Julio Verne en casa, por Marie A. Belloc

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Publicación: Revista Strand Magazine. Febrero de 1895
Traducción española: Ariel Pérez

Pese a un gran número de errores de detalle, esta entrevista (publicada en un periódico inglés en febrero de 1895 bajo el título de Jules Verne at home) que es la más conocida, completa la que un año antes realizara Robert Sherard. El encuentro tuvo lugar en el otoño de 1894, en el domicilio del escritor.

La entrevista

El autor de La vuelta al mundo en ochenta días, Cinco semanas en globo y muchas otras recordadas historias que han hecho deleitar a centenares de lectores en muchas partes del mundo disfruta su vida, trabajando feliz, en su casa ubicada en la localidad francesa de Amiens, un tranquilo pueblo provinciano situado en la ruta directa desde las localidades de Caláis y Bolonia hasta París.

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   Julio Verne en 1900. 72 años

El habitante más humilde de la ciudad puede indicarle donde se encuentra la residencia de Julio Verne. Está ubicada en el Nº 1 de Rue Charles Dubois. Es una encantadora casa de estilo antiguo, situada en la esquina de una calle desviada por un amplio boulevard.[1]
La pequeña puerta cubierta por una pared de líquenes fue abierta por una vieja empleada de apariencia alegre. Tan pronto como le dije que había concertado una cita anteriormente me llevó por el pavimentado patio limitado de ambos lados por irregulares y pintorescas construcciones flanqueadas por una corta torre, lo cual representa un típico rasgo de las casas de campo francesas. Al tiempo que la seguía, pude admirar el jardín de la casa. Estaba formado por grandes hayas que cobijaban con su sombra grandes extensiones de un césped bien cuidado, donde destacaban hermosas flores. Aun cuando ya la época de otoño entraba en sus finales todo estaba exquisitamente limpio y arreglado. No se veía una sola hoja a lo largo del ancho camino arenoso donde el veterano novelista toma cada día uno de sus frecuentes paseos.
A través de un camino de grandes piedras, la sirvienta de la casa me guió hacia un acogedor portal lleno de palmas y de florecientes arbustos, luego del cual se encontraba el salón principal donde después de unos pocos minutos de espera se me unieron mi anfitrión y anfitriona.
Tal y como ha expresado en otras ocasiones el famoso escritor, su esposa ha jugado un papel importante en todos y cada unos de sus triunfos y éxitos. Resulta difícil creer que la anciana dama, que aún conserva su espíritu juvenil y la famosa picardía francesa, haya celebrado el año precedente sus bodas de oro.[2]
Julio Verne, en su apariencia personal, no resume la idea popular de un gran autor. Más bien da la impresión de ser un caballero rural culto y esto a pesar del hecho que se viste de negro, lo que significa – para los franceses – la pertenencia a las clases profesionales. Su chaqueta está decorada con un pequeño botón rojo lo cual denota que el portador posee la alta distinción de ser funcionario de la Legión de Honor. Al haberse sentado, observé que mi anfitrión no parecía tener setenta y ocho años. Mi criterio fue más convincente cuando verifiqué que había cambiado muy poco físicamente al compararlo con el gran retrato que colgaba sobre la pared – precisamente en la dirección opuesta al de su esposa -, el cual había sido pintado veinte años atrás.[3]

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   Julio Verne y su esposa Honorine de Viane en 1875

Verne es singularmente modesto sobre su trabajo y no mostró ningún deseo de hablar sobre sus libros o de él propiamente. Si no hubiera sido por la amable ayuda de su esposa, cuyo orgullo por el genio de su marido pude atestiguar, me hubiera sido difícil persuadirlo para que me ofreciera algunos comentarios acerca de su carrera literaria o sus métodos de trabajo.
Yo no puedo recordar la época – contestó, en respuesta a una pregunta -, en la cual yo no escribía, o al menos intentaba ser un escritor, y como podrá constatar en breve, muchas cosas conspiraron contra eso. Conoce que soy bretón de nacimiento. Mi pueblo nativo fue Nantes, pero mi padre era parisino por educación y costumbres. Él era consagrado a la literatura y aún cuando era demasiado modesto para hacer algún esfuerzo por popularizar su trabajo, era un poeta. Quizás fue por esto que comencé mi carrera literaria escribiendo poesía, – siguiendo tal vez el ejemplo de los literatos franceses, en ciernes, de la época -, las cuales tomaban la forma de tragedias en cinco actos – concluyó diciendo con una sonrisa en los labios.
El primero de mis trabajos en serio fue, sin embargo – agregó después de una pausa -, una comedia escrita en colaboración con el hijo de Alejandro Dumas, que fue y ha seguido siendo uno de mis mejores amigos. Nuestra obra fue llamada Las pajas rotas y fue puesta en escena en el Teatro Gymnase en París. No obstante, aunque disfrutaba mucho el trabajo dramático, percibí desde el primer momento que no me traería nada en materia de fortuna.

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             El salón de la mansión de Julio Verne en el Nº 1                                  de Rue Charles Dubois (Foto por C. Herbert)

Y aún – continuó Verne despacio -, nunca he perdido mi amor por la escena y todo lo que esté conectado en alguna forma a la vida teatral. Una de las alegrías más reconfortantes que me ha traído mi historia como escritor, ha sido precisamente la puesta en escena exitosa de muchas de mis novelas, en especial Miguel Strogoff.
Me han preguntado a menudo que fue lo que me dio la idea de escribir lo que – a la búsqueda de un nombre mejor – serían las novelas de género científico.
Yo siempre me he consagrado al estudio de la Geografía, tanto como la mayoría de las personas se deleitan al estudiar la Historia o tomar partes en investigaciones históricas. Pienso que mi amor por los mapas y por los grandes exploradores me llevaron a componer la primera de la larga serie de novelas geográficas.
Cuando escribí mi primer libro, Cinco semanas en globo, escogí África como la escena de la acción por la simple razón de que era, y todavía es, el continente menos conocido, e inmediatamente pensé que la manera más ingeniosa en que esta porción de la superficie del mundo podría explorarse sería desde un globo. Disfruté mucho al escribir la historia y debo agregar que tanto en aquella como en todas mis novelas, las cuales son basadas en una previa investigación, he tratado que los hechos narrados en ellas estén lo más cercano posible a la vida real.
Una vez que la historia fue terminada le envié el manuscrito al conocido editor francés Jules Hetzel, quien leyó el cuento, se interesó en él y me hizo una oferta que yo acepté. Puedo decirle que este excelente hombre y su hijo se convirtieron y han continuado siendo mis grandes amigos y la casa editorial está por publicar mi septuagésima novela.[4]

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         Biblioteca personal de Julio Verne (Foto por C. Herbert)

¿Entonces no pasó momentos de ansiedad y espera para llegar a la fama? – pregunté -. ¿Su primer libro se convirtió inmediatamente en un éxito de venta tanto en casa como en el extranjero?

   Sí – contestó él modestamente -, Cinco semanas en globo ha sido hasta los días de hoy una de las más leídas de mis historias, pero usted debe recordar que yo tenía treinta y cinco años cuando este libro fue publicado, y me había casado ocho años atrás – concluyó Verne dirigiendo su mirada a su esposa con aire de galantería.[5]

   ¿Su amor por la Geografía no lo previno que poseía una gran inclinación por las ciencias?

   No me considero un científico, pero me siento afortunado de haber nacido en una época de descubrimientos notables y quizás de algunas maravillosas invenciones.
Usted está indudablemente consciente -dijo la señora Verne orgullosamente- que muchos fenómenos científicos aparentemente imposibles descritos en las novelas de mi esposo se han convertido en realidad.
Todo es una mera coincidencia – intervino Julio Verne -, y sin dudas se debe al hecho de que incluso al inventar fenómenos científicos siempre he tratado de que todo parezca tan verdadero y simple como sea posible. En cuanto a la exactitud de mis descripciones debo eso en gran medida al hecho que, incluso antes de que yo comience a escribir una novela, siempre hago numerosos apuntes de cada libro, periódico, revista o reporte científico a los que tengo acceso. Estas notas eran y son clasificadas según el tema al que pertenecen. No tengo ni que decirle cuan valiosas han sido para mí muchas de ellas.
Estoy subscrito a más de veinte periódicos – continuó – y soy un asiduo lector de cada publicación científica. Incluso, además de mi trabajo, una de las cosas que más disfruto es leer u oír cualquier reseña sobre un nuevo descubrimiento o experimento en los mundos de la Ciencia, la Astronomía, la Meteorología, o la Fisiología.

   ¿Cree que estas lecturas misceláneas le sugieren cualquier nueva idea para sus historias o depende usted totalmente de su propia imaginación?

   Es imposible decir lo que lo hace pensar a uno en el esqueleto de una historia, a veces una cosa, a veces otra. Frecuentemente me ha ocurrido de que he tenido una idea en mi cerebro durante años y han sido muchos años después cuando he tenido la oportunidad de desarrollarla en el papel, pero siempre que esto me pasa dejo plasmado una nota sobre la idea en cuestión. Por supuesto, yo sí he podido definir el principio de algunos de mis libros. Por ejemplo, La vuelta al mundo en ochenta días, fue el resultado de la lectura de una propaganda turística que fue publicada en un periódico. El párrafo que llamó mi atención mencionó el hecho de que, actualmente, sería bastante posible que un hombre viajara alrededor del mundo en solo ochenta días. Inmediatamente se me ocurrió la idea de que el viajero, beneficiado por la diferencia horaria, podría adelantar o retrasar un día en el viaje. Fue esta idea inicial la que realmente dirigió toda la acción de la novela. Quizás recordará que mi héroe, el señor Phileas Fogg, debido a esta circunstancia llegó a casa en tiempo para ganar su apuesta, cuando él había imaginado que había arribado a Londres un día después.

   Hablando de Phileas Fogg, al contrario de la mayoría de los escritores franceses, usted parece disfrutar dándole a sus héroes nacionalidad inglesa o extranjera.

   Sí, yo considero que los miembros de la raza angloparlante siempre fabrican excelentes héroes, sobre todo cuando se trata de una historia de aventuras o de descubrimientos científicos. Admiro el aplomo y las cualidades de esa nación que siempre intenta ir hacía adelante, y que ha plantado el pabellón británico en una gran porción de la superficie del planeta.

   Sus historias también difieren de las de sus coterráneos – me aventuré a observar – considerando que en ellas el sexo juega un pequeño papel.

   Una mirada de aprobación proveniente de mi anfitriona me hizo darme cuenta de que ella estaba de acuerdo con la veracidad de mi observación.
Niego esa afirmación por completo – intervino Julio Verne visiblemente acalorado. Tome por ejemplo a Mistress Branican y a las encantadoras jóvenes que aparecen en muchas de mis novelas. Siempre que haya alguna necesidad de introducir el elemento femenino, allí lo encontrará. Hizo una pausa y luego me dijo sonriendo: El amor es una pasión absorbente y deja poco espacio para algo más en el corazón humano, mis héroes necesitan de mucho ingenio para llegar a sus propósitos finales y la presencia de una encantadora joven puede interferir en sus objetivos. Siempre he deseado al escribir mis novelas que ellas luego se pongan, sin la menor vacilación, en las manos de todas las personas jóvenes y por esta razón he evitado escrupulosamente cualquier escena que provoque que un chico piense que a su hermana no le gustaría leerla.
Antes que la luz del día se desvanezca, ¿no le gustaría subir para ver el lugar de trabajo y estudio de mi esposo? – preguntó mi anfitriona -. Luego de eso podremos continuar nuestra conversación.
Con la guía de la señora Verne pasamos una vez más al vestíbulo, donde una puerta se abrió, guiándonos hasta una escalera en forma de espiral. Al subir llegamos al conjunto de habitaciones donde el señor Verne ha pasado la mayor parte de su vida y desde donde ha escrito muchos de sus libros más encantadores. A medida que íbamos caminando por el corredor tuve la oportunidad de ver algunos mapas – vivos testimonios del gran deleite de su dueño por la Geografía y la necesidad de la información precisa – colgados en la pared.
Es aquí – dijo la señora Verne al momento que abría la puerta de una pequeña habitación, – que mi esposo escribe todas las mañanas. Debe conocer que él se levanta a las cinco y a la hora de almuerzo – eso es alrededor de las once de la mañana – termina su trabajo por el resto del día, ya sea que esté escribiendo o corrigiendo algún manuscrito. Generalmente cada tarde mi esposo se retira a dormir aproximadamente a las ocho o media hora después de las ocho.
El escritorio de madera está situado delante de una gran ventana, exactamente en la dirección opuesta de la pequeña cama. De esta manera, en las mañanas de invierno, cuando Verne hace una pausa en su trabajo matutino, puede divisar el alba que comienza a observarse por encima de la espiral de la Catedral de Amiens. La pequeña habitación se encuentra desprovista de toda ornamentación. Solo aparecen dos bustos, uno de Moliere y otro de Shakespeare, y algunos cuadros, incluyendo uno – pintado con acuarela – del yate de mi anfitrión, el Saint Michel, un espléndido pequeño velero en el cual él y su esposa pasaron hace algunos años atrás muchas de las horas más felices de sus vidas.
Al salir de la alcoba se encuentra un largo apartamento que resulta ser la biblioteca de Verne. La habitación está formada por armarios y en el centro de la misma se encuentra una gran mesa bajo la cual aparece un gran bulto compuesto de periódicos, revistas e informes científicos, todos cuidadosamente ordenados, además de una representativa colección de literatura periódica francesa e inglesa. Un gran número de cartones – que ocupan, sin embargo, poco espacio – contienen las más de veinte mil notas que el autor ha almacenado durante su larga vida.

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     Julio Verne en su biblioteca personal

 Dime cuales son los libros que un hombre lee y te diré que tipo de hombre es, reza un viejo refrán que puede ser perfectamente aplicado a Verne. Su biblioteca es estrictamente para su uso, no para mostrarla. En ella hay copias bien usadas de amigos tan intelectuales como Homero, Virgilio, Montaigne y Shakespeare. Aunque un poco roídos por el tiempo, pero muy estimadas por su dueño, se encuentran ediciones de libros de Fenimore Cooper, Dickens y Scott los cuales denotan un uso constante. Con una apariencia más actual se pueden encontrar además en la colección muchas de las más famosas novelas inglesas.
Estos libros le mostrarán – observó Verne – cuan sincero es mi afecto por la Gran Bretaña. Toda mi vida me he deleitado con los trabajos del señor Walter Scott y le puedo asegurar que, durante una inolvidable gira a las islas británicas, pasé mis días más felices en Escocia. Aún veo, como en una visión, la hermosa y pintoresca Edimburgo, con el corazón de la ciudad llamado ahora Midlothian,[6] y sus muchos recuerdos memorables; la región montañosa Highlands;[7] de la olvidada Iona[8] y de las salvajes Hébridas.[9] Por supuesto, para alguien que está familiarizado con los trabajos de Scott existen muy pocos distritos de su tierra nativa que no tenga alguna asociación con el escritor y su trabajo inmortal.

   ¿Cuál fue la impresión que se llevó cuando visitó Londres?

   Me considero un devoto del Támesis.[10] Pienso que el gran río es el rasgo más llamativo de esa extraordinaria ciudad.

   Me gustaría que me diera usted su opinión acerca de los libros de aventuras que leen en nuestro tiempo los jóvenes. Por supuesto, usted sabe que Inglaterra lleva la delantera con respecto a este tipo de literatura.

   Sí. De hecho, muy notable con ese clásico, admirado por igual tanto por jóvenes como por adultos, llamado Robinson Crusoe. Quizás yo le sorprenda si le dijera que no obstante sigo prefiriendo a la vieja historia de El Robinson suizo. La gente olvida que la historia de Crusoe y Viernes fue sólo un episodio de un volumen de siete tomos. Desde mi punto de vista, el gran mérito del libro es que fue al parecer la primera historia escrita sobre el tema. Todos nosotros hemos escritos sobre robinsones – agregó sonriendo -, es una pregunta discutible si cualquiera de ellos hubieran visto la luz de no haber tenido un prototipo tan famoso.

   ¿Y en qué lugar ubica al resto de los escritores ingleses de novelas de aventuras?

   Infelizmente, solo he podido leer aquellos trabajos que han sido traducidos al francés. Nunca me canso de leer las obras de Fenimore Cooper; algunas de sus novelas merecen la verdadera inmortalidad y estoy seguro que serán aún recordadas mucho después de cuando los llamados gigantes literarios de estos tiempos sean olvidados. Disfruto mucho las animadas historias del capitán Marryat. Debido a mi desafortunada incapacidad de leer en inglés no estoy tan familiarizado, tanto como debo estarlo, con autores como Mayne Read y Robert Louis Stevenson. No obstante, de este último me gusta mucho su Isla del tesoro, de la cual poseo una traducción. Cuando la leo, me parece que la obra tiene una frescura extraordinaria en el estilo y un poder enorme. No he mencionado – continuó – al escritor inglés que considero como el maestro de todos. Él es Charles Dicken – expresó Julio Verne al momento que su rostro se iluminó con entusiasmo juvenil. Considero que el autor de Nicholas Nickelby y David Copperfield, posee sentimiento, humor, argumentos, y poder descriptivo. Cualquiera de estas características le hubiera elaborado una buena reputación a cualquier mortal menos dotado, pero insisto nuevamente, él es uno de aquellos cuya fama pudiera irse desvaneciendo pero nunca desaparecerá.
Una vez que Julio Verne terminó sus comentarios, su esposa me hizo notar la existencia de un gran estante lleno de cientos de libros de ediciones recientes y aparentemente poco leídos. Aquí – dijo la señora Verne -, puede ver varias ediciones de libros de mi esposo en diferentes idiomas: francés, alemán, portugués, holandés, sueco y ruso. Incluso hay una traducción japonesa y árabe de La vuelta al mundo en ochenta días. Mi amable anfitriona tomó y hojeó las páginas del libro con el cual un árabe puede leer las aventuras del señor Phileas Fogg.

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   Afiche publicitario de la editorial Hetzel        para las novelas de Julio Verne en 1889

Mi esposo – agregó – nunca relee un capítulo de una de sus novelas. Cuando los últimos borradores son corregidos, su interés por ellos termina, a pesar del hecho que a veces ha estado pensando durante años de su vida en el argumento de una novela o inventando escenas que figuren en sus historias.

   ¿Cuáles son sus métodos de trabajo? – pregunté. Supongo que no tendrá objeción alguna en brindarnos su receta.

   Yo no sé – contestó de buen humor -, cual es el interés que el público puede encontrar en tales cosas. Pero de todos modos los iniciaré en los secretos de mi labor literaria, aunque no le recomiendo a nadie que proceda con el mismo plan, porque pienso que cada uno de nosotros trabaja con su propio estilo e instintivamente conoce cuál es el mejor método. Bien, yo comienzo haciendo un borrador de lo que será mi nueva historia. Nunca empiezo un libro sin saber el principio, el desarrollo y el desenlace del mismo.
Hasta el momento siempre he tenido la fortuna de no tener sólo uno, sino media docena de esquemas definidos elaborados en mi mente. Si encuentro que alguna vez el asunto se me torna muy difícil, entonces considero la posibilidad de abandonar esa idea. Después de completar mi borrador preliminar, preparo un plan de los capítulos que pudiera contener la historia y es entonces cuando comienzo a escribir a lápiz la primera copia, dejando un margen de media página para las correcciones. Luego leo todo y escribo todo de nuevo, pero esta vez en tinta. Considero que mi verdadera labor comienza con mi primer juego de copias. Ahí no solamente corrijo algunas oraciones, sino que vuelvo a escribir capítulos enteros. No parezco estar conforme con mi historia hasta que no veo que está impresa. Afortunadamente, mi amable editor me permite que haga tantas correcciones como desee y frecuentemente estas llegan a ser ocho o nueve. Envidio, pero no intento emular con el ejemplo de aquellos que desde el primer capítulo hasta la palabra ‘Fin’, nunca ven razón alguna para alterar o agregar una sola palabra.

   ¿Este método de composición debe retardar su trabajo grandemente?

   No creo que sea así. Gracias a mis hábitos regulares yo produzco invariablemente dos novelas completas al año. Siempre me encuentro también adelantado en mi trabajo; de hecho, en estos momentos, estoy escribiendo una novela que presentaré en el año 97. En otras palabras, tengo cinco manuscritos listos para ser impresos.[11] Por supuesto – agregó pensativamente -, esto lo he logrado con mucho sacrificio. Comencé a trabajar fuerte desde temprano y mi trabajo constante y su proporción sostenida han sido incompatibles con los placeres de la sociedad. Cuando éramos jóvenes, mi esposa y yo vivíamos en París y disfrutábamos el mundo y sus placeres en su totalidad. Hace doce años que me vine a vivir a Amiens,[12] mi esposa nació en esta ciudad, y fue aquí que la conocí hace cincuenta y tres años,[13] y poco a poco todos mis lazos de amistad e intereses se han centrado en este pueblo. Algunos de mis amigos, incluso, le dirán que me siento más orgulloso de ser concejal de la ciudad que de mi reputación literaria. No niego que disfruto a plenitud mi puesto en el gobierno municipal.

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   Julio Verne en el patio de su mansión

¿Ha seguido usted alguna vez el ejemplo de tantos de sus propios personajes, viajando, como fácilmente podría haber hecho, por varios lugares del mundo?

   Sí, de hecho soy un aficionado apasionado a los viajes. En algunas ocasiones pasaba una gran parte de cada año navegando en mi yate, el St. Michel. Puedo decirle que soy devoto al mar y no puedo imaginar nada más ideal que la vida de un marinero. Pero junto a la edad me llegó un amor fuerte por la paz y la quietud y… – agregó el veterano novelista en tono triste – … ahora sólo viajo con la imaginación.

   Creo que usted ha agregado sus laureles como dramaturgo a sus otros triunfos.

   Sí – contestó -, usted sabe que nosotros tenemos en Francia un proverbio que dice que un hombre siempre termina regresando a su viejo amor. Como le dije anteriormente, siempre siento un deleite especial con todo lo que tiene que ver con el mundo dramático; mi debut literario fue como dramaturgo y de las tantas satisfacciones que he recibido por mi labor, ninguna me dio más satisfacción que mi retorno a la escena.

   ¿Cuál de sus historias ha sido la más exitosa en el teatro?

   Miguel Strogoff fue quizás la más popular. Se escenificó en varios lugares del mundo. Luego, La vuelta al mundo en ochenta días, tuvo mucho éxito y más recientemente Matías Sandorf fue representada en París. Pudiera divertirla el hecho de que mi historia El Doctor Ox fue tomada como base de una opereta hace unos diecisiete años. En una época yo mismo me encargaba de montar mis piezas teatrales, pero ahora mi contacto con el mundo teatral sólo se limita a visitar el teatro de nuestra ciudad. Debo admitir que en varias ocasiones buenas compañías de teatro nos han honrado en el pueblo con su presencia.

   Supongo – hablé dirigiéndome hacia la señora Verne -, que su esposo recibe muchas comunicaciones de su inmenso club de admiradores ingleses, de amigos y de lectores desconocidos.

   Sí – respondió – ¡y piden muchos autógrafos! Desearía que los pudiera ver. Si yo no estuviera aquí para salvarlo de sus amigos, él pasaría la mayor parte de su tiempo escribiendo su nombre en pedazos de papel. Supongo que son pocas las personas que han recibido epístolas tan extrañas como las que ha recibido mi esposo. Las personas le escriben a él sobre cosas de cualquier clase. Unos le sugieren una trama para una nueva historia, otros le confían sus problemas personales o le hablan de sus aventuras o le envían sus libros.

   ¿Alguna vez una de estos remitentes desconocidos han hecho preguntas indiscretas sobre los planes para el futuro del señor Verne?

   Mi amable y cortés anfitrión respondió por ella. Muchos son tan amables que ni se muestran interesados en cual será mi próximo libro. Si usted desea compartir esa curiosidad, le gustará saber lo que aún no he anunciado, excepto a mis amigos íntimos. Mi próxima novela llevará por título La isla de hélice. Contiene un grupo de nociones e ideas que han estado en mi mente durante muchos años. La acción tendrá lugar en una isla flotante creada por la ingeniosidad de un hombre. La isla es algo parecida al trasatlántico Great Eastern pero 10.000 veces mayor y en ella viajan lo que pudiera ser llamado en este caso una población móvil. Es mi intención – concluyó Verne -, completar, antes de que mis días de trabajo terminen, una serie que concluirá en forma de novela mi estudio entero de la superficie del mundo y los cielos. Existen todavía lugares del mundo a los que mis pensamientos no han llegado. Como usted conoce, tengo una novela que trata sobre la Luna, pero la gran historia está por escribirse aún y si la salud y la fuerza me lo permiten, espero terminar el trabajo.
Faltaba aún media hora antes de que el tren que hace la ruta Caláis – París (una vez tan elocuentemente descrita por Rossetti) partiera y la señora Verne, con amabilidad, lo cual es muy peculiar en las mujeres francesas bien educadas, me condujo a la catedral Notre Dame d’Amiens, en la cual se podía leer en una piedra un poema fechado en el duodécimo siglo.[14] Dentro de sus paredes majestuosas el turista inglés tiene la oportunidad de ver todos los domingos al anciano hombre que con su pluma le ha dado muchas horas felices tanto a jóvenes como a adultos.


 

  1. La casa de Julio Verne está situada en el número 2 de la Rue Charles Dubois.
  2. Es imposible que la señora Verne haya podido celebrar sus bodas de oro (cincuenta años de matrimonio) en 1893, debido a que el casamiento de Verne se remonta a 1857, es decir, treinta y seis años antes de la fecha de la entrevista.
  3. Otro error. Verne no tiene 78 años de edad, sino 66 en el momento de la entrevista.
  4. Se trata de La isla de hélice de la cual Verne develará el titulo más adelante.
  5. Otra afirmación curiosa. Entre enero de 1857, fecha del matrimonio, y enero de 1863, fecha de la aparición de la novela, solo hay seis años.
  6. Ese nombre designa a la vieja prisión de Edimburgo donde Walter Scott situó una de sus novelas. Midlothain es la antigua ciudad de Edimburgo, que es un condado ubicada en la parte sudeste de Escocia. (Nota del traductor)
  7. Nombre de la parte montañosa de Escocia, al noreste de Strathmore. Significa Tierras Altas. (N del T)
  8. Isla escocesa ubicada al sur de las Archipiélago de las Hébridas y al sudoeste de la isla Mull. (N del T)
  9. Archipiélago del Océano Atlántico, próximo a la costa occidental de Escocia. Forma parte de las Islas Británicas y se compone de unas 200 islas. (N del T)
  10. Río de Inglaterra que nace en el condado de Gloucester, pasa por Oxford y por Londres y desemboca en el mar del Norte. (N del T)
  11. Las novelas listas para imprimirse son: La isla de hélice, Un drama en Livonia, El soberbio Orinoco (que Verne cita en una carta a Hetzel hijo en agosto de 1894) y la novela en curso es Ante la bandera.
  12. Verne vive en Amiens desde 1871, por tanto, es 23 años.
  13. Verne conoció a su esposa en 1856, o sea 38 años antes de esta entrevista.
  14. La construcción de la catedral comenzó en el siglo XIII, en el año 1220 y terminó de construirse a mediados del siglo XIV.
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(Santa Clara, Cuba, 1976). Presidente de la Sociedad Hispánica Jules Verne. Licenciado en Informática. Miembro del Consejo de Administración del Centre International Jules Verne de Amiens. Es el creador de la revista "Mundo Verne". Ha publicado artículos sobre Verne en Francia, España, México, Argentina y Cuba. Ha traducido al español varios textos inéditos del autor. Publicó en el 2010 el libro "Viaje al centro del Verne desconocido".

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