barco choca contra un arrecife, lo que produce que éste encalle. Para resolver el problema se tuvo que esperar la marea alta, llegando finalmente a Okhotsk. A pesar de ello, la fortuna les seguía esquiva, ya que allí tampoco pudieron dar caza a algún cetáceo. Y cuando alcanzaron las islas Chantar, la situación se tornó más crítica, cuando un error al arriar las gavias del navío produjo que uno de los marineros sea golpeado y arrojado al mar violentamente, convirtiéndose en la primera víctima de la campaña del Saint-Enoch.
Pasado el terrible incidente, que afectó considerablemente el ánimo de la tripulación, el capitán Bourcart y sus hombres siguieron su ruta programada. En el camino encontraron los cuerpos de algunas ballenas muertas con los flancos abiertos y las entrañas desgarradas, de las que poco provecho en barriles de aceite se pudo obtener. Hasta ese momento, todo hacía creer que la segunda campaña del ballenero sería poco fructífera, no tardando Cabidoulin en anunciar que un monstruo marino era el causante de aquella mutilación de cetáceos. Por ello, lo que se decidió fue seguir la travesía en dirección a la península siberiana de Kamtchatka.

a) Tras haber creído ver una serpiente o un monstruo marino gigante, los pescadores de Kamtchatka huyen despavoridos hacia el puerto de Petropavlosk a buscar refugio. b) Era común observar a Juan María Cabidoulin, sentado en el bauprés del barco, con la mano puesta sobre los ojos, a la espera de encontrar en alta mar a un monstruo marino gigante.

Durante la ruta hacia Kamtchatka, así como en otras anteriores escalas, el Saint-Enoch tuvo oportunidad de divisar de cerca al Repton, que buscaba también mejorar los resultados de sus faenas de pesca, pues todo hacía indicar que sus bodegas andaban vacías, ya que la ligereza de su carga le otorgaba un rápido desplazamiento, manteniendo la misma actitud de no entablar relaciones con el Saint-Enoch.
Una vez instalados en Kamtchatka, en el puerto del poblado de Petropavlosk, ocurrió otro incidente entre los marineros franceses e ingleses. Cuando se disponían para abastecerse de provisiones de madera para hacer frente a la larga travesía, ambas tripulaciones se cruzaron, a pesar de las advertencias de sus capitanes. Los insultos y amenazas de ataque no tardaron en producirse, y poco faltó para que se consumen los hechos, si no fuera por la intervención de los capitanes, quienes ordenaron el cese de las hostilidades.
Más tarde, otro suceso de mayor relevancia se produjo, al observarse que las chalupas de los pobladores de Kamtchatka se apresuraban por alcanzar el puerto de Petropavlosk, pues a una media milla de la bahía, toda aquella flotilla de pesca había sido presa de gran espanto al haber observado a un monstruo marino de gigantesco tamaño. Pero esta vez no se trataba de una inmensa alga marina como la encontrada en las Aleutianas, sino de un ser vivo, una bestia que aterrorizó a los marineros de la localidad. Ante el peligro que aquel ser apocalíptico volviese a buscar refugio en el puerto, los capitanes del Saint-Enoch y el Repton dieron orden de alistarse para abandonar lo antes posible el lugar.
En los días que siguieron no se registró la presencia de aquel temible gigante oceánico, ni tampoco se divisaron cachalotes ni ballenas, lo que hacía advertir que la segunda campaña del Saint-Enoch resultaría nula, a pesar que por aquellas épocas debían abundar los cetáceos. El capitán Bourcart no encontraba explicación a estos hechos, así que continuó su ruta con destino a Norteamérica. Sin embargo, durante la travesía por fin encontraron una ballena viva a poca distancia. En el acto las piraguas del navío francés se lanzaron a su persecución, pero he aquí que de pronto apareció también el Repton, con la intención de adelantarse a la caza de la ballena. Cuando estuvieron cerca del animal, los arponeros de ambos barcos atacaron al cetáceo, logrando herirlo hasta matarlo. Pero en aquel doble golpe ¿cuál de los dos arponeros fue el que le produjo la herida mortal?
Difícil responder a esta pregunta, pues ambos bandos intentaron remolcar a la ballena, lo que originó un nuevo pleito entre las tripulaciones. No obstante, el oficial del Repton advirtió la inferioridad de sus condiciones, por lo que ordenó la retirada, no sin antes amenazar a los hombres del Saint-Enoch que volverían a encontrarse. Con la adquisición de esta ballena, el tonelero Cabidoulin pudo suministrar a la bodega doscientos barriles de aceite, completando con ello la mitad de su cargamento.
El capitán Bourcart tomó sus precauciones y aumentó la vigilancia ante un posible ataque del navío inglés. De pronto, el mar presentó una agitación inusual que sacudió fuertemente al Saint-Enoch. En tales circunstancias, se divisó la presencia del Repton a poca distancia. Ante la eventualidad de una agresión se dio la orden de preparar las armas. Si los ingleses seguían acercándose, serían recibidos con sus mejores balas. Pero repentinamente el mar volvió a dar señales de agitación violenta, y lo que sucedió a continuación fue realmente trágico. Pudieron ver cómo el Repton se levantó sobre el lomo de una gigantesca ola, para luego desaparecer en los abismos del Océano Pacífico. La tripulación del Saint-Enoch quedó horrorizada ante la presencia de aquel inaudito y espantoso cataclismo.

a) En una de sus continuas competencias por la caza de ballenas, el Repton fue repentinamente levantado por una inmensa ola de descomunal fuerza, para después desaparecer en las profundidades del océano Pacífico. b) Luego de quedar varados, a causa de un escollo inexplicable, los marineros del Saint-Enoch pretendieron determinar su naturaleza, pero la espesa neblina nocturna impedía reconocer sus características.

Los marineros franceses no se recuperaban todavía de las terribles imágenes observadas, cuando se produjo un fuerte choque que originó que el barco se eleve algunos metros por la popa. El navío había chocado con un escollo y estaba ahora encallado e inmóvil en medio del mar. ¿Estos hechos fueron a causa de un fenómeno natural poco frecuente o se trataba de la presencia de la serpiente marina gigante? No podría asegurarse tal respuesta, aunque como es lógico, Cabidoulin opinaba que todo era culpa del monstruo marino del que tantas veces advirtió en sus historias.
Mientras tanto, el capitán Bourcart procuraba resolver el problema del escollo. Tras varios intentos, optó por una última opción para evitar quedarse varado en el océano. La operación consistiría en aligerar el barco sacrificando su cargamento lanzándolo al mar. Cuando estaban ya a la mitad de la faena, estando el navío rodeado de una sábana de grasa, se escucharon de pronto unas voces lejanas. Algunos minutos después, dos piraguas se acercaban al Saint-Enoch. Pertenecían al Repton, y a bordo iban veintitrés hombres, incluido el capitán King. Es decir, habían muerto en el naufragio trece hombres del barco inglés.
Una vez a bordo, el capitán King narró cómo lograron sobrevivir él y sus hombres. Junto a Bourcart recordaron que en Petropavlosk, los pescadores hablaban de la presencia de un ser marino monstruoso que los hizo huir precipitadamente. Creían que se trataba de un calamar, un kraken, un pulpo gigantesco o quizá una enorme serpiente de mar. Pero el capitán inglés no le atribuía a la supuesta bestia marina, el naufragio de su barco.
A pesar del sacrificio que significó el despojarse de su cargamento, el Saint-Enoch siguió varado irremediablemente. Pero de pronto, el navío se puso a flote sin mayor explicación, y la respuesta al hecho de que el escollo había empezado a moverse la dio el tonelero Cabidoulin, quien refirió que el monstruo marino era el que había cogido al barco, sujetándolo con sus brazos o sus piernas, y que ahora era el responsable de arrastrarlos al fondo del mar. Estas declaraciones alarmaron a la tripulación. Por esto, el capitán Bourcart castigó a Cabidoulin, encerrándolo en el fondo de la cala, con el fin de evitar la propagación de sus malos augurios.

a) Para resolver el problema del escollo que los había dejado varados, el capitán Bourcart hizo practicar un sondaje a cincuenta pies del navío. Con gran sorpresa y aún después de haber largado unas veinte brazas, no encontró fondo. b) Cuando parecía que el buque no podría salir del escollo, repentinamente una enorme ola avanzó sobre él, y en medio de las tinieblas fue arrastrado con incalculable velocidad por la superficie del océano Pacífico.

Muchas eran las hipótesis del porqué el barco se desplazaba con tanta rapidez. Quizá era el reflujo provocado por una conmoción submarina o una marea de infinito poder, pero nadie quería creer en las absurdas historias de Cabidoulin, aunque en tales condiciones empezaran a considerarse como una posible opción. En la vertiginosa carrera, el Saint-Enoch perdió sus mástiles y sus velas, y además, quedó imposibilitado de reparar sus averías.
El navío seguía su ruta hacia el norte arrastrado por una enorme ola cuya altura disminuía al compás de su rapidez. El capitán Bourcart finalmente asoció lo que le ocurría a su barco, a un evento similar producido unos años antes, en la que un violento temblor en las costas del Perú, originó una inmensa ondulación del océano, que se extendió hasta el litoral australiano. Es entonces que calculó que continuarían viajando hacia el norte hasta los límites del océano Ártico, con la posibilidad de estrellarse contra el banco polar. Y así fue, puesto que el barco, levantado por última vez, impactó contra un icefield, atravesándolo y deslizándose a través de su superficie, chocando contra los bloques del banco de hielo.
El choque fue terrible, a tal punto que los palos menores se rompieron al mismo tiempo que el casco se desfondaba. Fue milagroso que nadie resultó herido seriamente, no obstante, el barco quedó inutilizado. En esta situación, se optó por emprender la marcha en busca de la salvación con dirección a las costas siberianas. Para lograr ello se construyeron con los restos del navío tres trineos, para cargar allí las cajas de conserva, carnes, legumbres y galletas, lo cual les alcanzaría para alimentarse tres semanas, consumiendo lo estrictamente necesario.

a) Tal era la velocidad del Saint-Enoch, que el aire azotaba los rostros como metralla, derribando a los hombres constantemente. Esto produjo que el barco sufra muchas averías, quedando imposibilitado de seguir navegando por sus propios medios. b) Luego de ser arrastrados hasta chocar con el banco de hielo del Ártico. Desde allí emprendieron una peligrosa marcha en busca de una posible salvación a través de las costas siberianas.

Pasados tres días de campamento a una temperatura de 20 grados bajo cero, la caravana compuesta por franceses e ingleses se puso en marcha. A pesar de las duras condiciones del clima, aquellos hombres animosos no se quejaban y seguían imperturbables su camino. A los veinticuatro días de la partida, tras soportar numerosas penurias como el frío, los huracanes, el viento, el cegador polvo blanco de la nieve, y sobre todo, la cada vez menor ración de los alimentos que estaban por terminarse, pudieron divisar un ballenero que se dirigía al estrecho de Behring. Sus señales fueron observadas y minutos después los náufragos eran recogidos a bordo del World, de Belfast, dirigido por el capitán Morris, que después de haber terminado su campaña de pesca volvía a Nueva Zelandia. Un mes después el navío inglés desembarcaba en Dunedin a los sobrevivientes del siniestro, quienes se despidieron esta vez cortésmente, tras convertirse en compañeros de supervivencia en el Ártico, olvidando los malos recuerdos de los días en que protagonizaron una feroz competencia durante su campaña de pesca de ballenas en los mares del Pacífico, donde no estuvieron exentos los ataques y amenazas por ambos bandos.
Todos finalmente comprendieron que fue una ola enorme, dotada de una incomparable velocidad, la que había arrastrado al Saint-Enoch al banco de hielo. Todos menos uno, porque el tonelero Cabidoulin no había cambiado de opinión, ya que seguía creyendo en la existencia de la gran serpiente de mar, y en sus historias mezclaba siempre el relato de las aventuras del Saint-Enoch, que significaron para él, su última campaña marítima.

[1] Leviatán es también el nombre de un enorme paquebote lanzado en Londres, en 1857, antes del famoso Great-Eastern, barco en que Jules Verne atravesará el Atlántico, en 1867, con destino a la ciudad de New York. Basado en las experiencias de este viaje, el autor escribió su obra Una ciudad flotante, publicada en 1870.

[2] La criptozoología es una pseudociencia que se ocupa de la búsqueda de los animales cuya existencia no ha sido probada.

Bibliografía

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(Lima, Perú, 1977). Vice-presidente de la Sociedad Hispánica Jules Verne. Ingeniero Industrial. Docente pre-universitario de Matemática. Desde 2004 es propietario y administrador del sitio web "Julio Verne, el más desconocido de los hombres". Es uno de los vernianos más activos en Latinoamérica. Ha escrito artículos sobre el autor que ha publicado en su sitio. También ha traducido al castellano varios textos inéditos del novelista francés.

1 Comentario

  1. Parabéns por este artigo. Sempre é interessante conhecer detalhes sobre as maneiras pelas quais Júlio Verne desenvolvia suas narrativas. Esta é, particularmente, curiosa e reveladora da seriedade com que Verne encarava sua atividade de escritor.

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