Julio Verne en casa, por Gordon Jones en 1904

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Publicación: Temple Bar. Número 129. Junio de 1904. Apareció bajo el título Jules Verne at home. La entrevista fue realizada por el periodista inglés Gordon Jones.
Traducción francesa: William Butcher
Traducción española: Ariel Pérez

La entrevista

Había escrito desde París solicitándole al veterano novelista el honor de una entrevista y me fue gratificante el hecho de que a mi retorno a Amiens para encontrar su respuesta me esperaba una tarjeta con la simple inscripción «Mañana jueves, a las diez». De acuerdo con la hora fijada, me presenté en su residencia situada en el N° 44 del Boulevard Longueville, una casa grande, pero modesta, típicamente francesa con pesadas ventanas. Al darle mi nombre a la sirvienta, fui guiado inmediatamente hacia la sala donde lo esperé. Unos minutos después el señor Julio Verne entró y después de unas atentas palabras de bienvenida se sentó en un gran sillón y amablemente comenzó la conversación. En apariencia el autor de Cinco semanas en globo es un hombre formado para el estudio. Físicamente, su estatura está un poco por debajo de la media, sus ojos son azules con un aire bondadoso y tiene una corta barba plateada. Siempre viste con un modesto traje negro y cuando está dentro de su casa Verne usa una gorra puntiaguda de tela fina, la cual le es necesaria debido a los frecuentes ataques de un viejo enemigo, el reumatismo.

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Julio Verne en 1900. Dibujo de Willy Sluiter

No hay sobre su grata persona el rastro más ligero de ostentación. En discurso y modales mantiene una modestia singular y su vida se desarrolla, como cualquier habitante de la ciudad pudiera contarle, en un ambiente callado y de total retiro. Es la típica vida de un hombre del sector rural. Raramente hace visitas, en muy pocas ocasiones recibe personas en su casa y solo se consagra a su familia y a sus libros. Mi primera pregunta natural fue con respecto a su vista, dadas las noticias contradictorias que han aparecido recientemente en los periódicos ingleses.
Sí – dijo Verne en contestación a mi pregunta -, es verdad que mi vista se ha dañado considerablemente en los últimos tiempos, pero no demasiado como algunas de las noticias sugieren. Aún puedo ver casi tan bien como siempre con mi ojo izquierdo, pero en el derecho una catarata se está formando y los doctores recomiendan una operación, a la cual no estoy determinado a someterme tomando en cuenta que a mi edad el resultado podría ser bastante serio.

   ¡Por supuesto Sr.! pero bajo tales circunstancias, ¿su trabajo literario es muy interferido? – pregunté.

   Naturalmente, no puedo trabajar como solía hacerlo – contestó Julio Verne -. Yo he estado produciendo dos volúmenes en los últimos años y en estos momentos tengo otro libro en preparación. Esta última producción será mi número cien y supongo – continuó Verne con una sonrisa -, que a estas alturas puedo decir que me he ganado mi derecho a descansar.[1]

¿Cuándo empezó su carrera como autor? – pregunté.

   Esa es una pregunta que podría responderse de forma doble – contestó -. Ya a los doce o catorce años, siempre estaba con una pluma en mi mano y durante mis días de escolar me encontraba continuamente escribiendo; mis escritos eran principalmente poéticos. Durante toda mi vida he sentido gran pasión por el la obra poética y la dramática. Prueba de esto es que, en mi juventud, publiqué un número considerable de piezas, algunas de las cuales encontraron un cierto éxito. Mi segunda y principal carrera comenzó cuando tenía más de treinta años y fue provocada por un súbito impulso. Se me ocurrió, un buen día, que quizás podría utilizar mi educación científica para mezclar la ciencia y la novela juntas en una historia que atrajera al público. La idea tomó tanta forma dentro de mí que decidí sentarme a escribir para llevarla a efecto. El resultado de aquel intento devino en la novela Cinco semanas en globo. El libro encontró un éxito asombroso, y rápidamente sus ediciones impresas se agotaron. Mi editor me consultó sobre la posibilidad de que pudiera producir más volúmenes con el mismo estilo. Aunque no me agradó totalmente la idea en un inicio, accedí a sus demandas, y el resultado de todo eso es ampliamente conocido desde entonces. Comoquiera que mis trabajos publicados están siendo leídos, he desechado completamente el viejo amor y he consagrado todas mis energías y atención al nuevo.

Es un hecho afortunado para la juventud de hoy en día que la inspiración de un momento pueda haber forjado este cambio duradero en las escrituras de Verne. ¿Qué muchacho o muchacha de esta generación habría preferido, por un momento, el verso más glorioso a los extraordinarios viajes de hombres tales como el capitán Nemo o Robur y su inigualable Albatros? El lado poético del carácter del señor Julio Verne es, sin embargo, frecuentemente visible en muchas de sus descripciones. Por ejemplo, tal como ocurre en su encantadora novela, Las Indias Negras, donde encontramos ese cuadro descriptivo tan encantador de la pequeña Nell, quien después de ser sacada de la prisión subterránea donde había estado toda su vida ve por primera vez, desde la montaña cercana a la mina, las glorias del alba escocesa.

Con su modestia usual, Julio Verne desaprobó completamente la idea de ser considerado un inventor. Sólo he hecho sugerencias – comentó -, sugerencias que, tras una debida consideración, pensé que descansaban en una base práctica, luego las elaboré de una manera más o menos imaginativa para satisfacer los propósitos que perseguía.

   Pero muchas de sus sugerencias que hace veinte años fueron rechazadas y declaradas como imposibles son ahora hechos reales – abundé.

   Sí, es así – contestó Verne -. Pero estos resultados son meramente el desarrollo natural de la tendencia científica del pensamiento moderno y, como tal, muchas de estas cosas han sido previstas indudablemente por muchos otros además de mí. Su llegada era inevitable, aún si se hubiera o no anticipado, y lo más que puedo decir es que quizás he mirado un poco más lejos en el futuro que la mayoría de mis críticos.

Al llegar a este punto de la conversación apareció ante nosotros la señora Verne, una encantadora dama de cabellera plateada, quien disfruta con el mayor placer los triunfos de su marido. Le pregunté si, debido a su ayuda, su esposo había podido elaborar una novela.
Oh, no – contestó ella -, yo no tomo parte alguna en las creaciones de mi marido; todo lo que hago es leerlas cuando están terminadas y cuando finalmente están impresas es que llego a conocer algo de ellas. Supongo que ya habrá notado – continuó la señora Verne – que muchos de los personajes principales de las novelas de mi esposo son ingleses. Él siente una gran admiración por sus compatriotas y ha declarado que ellos se prestan maravillosamente bien para sus novelas.
Sí – intervino Verne -. Su independencia y su propia naturaleza hacen de los ingleses, héroes admirables; especialmente cuando, como ocurrió en el caso del señor Phileas Fogg, la trama de la novela exige que se enfrenten cada momento con dificultades completamente imprevistas.
Me aventuré a recordarle al señor Verne que este cumplido hacia nuestra nacionalidad no era ignorado en este lado del canal y que dificilmente existía un joven británico que no hubiera, al menos, pasado algunas horas de deleite en compañía de una u otra de sus maravillosas aventuras.
Estoy orgulloso de saber que es así – contestó el escritor -. Nada me da más placer que conocer que mis libros han sido medios para proporcionar interés e instrucción – ya que siempre he tratado de que ellos sean instructivos en cierto modo – a los jóvenes, que, de otra manera, nunca podría contactar. Durante mi infortunio actual he recibido innumerables telegramas y mensajes de simpatía provenientes de mis lectores ingleses y algunos meses atrás quedé encantado al recibir un hermoso bastón de uno de mis jóvenes amigos en esa nación.

   ¿Por supuesto, usted ha visitado Inglaterra?

   Sí, hace muchos años, cuando era relativamente un hombre joven. Realicé un viaje a Southampton[2] en mi yate y después de visitar Londres y ver muchos de los sitios de la ciudad, fui a Brighton,[3] el cual resultó para mí un lugar encantador, con sus malecones y magníficos paseos. Sin embargo, la ciudad que mejor conozco de Inglaterra es Liverpool,[4] pues cuando estuve por allá durante algún tiempo con algunos amigos tuve la oportunidad de estudiarla, sobre todo a sus muelles y el Mersey,[5] apariencia de esta última que he tratado de reproducir en Una ciudad flotante.

   ¿Ha hecho alguna visita a Escocia o a Irlanda?

   Sí, tuve una gira muy agradable en Escocia, y entre otras excursiones visité un lugar conocido como Fingal’s Cave en la isla de Staffa. Esta inmensa caverna, con sus sombras misteriosas, sus grandes cámaras oscuras y cubiertas de hierba y sus maravillosos pilares basálticos me produjeron tal impresión, al extremo de que ese fue el origen de mi libro El…, El… Verne hizo una pausa. Realmente olvidé el nombre – dijo -. ¿Lo recuerdas? – preguntó él dirigiéndose a su esposa.

   El rayo verde, creo que era el título – hizo notar la señora Verne.

   Oh sí, ese es, por supuesto, El rayo verde. Uno debe ser perdonado – agregó él, riéndose – si entre tantos títulos, se me olvida alguno de ellos en algún momento determinado.

   Muchos de los libros de Verne deben su principio a algún hecho del momento.

   Además de Cinco semanas en globo y El rayo verde, la novela Una ciudad flotante, fue completamente ideada cuando el autor viajaba hacia América en el trasatlántico Great Eastern. La vuelta al mundo en ochenta días fue quizás el más famoso de todos sus trabajos y la idea de la historia fue extraída de un anuncio turístico visto por una casualidad en las páginas de un periódico.

   Le pregunté a Verne cuál de sus libros era su favorito.

   Esa pregunta me la han hecho varias veces – contestó. En mi opinión, un autor, al igual que un padre, nunca debe tener favorito. Todos sus trabajos deben ser iguales en valoración personal, puesto que ellos son el producto de sus mejores esfuerzos, y aunque naturalmente cada uno de ellos fueron producidos bajo diferentes condiciones de humor y temperamento, cada uno representa el límite de pensamiento y energías en el momento de su creación.

   Aún – continuó Verne – cuando no tengo preferencia alguna, esto no quiere decir que mis lectores no deben tener una. Indudablemente usted, por ejemplo, puede decirme cuál es el que más le agrada de todos.

   Contesté que Veinte mil leguas de viaje submarino me produjo gran atracción, aunque Miguel Strogoff, que ha sido dramatizada y se está escenificando en el Teatro Chatelet en París, también era mi gran favorito.

   Julio Verne se mostró interesado al oír que yo había estado en el teatro la noche anterior y levantándose de su silla me cuestionó con animación.

   Dígame, ¿fue bien presentada? – dijo – ¿Fue bien recibida?

   Le aseguré que había sido bien recibida por el público. De hecho, la inmensa escena del Teatro Chatelet permite la representación de la pieza a una escala magnífica y en una oportunidad había más de trescientos actores en escena, muchos de ellos montados en caballos.

   Desde hace algunos años a la fecha, raramente visito París – dijo Julio Verne -, aunque tengo un palco – que frecuentemente ocupo – reservado en el teatro de aquí. Estoy contento con la ciudad de Amiens; su atmósfera callada me satisface admirablemente. He perdido toda la inclinación de viajar fuera de la ciudad para ver nuevas cosas. Hemos estado en esta casa desde hace más de veinte años y es aquí donde la mayoría de mis libros han sido redactados. Algunos años atrás nos habíamos mudado a otra residencia situada en la esquina de Rue Charles Dubois, pero era demasiado grande para nuestras necesidades, de manera que volvimos aquí.

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      Julio Verne en 1902. 74 años

 ¿Supongo que cuando está escribiendo sus ideas no fluyen, a menos que esté totalmente concentrado?

   Al contrario – interpuso la señora Verne -, le aseguro que esa no es una dificultad para mi esposo. No se toman precauciones especiales en ese sentido. Él trabaja calladamente arriba en el segundo piso y los ruidos parecen no perturbarlo en lo más mínimo. Mis hijas y yo podemos hacer lo que queramos sin tener miedo a recibir protestas de su parte.

   ¿Y cuál es su método de trabajo, señor? – pregunté.

   ¿Mi método de trabajo? Bien, hasta hace algunos meses atrás, invariablemente me despertaba a las cinco y escribía durante tres horas antes de desayunar. El gran volumen de mi trabajo siempre se hizo a estas horas y en algunas ocasiones cuando ya el día estaba avanzado volvía a sentarme durante un par de horas; casi todas mis historias han sido escritas cuando la mayoría de las personas están durmiendo. Siempre he sido un lector empedernido, sobre todo de periódicos y revistas y es mi costumbre recortar y conservar para referencia futura cualquier párrafo o artículo que me interese. Es de esta manera que acumulo mis ideas y al mismo tiempo me mantengo completamente informado y actualizado con respecto a las materias de interés científico. La tarea es verdaderamente laboriosa, pero el resultado reembolsa el esfuerzo y si todo esto es cuidadosamente etiquetado nunca será un problema encontrar alguno de estos textos, aún después de que hayan transcurrido varios años.

Sorprenderá a muchos lectores el hecho de que éste es el método adoptado por Charles Reade. El método ha sido vigorosamente defendido por él, al decir que es el único medio satisfactorio que un autor pueda tener para lidiar con los progresos calidoscópicos de los eventos modernos.

   ¿Lee usted, entre otros, los trabajos de muchos escritores ingleses?

   He leído una gran cantidad de ellos, de hecho muchos de sus escritores más conocidos, incluyendo a sus poetas, pero siento decir que sólo lo he hecho a través de traducciones. Siento que he perdido la oportunidad que hubiera significado el haber aprendido el idioma inglés. Con el paso de los años nunca me preocupé por hacerlo y ahora es demasiado tarde para empezar.

   ¿Quién es su autor favorito?

   ¿Vivo o muerto?

   Bien, digamos muerto.

   No hay una segunda respuesta para esa buena pregunta – dijo Verne con entusiasmo. – Para mí los trabajos de Charles Dickens se mantienen por sí solos, empequeñeciendo a todos los otros por su sorprendente poder y su facilidad de expresión. ¡Qué humor y qué exquisito sentimiento pueden ser encontrados en sus páginas! ¡De que forma parecen que los personajes de sus novelas viven, son tan reales, y sus palabras impresas parecen transformarse en discursos perfectamente audibles! He leído y releído sus obras maestras una y otra vez, al igual que mi esposa. David Copperfield, Martin Chuzzlewit, La vieja tienda de curiosidades, Nicholas Nickelby. Las hemos leídos todas, ¿no es así?

   ¡Ah, sí! – contestó la señora Verne, con sentimiento.

   Es un hecho agradable oír a un autor hablar en términos de tal admiración con respecto a otro, especialmente cuando, como en el caso que nos ocupa, ellos están separados, no sólo por diferentes tipos de estilo, sino también por la barrera de la nacionalidad.

   Y entre los escritores vivos ¿a quién prefiere? -pregunté.

   Esa es una pregunta más difícil – dijo Verne reflexivamente -, y debo hacer una pausa antes de contestarle. Creo que puedo decidir – dijo, después de un minuto. Hay un autor cuyo trabajo me ha atraído muy fuertemente teniendo en cuenta su posición imaginativa. He seguido sus libros con considerable interés. Me refiero al señor Herbert George Wells. Algunos de mis amigos me han dicho que su trabajo se parece mucho al mío, pero creo que se equivocan. Lo considero como un escritor completamente imaginativo y es merecedor de un gran aprecio, pero nuestros métodos son completamente diferentes. En mis novelas siempre he basado “mis invenciones” fundamentadas en algún hecho real y hago uso en sus construcciones métodos y materiales que no están tan lejos del alcance del conocimiento y la habilidad de la ingeniería contemporánea.
Tome, por ejemplo, el caso del submarino Nautilus. Cuando se considera el asunto en toda su dimensión tenemos que admitir que es sólo un submarino y sobre esto no hay nada totalmente extraordinario, ni más allá de los límites del conocimiento científico real. El submarino flota o se sumerge debido a procesos absolutamente factibles y muy conocidos, los detalles de su guía y propulsión son absolutamente racionales y comprensibles. Su fuerza motriz ni siquiera es un secreto. El único aspecto novedoso implícito y en el cual he acudido a la ayuda de la imaginación del lector está en la aplicación de esta fuerza, y aquí he dejado intencionalmente un espacio en blanco para que el lector forme sus propias conclusiones. Es un mero hiato técnico, el cual una mente entrenada y completamente práctica es muy capaz de llenar.
Las creaciones del señor Wells, por otro lado, son de una edad y grado de conocimiento científico bastante lejano del presente, aunque no diría que está completamente más allá de los límites de lo posible. No sólo elabora sus construcciones completamente extraídas del reino de la imaginación, sino que también elabora los materiales en los que se desarrolla su historia. Por ejemplo, en su novela Los primeros hombres en la Luna, se recordará que introduce una sustancia antigravitatoria completamente nueva, de la cual no conocemos ni la pista más ligera sobre su modo de preparación o su composición química real. Tampoco hace referencia al conocimiento científico actual permitiendo así por un momento que el lector pueda predecir un método por el cual se pudiera lograr semejante resultado. En La guerra de los mundos, que es un trabajo por el cual siento gran admiración, nuevamente uno queda completamente en la oscuridad acerca de qué tipo de criaturas son los marcianos, o de qué manera ellos producen el maravilloso rayo de calor con el cual causan gran estrago sobre sus atacantes.
Que se tenga en cuenta – continuó Julio Verne -, que al decir esto no estoy cuestionando en modo alguno los métodos del señor Wells; al contrario, siento un gran respeto por su genio imaginativo. Sólo estoy exponiendo los contrastes que existen entre nuestros dos estilos y estoy señalando las diferencias fundamentales que existen entre ellos y deseo que se entienda aquí claramente que no expreso ninguna opinión sobre la superioridad de uno o del otro. Pero ahora – agregó él levantándose de su silla -, me temo que estoy empezando a cansarlo. Los minutos pasan tan rápidamente en una conversación, y ya ve, hemos estado hablando desde hace más de una hora.

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Afiche publicitario de la editorial Hetzel para las novelas de Julio Verne en 1909

 Le aseguré al señor Julio Verne que pasarían muchas horas antes de que alguien pudiera cansarse estando en su presencia. Con un agradecimiento por todo el tiempo que me había dedicado decidí poner fin a mi visita.
Con encantadora cortesía, Julio Verne y su esposa insistieron en acompañarme hasta la entrada, y al vislumbrar la puesta del sol, mi último recuerdo del famoso autor fue el de una figura de cabellera blanca que se encontraba de pie en la puerta del vestíbulo, y que me despidió con un alegre «Hasta luego». Esta silueta me siguió a través de las pavimentadas calles de Amiens y su voz aún la escuchaba en mis oídos, después de haber dejado atrás por unas cuantas millas el pueblo de Amiens, montado sobre las veloces ruedas del expreso de Dieppe.


  1. Resulta curioso que Verne mencione aquí que hace su volumen número cien, porque anteriormente el propio escritor evoca que está escribiendo el 101 (entrevista de 1903 con Sherard y carta a Mario Turiello, del 24 de noviembre de 1902) y el 102 (en un artículo en la revista Popular Mechanics en 1904). ¿Existe aquí un nuevo error? ¿O Verne estima que las novelas consideradas como listas anteriormente no lo son más? Eso explica la presencia, sobre su buró, después de su muerte, de La caza del meteoro, que fue contabilizada desde 1901 y que el autor deseaba reescribir.

  2. Ciudad de Inglaterra situada en la costa del Canal de la Mancha. Gran puerto comercial. (N del T)

  3. Ciudad de Inglaterra, situada en el condado de Sussex.

  4. Ciudad de Inglaterra, situada en el condado de Lancaster, en la costa occidental de la Gran Bretaña, a orillas del estuario del río Mersey. (N del T)

  5. Río situado al noroeste de Inglaterra. (N del T)

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(Santa Clara, Cuba, 1976). Presidente de la Sociedad Hispánica Jules Verne. Licenciado en Informática. Miembro del Consejo de Administración del Centre International Jules Verne de Amiens. Es el creador de la revista "Mundo Verne". Ha publicado artículos sobre Verne en Francia, España, México, Argentina y Cuba. Ha traducido al español varios textos inéditos del autor. Publicó en el 2010 el libro "Viaje al centro del Verne desconocido".

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