La etapa parisina (1848 – 1865)

París y sus peligros

    Los estudios de Derecho podrían reanudarse en París, pero cuando se disponía a partir a inicios de 1848, estalló la revolución, o mejor dicho, el movimiento revolucionario que se extendió por gran parte de Europa entre 1848 y 1849, trayendo consigo la aparición de una nueva fuerza social: el proletariado. En la capital, la prensa denunciaba la corrupción del régimen de Luis Felipe, quien se había ido alejando cada vez más, de los sentimientos y necesidades del pueblo, para convertirse en un gobernante autócrata. En vista de tantos abusos, el pueblo de París protestó, se agitó, y se lanzó al motín y a la revuelta. La desazón general era grande en la ciudad, y la confusión y el desorden imperaban por todas partes.

 

El París de las barricadas en 1848

El París de las barricadas en 1848

 

    A causa de la revolución, la madre de Julio Verne se negó a su partida, pues teme por su seguridad, y para el colmo de males, la severa tía-abuela Charrüel, aterrorizada por los disturbios y barricadas, había escapado a sus propiedades de Chartredde. Pero estaba su tío Paul Garcet, profesor de letras y matemáticas. Su padre se contacta con él y asegura la segunda estancia de Julio en París. La solución le agradó, pues las relaciones con su primo Henri, hijo de Antoinette Verne, hermana de su padre, y de Paul Garcet, eran entrañables.
El partir por segunda vez a París a seguir rindiendo exámenes de Derecho era para Julio una forma de ahorrarse el espectáculo de la boda execrable de su prima; por otro lado hizo una solemne promesa a su amigo Aristide Hignard, oriundo de Nantes y siete años mayor que él, con el que convivirá de 1851 a 1855, trabajando juntos en cuatro óperas cómicas. Por esa época Hignard proseguía con éxito sus estudios en el conservatorio de París y le solicitaba a Verne su presencia en París y en una carta le responde: «Me voy, puesto que no me han querido, pero unos y otros verán de qué clase de madera está hecho este pobre muchacho llamado Julio Verne».
Ya al regreso, la confirmación de la noticia de la consumación de la boda lo vuelve a entristecer, convirtiendo sus noches en pesadillas, imaginando a su amada en los brazos de otro. Los tres meses que permaneció entre Nantes y Chantenay antes de su definitiva partida hacia París, fueron realmente de tristeza y asfixia, pues al permanente dolor del desprecio de Caroline, se suma la nueva negativa de su padre ante un nuevo intento de Julio por permitirle ser marino al igual que su hermano. Estaba dispuesto que sería abogado, pero en el interior de Julio Verne se van trazando nuevos rumbos, el teatro que le fascina tiene su capital en París, así que sus estudios de Derecho se convertirán en la coartada perfecta.
El 10 de noviembre de 1848, Julio parte definitivamente a París, no sin antes jurar, que no tomará parte de las barricadas políticas; lo hace en diligencia acompañado de su amigo Édouard Bonamy para cursar sus estudios de Derecho, conforme lo ha dispuesto la voluntad de su padre. Bonamy al igual que Julio, estudiaría Derecho; así, ambos amigos compartirán viaje, techo y universidad. Bonamy tenía veinte años también, era romántico y amante de la libertad, conviertiéndose en el compañero ideal. Al mismo tiempo que Julio partía para la capital francesa, su hermano Paul se embarcaba rumbo a las Antillas.
La llegada a París del futuro escritor, coincide con la presentación de la Constitución Republicana, redactada por Lamartine, el genio romántico de la época, en la Plaza de la Concordia. Aún con el ambiente político un tanto caliente, los dos jóvenes deciden instalarse en una modesta habitación del Quartier Latin o Barrio Latino, en la rue de l’Ancienne-Comédie N° 24, dado que sus familiares se encuentran fuera de París por los temores causados por la revolución.

 

El Barrio Latino

En una buhardilla del Barrio Latino se instaló
Verne al llegar a París procedente de Nantes

 

    A pesar de lo incómodo de su situación, no desperdiciará la libertad que le ha concedido su padre, para aprovecharla en beneficio de sus propios intereses. Julio Verne le escribe acerca de su situación y éste toma la decisión, de enviarle lo estrictamente necesario para sus gastos, a fin de que no se pervirtiese, en una ciudad donde no lo podía controlar.
La revolución ha terminado, Luis Felipe no pudo sostener más su inestable trono, iniciándose la Segunda República, bajo el gobierno de Napoleón III. Julio nunca se dejó arrastrar por el torbellino político, siempre se mantuvo al margen de los acontecimientos, asumiendo el papel de un simple espectador, una actitud que mantendrá durante toda su vida.

Vida bohemia

    Pasado el momento de las barricadas, los adoquines vuelven a su sitio y el remozado París se convierte en el foco literario más importante de Europa. Es entonces que el joven estudiante provinciano se lanza al descubrimiento de la capital apenas entrevista en sus primeras estancias, gozando de su recién adquirida libertad. Pero más que las calles, plazas y bulevares de la gran ciudad, son las librerías las que ejercen sobre él extraordinaria fascinación. Una gran constelación de estrellas brilla en sus escaparates: Balzac, Stendhal, recientemente desaparecido, Dumas, Victor Hugo, George Sand, Flaubert, Gautier, Musset, Lamartine, Merimeé, entre otros.
En el Barrio Latino, Julio Verne trabó conocimiento con el pintoresco y bullanguero mundo de la estudiantina internacional que allí se reunía, frecuentando con asuidad, las tertulias y cenáculos literarios, donde empezó a dar pruebas de su talento. Sus estudios de Derecho, realizados por puro respeto a su padre y a la familia de éste, pero sin la menor vocación, fueron grises y escasamente provechosos. Pisaba la Facultad de Derecho de La Sorbona contadas veces en la semana, dedicando mucho más su tiempo a leer y escribir teatro, que a estudiar su carrera, pues el joven estudiante de leyes, sueña con destacar entre las luces y talentos que abundan en la capital francesa.
El escaso presupuesto económico que le ha asigando su padre, lo obliga a estar seis días, tomando sólo pan y leche, para poder comprarse las obras completas de Shakespeare y Moliere, pues las consideraba indispensables para pretender ser un buen dramaturgo. Aunque las lee en ayunas, estas obras lo dejan gratamente impresionado. Su vestimenta se ve también afectada, tal es así que solía pedir en cartas a su madre, que le envíe camisas y calcetines. Posee un único terno para acudir a los actos artístico-sociales, pero lo tiene en propiedad compartida con su amigo Bonamy; ambos lo usaban rigurosamente por turno, hasta el punto de llegar a no saber a quién pertenecía realmente.
Hacia 1849 se conservaba en París, la costumbre de mantener veladas de conversación en los famosos «Salones de Madame», organizadas por damas de la alta sociedad, quienes se disputaban el honor de tener entre sus invitados a los personajes célebres del momento. En dichas reuniones, las anfitrionas solían poner a disposición de los participantes, un gran buffet.

 

Salones de Madame

El joven Verne asistía a menudo a las tertulias
de los famosos «Salones de Madame» del siglo XIX

 

    Para hacerse invitar a estos Salones, era necesario tener buenas relaciones. Julio se sirve a este fin de su tío Châteaubourg, quien lo recomienda a varias damas que abren sus Salones en días fijos. Gracias al apoyo de su buen tío, el joven provinciano, desconocido, es recibido en uno de los más famosos círculos, el «Salón de la Señora Barrère», ubicado en la calle Fermes-des-Mathurins. Julio Verne, como ya sabemos, no anda muy bien vestido y se preocupa que no se le note el hambre en las comidas, sin embargo, comienza a establecer relaciones con personajes distinguidos, a los cuales cae en gracia, dado su ingenio y buen sentido del humor.

Verne tropieza con Dumas

    El primer encuentro importante que tuvo Julio Verne durante su agitada vida en París, fue sin duda con Alejandro Dumas padre, figura aclamada e indiscutida por entonces de las letras, autor de exitosas novelas como Los tres mosqueteros y El Conde de Montecristo. Dumas llegará a convertirse en su protector y consejero literario, todo un lujo para un joven provinciano y sin dinero como Verne. La forma en que se conocieron no ha sido hasta hoy esclarecida completamente. Sin embargo, existen algunas versiones, siendo la más popular de ellas, la mencionada en la mayoría de biografías, donde Verne conoce a Dumas de una forma casual y un tanto cómica. El biógrafo Bernard Frank fue el primero en mencionar este encuentro, diciendo haberlo reproducido de un artículo publicado en un periódico belga, cuyo nombre no cita. Esta versión es la siguiente:
«En una de estas veladas en casa de la señora Barrère, mientras bajaba las escaleras, Julio se tropieza con un voluminoso señor que subía en forma agitada, el grueso señor agita su bastón furiosamente ante la cara del joven, pero éste en vez de excusarse ante el enojado caballero le pregunta:

   -¿Ha cenado usted señor?

   -Perfectamente joven, y nada menos que una tortilla de tocino a la nantesina y…

   -Las tortillas de tocino a la nantesina de París no valen nada señor, ¿me oye?, hay que echarles azafrán, para que se entere…

   -¿Así que sabe usted hacer tortillas, joven?

   -¿Que si sé hacer tortillas, señor?, sobre todo me las sé comer. ¿No llevará usted ahí alguna?

   -¡Que insolente es usted!, tenga mi tarjeta…es inútil que me dé la suya… vendrá usted este miércoles a mi casa…a hacer una tortilla…

    De visita en casa de Hignard, Julio cuenta el incidente al joven compositor, y al llegar al lance del desafío, saca la tarjeta y…grita estupefacto: ¡Alejandro Dumas!»

Alejandro Dumas

Alejandro Dumas, protector de
Julio Verne en sus inicios literarios

    Las otras versiones las podemos tomar de dos de sus entrevistas, en la primera de ellas realizada por el periodista Robert Sherard,[1] el propio Verne declara:

    «Pero el amigo a quien le debo la deuda más profunda de gratitud y afecto es a Alejandro Dumas, el hijo, que conocí a la edad de veintiuno. Nosotros nos hicimos buenos amigos casi al instante. Él fue el primero en animarme. Pudiera decirse que él fue mi primer protector. No nos hemos encontrado desde hace un buen tiempo atrás, pero mientras yo viva, nunca me olvidaré de su bondad ni tampoco la deuda que le debo. Él me presentó a su padre; él trabajó junto a mí en colaboración.»

    El periodista Adolphe Brisson, que también tuvo oportunidad de entrevistar al escritor, publica en su entrevista: «El caballero d’Arpentigny, quiromántico célebre, el émulo de Desbarolles, lo presentó a Alejandro Dumas”. Esta versión toma cierta fuerza, puesto que d’Arpentigny y Alejandro Dumas padre, solían frecuentar el Salón de la Señora Barrère.
Sea como fuere la forma en que se conocieron Verne y Dumas, lo que sí se sabe es que a partir de ese entonces, Julio mantendrá una gran amistad con Dumas, viendo en él, no sólo a un gran escritor que le puede ayudar en su carrera, sino también al padre que hubiese querido tener, en vez del severo abogado de Nantes. A su vez, Dumas padre apreciaba mucho el entusiasmo y la imaginación de Julio Verne, así como la insospechable erudición de la que daba muestra en las más diversas materias.
Verne pudo ser testigo de las relaciones entre Dumas padre y su hijo, el cual era cuatro años mayor que él, ganándose el aprecio de ambos, gracias a la imaginación que por entonces ya empezaba a relucir. Dumas no podía siquiera sospechar, que su protegido provinciano, lo llegaría a superar en popularidad y en tirajes, si lo hubiera sabido, es probable que no haya sido tan generoso, dada su reconocida vanidad.
Julio sigue frecuentando Salones de conversación, ya no sólo el de la señora Barrère, sino también otros como el de la Señora Mariani, en busca de encontrar las amistades que necesita para conseguir un lugar, en ese mundo de las letras que tanto le apasiona.

Primeros estrenos teatrales

    En febrero de 1849, Dumas se hace cargo del Teatro Histórico, que había sido cerrado por la revolución de 1848, iniciando su nueva etapa, con una adaptación de «Los tres mosqueteros». La noche del estreno, Julio tuvo el honor de compartir el palco con el mismo Dumas, indudablemente su empeño lo estaba haciendo ir de prisa en el mundo de la literatura. Junto a Dumas, parece despertarse en Julio Verne su vocación, orientada en un principio por el teatro, pues su mismo protector le había recomendado en cierta ocasión «El género de más brillante porvenir es la pieza teatral dramática, como el vodevil o la opereta. Escoge uno de estos dos estilos y te aseguro que triunfarás».

 

Teatro Histórico

En el Teatro Histórico se estrenó por primera
vez una obra teatral de Julio Verne

 

    Siguiendo sus consejos, escribe aquel año dos dramas históricos: Abdallah y Un drama bajo Luis XV, los cuales se mantienen inéditos hasta hoy, puesto que no entusiasmaron a Dumas para ponerlos en escena. Sin embargo, su protector escogería una obra menos ambiciosa, un ligero juego escénico en un acto y un verso para llevarlo a la escena. El 12 de junio de 1850, el Teatro Histórico estrena: Las pajas rotas, la primera obra de teatro de Julio Verne en ser representada por su protector. Aunque sólo se mantendrá doce días en escena, el joven autor se siente feliz, pues la crítica se mostró indulgente con su obra, lo que significaba que había empezado a forjarse su propio camino. Es verdad que su éxito fue muy modesto, pero lo poco que ganó, se lo gastó alegremente con sus amigos de la Sorbona: Lelarge, Genevois, Hignard, entre otros. Hignard se convertirá más adelante en el compositor de la música de varias de sus obras de teatro.
Este estreno le sirvió también de pretexto, para culminar sus estudios de leyes que nunca le agradaron. Pierre Verne acabará por reducirle la pensión que le pagaba, como una forma de obligar a su hijo a que regrese a Nantes e incorporarse en el bufete paterno una vez terminada su carrera; pero Julio Verne no está dispuesto a abandonar la libertad que había conquistado, comenzará entonces a pasar verdaderos apuros económicos, viéndose obligado a conseguir dinero dando clases de Derecho.

Las pajas rotas

Versión impresa de la obra
teatral Las pajas rotas

    Continuando en pleitos con su severo padre, y aún con el mal recuerdo de su prima Caroline, se junta con otros muchachos y forman la peña: Los once sin mujeres, era para aquellos que habían recibido una decepción amorosa. La existencia de este club comportaba diversos ritos. Si uno de los socios deseaba casarse, era el cub quien daba el consentimiento, previo pago de un canon, bien en dinero o en especie. El tributo consistía en una cena preparada por mujeres, a la que sólo asistían hombres. Las bromas en torno al matrimonio se sucedían sin pausas ni miramientos, y al parecer era de buen tono salir de la misma más o menos vacilante. Uno de los miembros de esta peña, era Charles Maisonneuve, un rico nantés, paisano de Julio, que pagó la impresión de su obra de teatro Las pajas rotas, que en agradecimiento se la había dedicado a Dumas. Y para coronar el éxito, el teatro Graslin de Nantes estrena la obra ante la burguesía de la ciudad, siendo representada así ante su familia, sus amistades y sus vecinos. Para su padre era todo un dolor de cabeza, pero guardaba la esperanza de que a su hijo se le acabaran estos arranques literarios, pues le faltaba muy poco para que termine sus estudios y abandonase definitivamente los peligros de París.

La literatura ante todo

    Aunque en este periodo de su vida, Julio Verne fue a medias estudiante y bohemio, logró obtener la licenciatura en Derecho, el 6 de agosto de 1850. Convertido ahora en todo un parisino, podía mofarse de sus amigos provincianos. Pero una vez terminados sus estudios, Pierre Verne reclama la presencia del flamante abogado en Nantes para que fuera a trabajar con él. Sin embargo, y a pesar de las recriminaciones de su padre, Julio decide abandonar el Derecho para siempre. Al presentársele esta encrucijada, no dudó en seguir su vocación, que le llamaba a continuar en el ambiente literario de la ciudad capitalina. Pierre se desespera ante tal acontecimiento, ¡Haber trabajado duramente tantos años para legarle un bufete próspero, haberle pagado los estudios y, al final ver inutilizado sus esfuerzos! Le plantea a su hijo la posibilidad de que pueda realizar las actividades de literato y de abogado en forma simultánea, pero Julio le responde: «La literatura ante todo, puesto que sólo en ella puedo triunfar. Mi espíritu está irrevocablemente fijado en este punto. ¿Para qué insistir a este respecto? Tú conoces bien mis ideas, querido padre, y sabes muy bien que, pronto o tarde, ejerza o no el Derecho unos años, si las dos carreras son proseguidas simultáneamente, una de ellas matará a la otra, y conmigo tu bufete no tendría muchas posibilidades de longevidad.»
El padre aterrado por el destino de su hijo, le propone regresar a Nantes sólo por dos años para que sus ideas se aclaren. Pero nuevamente Julio le responde: «Ausentarme de París durante dos años es perder todas mis relaciones, anular el resultado de mis gestiones, dejar al enemigo reparar sus brechas, reconstruir sus fortificaciones, colmar sus fosos. Es volver a ponerme, al cabo de dos años, en presencia de los obstáculos que ya he franqueado, con menos ardor para combatir, menos fuerza para avanzar, menos juventud para esperar.» Finalmente Pierre Verne abandona la esperanza de que su hijo vuelva al camino que él le había trazado, es así que humillado le retira definitivamente la pensión de estudiante que le ayudaba a sobrevivir en París. Julio busca entonces la intercesión de su madre, a la que escribe una carta en estos términos: «El dinero es mi mayor preocupación en medio de mis preocupaciones de todas clases. Así pues, la pensión paterna es para mí como una gracia especial. Si la situación se prolongara, tomaría caracter de un préstamo.»
El padre no cede ante las peticiones del hijo, pues le plantea que: «la miseria es buena consejera». No dando su brazo a torcer el hijo le responderá: «la miseria es la piedra de toque de las almas ricas.» A pesar de sus problemas creará dos piezas teatrales más: La Guimard y Las mil y dos noches con música de Aristide Hignard. Son obras no muy esperanzadoras, pero él seguirá adelante en este camino que ha emprendido lleno de entusiasmo y optimismo. Las penurias económicas siguen siendo su vía crucis, las lecciones de Derecho mal pagadas ya no le alcanzan para sacarlo de la miseria, aún así, rechaza la oportunidad de trabajar como pasante de un abogado, ya que no estaba dispuesto a laborar un año y medio en forma gratuita como condición para tomar la vacante.