El testamento espiritual del capitán Verne

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Los personajes de los Viajes

Extraordinarios al descubierto

Se convierte en un hecho muy difícil el creer que un escritor, un autor de novelas o un creador cualquiera no exteriorice, de alguna forma en sus creaciones, una parte de sus creencias y de sus propios pensamientos. Por eso es que a menudo se dice que en cada personaje va un poco de cada escritor, sino de su vida, al menos sí de la vida de alguien que conoció muy de cerca. Julio Verne, el popular novelista francés nacido en la tercera década del siglo XIX y fallecido a principios del siglo XX, no fue la excepción de la regla. Sus personajes tienen mucho de sí. El capitán Nemo, principal personaje de su inmortal obra Veinte mil leguas de viaje submarino, es una muestra de ello. Este personaje, en opinión de muchos críticos es su mejor creación. Su individualismo libertario, rebeldía y pasión por el mar reflejan, en buena medida los rasgos del carácter de su creador. Es el propio capitán del Nautilus, quien se auto describe de esta manera: No soy lo que usted llama un hombre civilizado. He roto por completo con la sociedad, por razones que yo sólo tengo el derecho de apreciar. No obedezco a sus reglas, y le pido a usted que no las invoque nunca ante mí.
En boca de muchos de sus personajes, en especial de sus científicos, que están entre sus mejores creaciones, ponía Julio Verne por lo general sus propias reflexiones, a veces tan profundas, que exigen hacer en algunas de ellas más de una lectura. En otros casos, cuando toma el papel de narrador de sus historias, reflexiona y se deleita describiendo a sus héroes, evocando pasajes de su vida y revelando parte de su compleja personalidad.

           Julio Verne en 1902. Foto: L. Caron

En Los náufragos del Jonathan, una novela póstuma de Verne, considerada como una de las historias más insólitas que han nacido de su prolífica pluma, donde nos da a conocer sus preocupaciones tanto políticas como sociales, el autor galo realiza un experimento ideal, al observar las diferentes reacciones sociales de un pequeño grupo de náufragos en una isla ubicada cerca de la Tierra del Fuego en el cono sur americano. El personaje principal de esta novela es el anarquista y misterioso Kaw-djer, que hizo de la máxima Ni Dios ni amo su lema característico, y el autor acerca de él nos deja saber que obligado a renunciar a su quimera, teniendo que inclinarse ante los hechos, había asumido con coraje el sacrificio, pero en su corazón el sueño abjurado protestaba. Cuando nuestros pensamientos, bajo la engañosa apariencia de la lógica, no son más que la expansión de nuestros instintos naturales, luego poseen vida propia, independiente de nuestra razón y nuestra voluntad.
En esta emotiva descripción del Kaw-djer, podemos percibir la transposición del drama de un hombre, ya en el ocaso de su vida, en cuyo corazón late todavía la protesta de haber sacrificado la libertad y hasta incluso la expresión abierta de su pensamiento. Es también una perfecta radiografía de la contradicción y de la angustia de su propio espíritu. Obligado a renunciar a sus sueños de aventura por una coacción social y familiar que le hizo abandonar sus ideales quiméricos de ser marino y explorador, Verne asumirá con honda amargura el sacrificio de una vida sedentaria y burguesa que no llena el vacío de su frustración.

Por eso, la literatura es, para Verne, una necesidad de dar salida al «sueño abjurado» que protesta en su corazón. Al repasar su vida uno se puede dar cuenta, que su obra literaria brota de un drama interior, de una insatisfacción cuya única terapia es plasmar por medio de personajes ideales, las aventuras que nunca pudo vivir. La imaginación es, en Verne, una medicina espiritual que lo aleja de la mediocridad de su entorno.
Se explica así el obsesivo afán de escribir sin descanso hasta los últimos momentos de su existencia. En efecto, su obra fluye febrilmente de la fuente inagotable de una fantasía, que es la vida paralela de un espíritu reprimido «bajo la engañosa apariencia de la lógica». El individualismo reviste en Julio Verne la significación de la rebeldía, pero, en su forma más extrema, asume la ruptura con la sociedad, la del último asilo de la libertad, la del exilio absoluto. Nemo y el Kawd-jer, como se ha visto, son quizá los mejores representantes de este individualismo, y lo hacen por poderes, es decir, por cuenta del mismo escritor.
En algunos de sus textos, sus personajes son los encargados de revivir las experiencias propias del autor. Durante una partida de caza, en octubre de 1859, Verne estuvo a punto de matarse, al disparársele accidentalmente la escopeta, y horas más tarde tomaría por blanco una extraña pieza que resultó ser el sombrero de un gendarme, lo que le produjo problemas con la autoridad. Esta aventura, produce en él una aversión por la caza que mantendrá durante toda su vida. Para Verne, los cazadores incurren en dos fechorías: cazar y relatar sus proezas cinegéticas. El autor se limitará a la segunda, pues estas vivencias aparecerán años más tarde relatadas en su historia corta Diez horas de caza, aunque en su primera novela publicada, Cinco semanas en globo, ya había hecho notar esta intención en boca de su personaje Joe Wilson, quien reflexiona: ¡Un cazador no sabe lo que es cazar hasta que no lo cazan a él mismo! ¡Y no obstante, si es posible, aconsejo que no lo intente!
Otras vivencias, como, por ejemplo, sus viajes personales terminaron siendo novelados y el más popular de ellos fue el realizado en 1867 a bordo del Great Eastern, el pionero de los modernos trasatlánticos, al que le sería reservado el gran honor de tender el primer cable transoceánico, que lo llevó a Estados Unidos, única oportunidad en que el escritor pisaría tierras americanas. Dicho viaje, lo motivó a comprar en 1868, un pequeño velero de regular porte, bautizándolo como el Saint-Michel, nombre dado en honor a su hijo. Inspirándose en las experiencias de ese viaje publica en 1871 la novela Una ciudad flotante.
A través de este viaje en torno a Julio Verne y sus personajes, mediante el análisis de algunas reflexiones tomadas de la boca del escritor, o dichas a través de los protagonistas de sus novelas, todas ellas enmarcadas dentro del contexto de una vida tan fascinante como misteriosa, se podrá apreciar y tratar de comprender a un Verne diferente.

El mar, su gran pasión

    El creador de los Viajes Extraordinarios nació en Nantes, una ciudad que poseía uno de los principales puertos franceses de la época, siempre rodeado de barcos y animado por un gran movimiento comercial marítimo. Desde su edad más temprana, este acontecimiento influyó notablemente en el pequeño Julio y en su vocación por el mar y el deseo de convertirse en marino, ilusión que vio frustrada por la imposición paterna, viéndose obligado a estudiar la carrera de Derecho, en contra de su voluntad, a fin de ocuparse del bufete familiar. Pese a esto, nunca dejaría de manifestar a lo largo de su obra, esa pasión por aquel mar que nunca olvidó, y en los años en que llegó a convertirse en un escritor reconocido, adquirió varias embarcaciones, con las cuales hizo innumerables travesías por los mares europeos, en especial el Mar del Norte y el Mediterráneo. No obstante, Verne tuvo que dejar de navegar desde 1886, año en que sufrió un atentado que lo dejó semi-inválido.

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   El Saint Michel III, el mejor de los barcos de Julio Verne

En su inmortal novela Veinte mil leguas de viaje submarino, que escribió, en su mayoría, a bordo de su yate, el Saint Michel, Verne narra la historia del capitán Nemo y su tripulación que a bordo del Nautilus navegan por las profundidades oceánicas. La narración, siempre en primera persona, la hace Pierre Aronnax, uno de los viajeros que se hallaba a bordo del singular aparato. El doctor se convierte en el portavoz del amor verniano por el mar cuando en uno de los capítulos de la novela dice: Para mí, poseído de un inmenso amor al mar, los paseos cotidianos por la plataforma al aire vivificante del océano, el espectáculo fascinante de las aguas ocupaban todo mi tiempo, sin dejarme ni un momento de cansancio o de aburrimiento. ¿No es acaso esta reflexión, el reflejo del pensamiento propio de un hombre como Julio Verne que amaba mucho el mar? En la misma novela, el capitán Nemo exclama: ¡Amo el mar! ¡El mar es todo! ¡Cubre las siete décimas partes del globo terrestre! Su aliento es puro y sano. Es el inmenso desierto en el que el hombre no está nunca solo, pues siente estremecer la vida en torno suyo ¡El mar es el vehículo de una sobrenatural y prodigiosa existencia; es movimiento y amor; es el infinito viviente! (…) En el mar está la suprema tranquilidad. El mar no pertenece a los déspotas (…) ¡Solamente ahí está la independencia! ¡Ahí no reconozco dueño ni señor! ¡Ahí yo soy libre! Se está en presencia, en este caso, de una reflexión donde Verne toma partido a toda costa manifestando su profunda pasión por el mar, y aprovechando de paso para mencionar el tema de la libertad, algo recurrente en todo su ciclo de libros y que más adelante se abordará.
Olivier Sinclair, uno de los personajes principales de El rayo verde, novela publicada en 1882, manifiesta una cierta nostalgia por el mar. En ese año, el escritor francés vivía en Amiens, provincia de Francia ubicada al noreste del país y alejada del mar. Pudiera entonces ser esta afirmación la necesidad interior de Verne del mar. Olivier dice: Yo no puedo ver un navío, buque de guerra, barco de carga o simple chalupa de pesca, sin que todo mi ser se embarque a bordo. Yo creo que estaba hecho para ser marino, y lamento cada día, que esta carrera no haya sido la mía desde mi infancia. Mientras que en La agencia Thompson y Cía, novela que presumiblemente fue escrita en su totalidad por su hijo Michel, y de la cual muchos piensan que fue el propio Julio su autor, vuelve Verne a la carga afirmando que Vida en realidad monótona, es cierto, la vida de a bordo, pero no vida fastidiosa. El mar siempre delante es un espectáculo eternamente bello, eternamente sugestivo, siempre cambiante.

Contra la avaricia humana

    Del creador de La vuelta al mundo en ochenta días conocemos que fue un hombre que sacrificó su vida por su carrera literaria, lo que le produjo muchos problemas familiares. Esa lucha por alcanzar el éxito, lo hizo aceptar la explotación de su editor Hetzel a lo largo de su vida. Aún así, Julio Verne supo tener en él a su gran amigo y consejero, a quien no dudó en llamarlo su «padre espiritual». Con la aparición de sus primeras novelas exitosas, el autor va adquiriendo una solvencia económica, la cual irá aumentando con el transcurso de los años. Sin embargo, el escritor nunca perdería la humildad a pesar de las jugosas ganancias que recibiría por las publicaciones de sus mejores novelas; muy por el contrario, Verne manifestó en ellas su rechazo hacia los hombres que se dejan llevar por la avaricia y el lucro personal.
Ya desde las primeras publicaciones de su juventud, criticaba la ambición del hombre. Castillos en California, por ejemplo, es una obra de teatro escrita en 1851 y publicada luego en 1852, que no es más que una sátira que describe la fiebre del oro tan popular en aquellos años. Luego, en la obra Cinco semanas en globo, el personaje Joe Wilson, al encontrarse con muchas piedras de oro en cierto lugar de África, manifiesta: ¡Abandonar estos tesoros! ¡Una fortuna nuestra, muy nuestra, dejarla! Y es entonces cuando su amo Samuel Fergusson, uno de los osados viajeros a bordo de la barquilla que atraviesa el continente negro, le responde: Cuidado, amigo mío ¿Es que se apodera de ti la fiebre del oro? (…) Escucha. Voy a apuntar la situación exacta de este lugar, te lo daré, y, cuando vuelvas a Inglaterra, se lo dirás a tus compatriotas, si es que crees que tanto oro puede labrar su felicidad.
Y es que el mismo Verne, no veía la tranquilidad reflejada en la ambición por el dinero. Para él lo más importante era alcanzar los sueños personales, y de ello dio muestras muchas veces a lo largo de su vida. A raíz de la exitosa presentación en escena de la obra teatral La vuelta al mundo en ochenta días, basada en su novela homónima, Verne fue capaz de ceder la mitad de sus derechos, que eran del cincuenta por ciento, (ya que d’Ennery, el dramaturgo encargado de la empresa, se llevaba el resto), a Édouard Cadol, quien había hecho una primera adaptación rechazada por todos los teatros, argumentando por tanto ser el coautor de la adaptación teatral. Aunque de su adaptación no quedara ni un parlamento con respecto a la que luego fue llevada a la escena, Cadol y sus descendientes se enriquecieron con ese veinticinco por ciento concedido gracias a la generosidad de Verne. Años más tarde, a pesar de la disminución en las ventas de sus novelas, tuvo que soportar los derroches de su esposa Honorine en sus fiestas sociales, ayudando además, durante un periodo de tiempo, a la primera esposa de su hijo Michel, quien la había abandonado.
Verne resume su opinión sobre la avaricia humana a través de Jasper Hobson, que en una de sus novelas, El país de las pieles, declara: La naturaleza humana es así, y el cebo del lucro arrastrará siempre al hombre más lejos y más deprisa que el interés científico. Esta reflexión deja en claro, la faceta del Verne dispuesto siempre a exhortar a su público a no caer en manos de la avaricia, pues él mismo mostró su desprendimiento, al financiar algunos proyectos humanitarios, cuando estuvo al frente de la Concejalía de Amiens. Pero la más significativa reflexión acerca de la obsesión del hombre por el dinero, la encontramos en boca del Kawd-jer: ¡Oro! ¡oro! ¡la sed del oro! Ninguna peste más terrible podía haberse abatido sobre nuestro país (…) Es posible luchar contra una epidemia, erradicarla. Pero no hay remedio para la fiebre del oro. El dinero es lo más destructivo de toda organización.

El rol de la mujer en los Viajes Extraordinarios

    En 1895, la periodista inglesa Marie A. Belloc entrevistó a Julio Verne, preguntándole acerca del hecho de que en sus obras el bello sexo tiene muy poca participación. Es entonces que el escritor la interrumpe y le contesta: Lo niego rotundamente. Ahí tiene usted a Mistress Branican y a las encantadoras muchachas de algunas de mis narraciones. El amor es una pasión absorbente que deja muy poco lugar para otra cosa en el corazón del hombre. Mis héroes tienen necesidad de todas sus facultades, de toda su energía. La presencia en torno suyo de una encantadora mujer les hubiera impedido a menudo realizar sus gigantescos proyectos. Por eso, a veces, evito la presencia femenina…[1]
Se conoce que Verne era tímido ante las mujeres, presentando un marcado complejo frente a ellas; complejo derivado quizás a partir de su primer amor no correspondido, que dejó en él una huella imborrable. Sin embargo, destaca en el pensamiento verniano el hecho palpable de la mujer como obstáculo para las empresas ambiciosas de los hombres. En su vida real está el caso ocurrido cuando el escritor estaba a punto de ser padre. En ese momento se encontraba en pleno viaje de placer en Dinamarca, el cual tuvo que abandonar dado los reclamos de su esposa que lo necesitaba a su lado en el momento del parto, por lo que debió resignarse al regreso. Y fiel a su pensamiento de solterón empedernido, en efecto, Julio Verne no le dio a la mujer un papel protagónico en sus Viajes Extraordinarios, relegándolas en la mayoría de las ocasiones a un segundo plano y sin apenas intervención importante en la trama. Sin embargo, hay algunas excepciones. Mistress Branican, personaje principal de la novela homónima es una de las féminas que destaca en las novelas de Julio Verne, y, de hecho, es su única obra en la que el personaje principal es una mujer, tal como lo afirmó el escritor en la entrevista anteriormente mencionada.

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Mistress Branican, relato de Julio Verne

    En esta novela, el escritor hace una importante reflexión: A veces la mujer vislumbra más claramente el porvenir gracias a su intuición, es ésta una especie de instinto especial que las guía y le da cierta presciencia de las cosas. Se observa aquí, la intención por parte de Verne, de resaltar las cualidades de las mujeres. Algo similar opinará años más tarde en La agencia Thompson y Cía cuando afirmó: Un maravilloso instinto sirve a las mujeres avisándolas de los peligros. El escritor bretón creó también otras mujeres enérgicas y resueltas a desafiar los peligros de las difíciles empresas propias de los Viajes Extraordinarios. Un ejemplo de ello es la encantadora Nadia Fedor en la novela Miguel Strogoff. En este relato, el correo del zar, Miguel Strogoff, encara a la joven livoniana diciéndole: No dudo de tu valor Nadia, pero hay fatigas físicas que una mujer no puede soportar, a lo cual ella responde enérgicamente: Las soportaré, sean las que sean. Si oyes que se escapa una queja de mis labios, déjame en el camino y continua solo tu viaje.

    Dicen que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer, y Verne supo poner a mujeres abnegadas al lado de algunos de sus principales personajes. Recordemos a miss Aouda, fiel compañera de Phileas Fogg en La vuelta al mundo en ochenta días, y la no menos leal Cornelia Valdarasse, la esposa de César Cascabel, protagonista de la novela homónima. Otras recordadas viajeras son miss Campbell en El rayo verde, Lissy Wag y Jovita Foley en El testamento de un excéntrico, y la lista puede seguir extendiéndose. Pero no se puede dejar de mencionar a la entrañable Paulina Barnett, uno de los personajes de El país de las pieles. En uno de sus capítulos, la valerosa viajera y expedicionaria reflexiona: Nosotras las mujeres, que no buscamos la razón física de las cosas, no debemos desesperar en circunstancias en las que desesperarían tal vez los hombres más instruidos.

La aversión al matrimonio

    La mayoría de biógrafos coinciden en calificar al escritor de misógino y misógamo. Se conoce que Verne se casó con Honorine Morel de Viane en 1857, una joven viuda, madre de dos pequeñas hijas, con la cual tuvo su único descendiente: Michel Verne, nacido en 1861.

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              Julio Verne y su esposa Honorine hacia 1885

    Se sabe también que Verne no fue un buen padre para el pequeño Michel, quien creció engreído y rebelde, pues el escritor que andaba siempre sacrificado a su carrera literaria, no cumplió con el papel de buen padre, y tampoco el de buen esposo, y quizás nunca amó realmente a Honorine, pues los lazos del matrimonio que le unían a ella, debieron parecerle insoportables, tratando de evadirse de ellos en la medida de lo posible, bien a través de sus cruceros, de sus libros y de un repliegue sobre sí mismo, que no se limitó al espíritu, sino que llegó incluso a la castración física, encerrándose en «su refugio», tal y como llamaba al gabinete personal de su residencia de Amiens. Si bien a su familia no le faltaba el dinero, sí les faltaba, como se puede ver, el calor del hombre del hogar, que solía aislarse, cerrando la puerta de su gabinete con cerrojo, para aislarse de la vida familiar y del salón social de su mujer.
En cierta ocasión, Honorine le escribe a Hetzel esta dramática misiva: No ignoráis que Julio, desde hace ya algunos meses, está triste y con mala salud. ¿Le fatiga el trabajo? ¿O le parece menos fácil? En fin, parece desanimado. Y hace recaer sobre mí las molestias que le causa este desánimo (…) Cuando la familia le aburre y le cansa demasiado, toma su barco y hele aquí que se va, y lo más frecuente es que no sé dónde está. (…) A mi entender, el mayor error de mi marido es haber dejado París. Vive demasiado solo aquí, se encuentra demasiado a menudo consigo mismo. ¡Adiós, querido amigo, perdonadme y compadecedme, pues mi marido se me escapa de las manos; ayudadme a retenerle! [2]
Paradójicamente, Verne que fue siempre glorificado como el «educador de los niños», imprimió en muchos de sus protagonistas la faceta del soltero empedernido que huye del matrimonio. Entre todos ellos destaca Clovis Dardentor, el personaje principal de la novela homónima, de quien Julio Verne dice que era soltero, y realmente no se le concebía sujeto a los lazos conyugales, y ni que jamás luna de miel se hubiera levantado en su horizonte. No quiere decir esto que fuera misógino, al contrario: la sociedad de las mujeres le agradaba. Pero era misógamo en alto grado. Este enemigo del matrimonio no concebía que un hombre sano de alma y cuerpo, lanzado en los negocios, tuviera tiempo de pensar en aquél.

Otro de sus héroes con similares características es el maestro Antifer, protagonista de la novela Las maravillosas aventuras de Antifer, publicada en 1894. En un punto de su novela, Verne se refiere a él en estos términos: ¡Antifer, el soltero empedernido, puesto así al pie del paredón! ¡Y de qué paredón! ¡El paredón del matrimonio, que tenía que sufrir so pena de perder su parte en la enorme herencia! Y si se trata de mencionar otros personajes similares, se encontrarán sin mucho esfuerzo en la extensa obra verniana a Otto Lidenbrock de Viaje al centro de la Tierra, y al inolvidable Passepartout de La vuelta al mundo en ochenta días, que fuera caracterizado por Mario Moreno «Cantinflas» en una memorable película de 1956. En uno de los capítulos de esta novela, posiblemente la más universal y conocida de Julio Verne se lee que en su condición de soltero empedernido, Passepartout miraba con cierto horror a esas mujeres mormonas que debían asegurar colectivamente la felicidad de un solo mormón. Tal vez, en el fondo de su corazón, Verne estuvo siempre demasiado ocupado por su obra, para dejar mucho sitio a las efusiones amorosas.

    Posiblemente hubiera preferido poder decir, como el principal personaje de Kerabán el testarudo: ¡Usted sabe, los negocios… los negocios…! ¡Yo nunca he tenido disponibles cinco minutos para casarme! Esta obsesiva agresividad hacia el matrimonio, la presentará siempre enmascarada bajo un tono bromista de lo más convencional. Baste citar las palabras de Pinchinat en la obra La isla de hélice: La filosofía enseña que el único medio de ser feliz en el matrimonio es no ser casado, y las de Sebastián Zorn en la misma novela: ¿Casarme yo? ¡Ni en Tonga Tabu ni en ninguna parte!, así como la descripción que hace el propio escritor sobre el sexo femenino: La mujer no es más que una cuestión de forma, o el comentario con que finaliza su novela Las tribulaciones de un chino en China: ¡Los dos esposos se amaban! ¡Mil felicidades les esperaban en la vida! Hay que ir a China para ver eso. Esta continua aversión al matrimonio a lo largo de su obra, reflejan a un Verne que no fue feliz con su esposa, o que se casó por no sentirse solo, pues el mismo escritor escribirá pocos años antes de morir en el relato El testamento de un excéntrico: Fiel a la memoria de la venerable señorita, permaneció soltero, y esto bien puede pasar como una gran excentricidad.

El ser humano ante la adversidad

    Si hay algo que caracteriza a los personajes de Julio Verne, son sin duda alguna, su valor, tenacidad, lealtad y nobleza de sentimientos no exenta de una cierta ingenuidad, aunque en opinión de los críticos entendidos, los héroes de los Viajes Extraordinarios son demasiados esquemáticos y en ocasiones faltos de psicología. Y es que para Verne, la función de sus escritos era primordialmente la de contar historias que entretuviesen al público, de allí el hecho de no ser un escritor con un estilo literario depurado. El escritor utilizaba el lenguaje como un simple instrumento de transmisión de ideas, pero nunca como un fin en sí mismo.
En Viaje al centro de la Tierra, el profesor Lidenbrock, ante la dificultad de continuar su viaje, exclama: ¡Los elementos conspiran contra mí! ¡El aire, el fuego y el agua aúnan sus esfuerzos para oponerse a mi paso! ¡Pues bien, ya se verá lo que puede mi voluntad! ¡No cederé, no retrocederé ni un paso y veremos quien puede más, si el hombre o la Naturaleza! Esta frase rotunda, casi soberbia, es la simple muestra del reto sistemático que, a través de los tiempos, el hombre ha lanzado constantemente frente al medio natural. Todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos lanzado este reto frente a algo, que en un principio, se oponía a la consecución de nuestros objetivos, porque esto es parte innata de la naturaleza humana. Obsérvese que, en esta exclamación, Otto Lidenbrock cita textualmente al aire, el fuego, y el agua, los tres elementos fundamentales de los alquimistas, siendo la tierra, el cuarto. Y es necesario recordar que Verne inicia su prolongada y fructífera carrera como creador de la ficción científica, estableciendo como patrón precisamente a la alquimia como fórmula mágica. Los personajes del escritor irán dominando estos cuatro elementos básicos de la Naturaleza, ésta era la mística en que descansaba el pensamiento filosófico materialista del mundo antiguo, y que Verne tomó como sólido pedestal de su obra.
Fergusson, por ejemplo, domina el aire en Cinco semanas en globo, Lidenbrock reta al fuego de los volcanes en Viaje al centro de la Tierra, el capitán Nemo hace del agua su hábitat natural en Veinte mil leguas de viaje submarino y Phileas Fogg da la vuelta al mundo en ochenta días con su metódica audacia. El tema se repetirá incansablemente, y los cuatro elementos serán dominados por el hombre y su ciencia en toda la obra de Julio Verne. Esa fue su doctrina y su fe, la cual expresó en una carta a su padre: Te dije el otro día que me parecía estar prisionero del espíritu de las cosas inverosímiles. Sin embargo, todo lo que un hombre puede imaginar, otros hombres podrán hacerlo realidad.[3]

    Y en el momento de los grandes desastres, es cuando deben de tomarse las grandes resoluciones, es lo que afirmó Johnson en Aventuras del capitán Hatteras, obra que pertenece a la etapa de creación positiva del escritor, donde sus personajes destacan por el valor de superar los retos ante la adversidad, reflejando la visión romántica de la ciencia, como factor del progreso material y moral. Y es en ese contexto, que el propio capitán Hatteras exclama al mismo tiempo: ¡Yo juro, sin embargo, que no habrá ser viviente que me haga desviar de mi línea de conducta! (…) ¡Me saldré con la mía!; mientras en otra parte del relato dice: No hay obstáculos humanamente insuperables. Hay voluntades más o menos enérgicas. Nada más. Esta rotunda frase nos muestra a Hatteras en toda su plenitud. Michel Ardan, el intrépido viajero francés de las novelas de la Luna, no se amilana siquiera ante lo complicado de llevar a cabo tan impresionante viaje; para él no existen los obstáculos, sólo es cuestión de ser decididos y estar amparados y confiar en los beneficios de los avances de la ciencia. En De la Tierra a la Luna, ante la imposibilidad de llegar al satélite terrestre exclama: ¡La distancia no es más que una palabra relativa que acabará por tener un valor igual a cero!
Más adelante, la visión del progreso y de la ciencia sufrirá un enorme cambio en Verne. A la exaltación y el lirismo con que había saludado a la ciencia como fuente de progreso en su primera época, sucede una sombría premonición de la ciencia sin conciencia, como factor de catástrofes, dándole una visión un tanto apocalítica. La evolución del capitalismo transforma profundamente el sentido y la orientación de la ciencia al hacer de ella un instrumento de poder. La ciencia y el científico son anexionados por las potencias del dinero. Un Roch, un Zefirin Xirdal, un Camaret, serán sabios explotados y utilizados para la consecución de la riqueza y el poder. Otros sabios como Robur el conquistador, hacen de sus conocimientos una temible amenaza, aunque reflexiona sobre los peligros de su aeronave Albatros: Parto, pues, y llevo mi secreto conmigo. Pero no se perderá para la humanidad. Le pertenecará algún día en que esté bastante perfeccionado para sacar provecho de él y bastante estudiado para no abusar de él.

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Robur el conquistador, novela de Verne

    Julio Verne, como se ha visto, ha dotado a sus personajes de un valor que desafía los retos más complicados, no sin ello temer a denunciar los peligros de la utilización de la ciencia en favor del crimen, rayando incluso en la búsqueda de la sabiduría. El escritor como todos los hombres de ciencia que han profundizado en los mecanismos de la razón y el conocimiento, no creía en el mundo de ultratumba. Sin embargo, puede notarse cierta preocupación religiosa en él, sobre todo en sus primeros escritos, donde algunas veces deja que sean los protagonistas, quienes indaguen en los misterios del más allá, como es el caso de Impey Barbicane, uno de los osados viajeros de la Luna, quien expresa: ¡Será el propio Dios quien nos revele su secreto! ¡En la otra vida, el alma, para saber, no precisará ni de máquina ni de artefacto alguno! ¡Se identificará con la sabiduría!

    Al realizar una lectura atenta de los Viajes Extraordinarios, nos toparemos frecuentemente con estas reflexiones, que muestran a un Verne, lleno de ese entusiasmo de las gentes de su época, espectadores privilegiados de aquella revolución científico-industrial del siglo XIX. Por entonces, una misma generación asiste al descubrimiento de la electricidad, del automóvil, del avión, de la radio, del submarino. Es el propio escritor, en la entrevista a Marie A. Belloc el que declara: No tengo pretensiones de hombre de ciencia, pero considero que ha sido para mí una gran suerte haber nacido en una época de notables descubrimientos e inventos. Y fue precisamente esa ciencia llevada a la literatura, acompañada de una gran dosis de aventura, la que lo llevó a crear personajes tan recordados como Samuel Fergusson, Otto Lidenbrock, el capitán Nemo, Miguel Strogoff, Santiago Paganel, entre otros. Para ellos, los peligros nunca fueron barrera para alcanzar sus sueños e ideales.

La visión del futuro

    Quizá pocos conozcan la faceta del Verne poeta, pero el autor francés realizó algunas poesías durante su juventud. En un capítulo de Cinco semanas en globo, Samuel Fergusson reflexiona: De vez en cuando, hay que desistir y aceptar lo que nos enseña la ciencia; quizás no siempre existan los sabios, pero siempre habrá poetas. Es ésta una de las muy pocas sentencias en las que el escritor relaciona la ciencia y la poesía, aunque Verne nunca pensó que después de su muerte, lo llamarían «el poeta de la ciencia», ¡paradojas de la vida!
En esa misma novela, Dick Kennedy, que viaja junto a Fergusson y su sirviente en el globo Victoria, exclama: Cuando la industria absorba todo en su provecho será tal vez una época bastante fastidiosa, ¡A fuerza de inventar máquinas, éstas devorarán al hombre!, y ¡vaya si esta predicción se está cumpliendo en nuestros días! Pero también vemos al comienzo de El castillo de los Cárpatos, novela de 1892, que pertenece a su «etapa pesimista», su cualidad visionaria intacta: Vivimos en una época en la que todo ocurre, en la que todo ha ocurrido. Si nuestro relato no es hoy verosímil, puede serlo mañana, gracias a los recursos científicos del futuro, y nadie se inclinará a incluirlo en el género de las leyendas. De cualquier manera, el conocimiento y la ciencia son para Julio Verne un tirano moderno que era necesario reducir o controlar, ya que el progreso, en todas sus ramas, estaba poniéndose a la orden de los poderosos y malvados, de tal forma que podía llegar a convertirse en un grave obstáculo para la libertad.
El tiempo parece darle la razón y es así que en su novela La estrella del sur, por medio de su personaje Cyprién Méré alertaba: ¡Los resultados obtenidos por un sabio no son jamás de su propiedad! Forman parte del patrimonio de todos. ¡Reservar para sí con un interés egoísta y personal la más pequeña partícula, sería hacerse culpable del acto más vil que un hombre pueda llevar a cabo! Lo cierto es que Verne luchó siempre por no ser considerado como un visionario; sin embargo, su héroe Samuel Fergusson de Cinco semanas en globo exclama en la obra: Hay que considerar lo que debe ocurrir como si ya hubiera ocurrido y ver el presente en el futuro, ya que el futuro no es más que un presente un poco más lejano. Pero es justo reconocer que dentro de la obra verniana, el futuro pasa por el pasado, concepción que llevará al escritor a enunciar la doctrina del eterno retorno en su obra crepuscular El eterno Adán, a través de la recreación de las antiguas leyendas en una mitología moderna bajo el disfraz del racionalismo positivista.
La fusión de los mitos con la ciencia, de la modernidad con la mentalidad arcaica, conduce a la paradoja de que el futuro esté contenido en el pasado, y que la Naturaleza prefigure el porvenir del hombre. ¿Pero qué pensaba Verne del futuro? No lo sabemos a ciencia cierta, pero nos dejó el epitafio de su tumba, en la que mandó a escribir: Hacia la inmortalidad y la eterna juventud. ¿Encierra esta frase algún misterio acerca de lo que Verne pensaba sobre el destino del hombre después de la muerte? Sólo podemos especular al respecto, más aún si sabemos que su amigo Albert-Dominique Roze, a quien Verne había encomendado la labor de la inscripción del epitafio, olvidó «casualmente», incluir la famosa sentencia en la lápida, tal como fue su deseo. Y si hablamos de las cualidades visionarias de las que Julio Verne se empeñaría en negar, se puede citar la novela París en el siglo XX, publicada recientemente en 1994, que había sido descubierta unos años antes. El editor Hetzel siempre se opuso a su publicación, por considerarla demasiado «pesimista». En esta novela Verne se proyecta un siglo por delante, profetizando el funcionamiento de diversos inventos, que hoy en día son una realidad a cien años de su muerte.

El misticismo de la muerte

    Muchas han sido las hipótesis que sobre Verne y su vida personal se han tejido a lo largo de los años y una de ellas, en particular, se ha erigido como una de las más difundidas, siendo tema de algunos libros recientes publicados en Europa, los cuales tratan de descubrir, a través de sus páginas, la personalidad de Verne y vincularlas al misticismo y las sociedades ocultistas que pululaban en el siglo XIX en Francia. Una de las teorías más extendidas lo ubica junto a muchos de sus amigos de la época (entre ellos Jules Hetzel y Alejandro Dumas) como compañeros de creencia y miembros de una sociedad ocultista que daban en llamar «La Niebla». Sus afirmaciones místicas acerca de la muerte comienzan bien temprano desde sus primeras novelas, y es en la relato Cinco semanas en globo, donde el misionero, a quien Fergusson y compañía rescatan de un grupo de nativos en el África, muere y una de sus últimas reflexiones resulta ser algo curiosa, cuando expresa lo siguiente: La muerte, comienzo de las cosas terribles, es tan sólo el fin de las preocupaciones terrestres.
Por lo general, para estas sociedades místicas, que aún hoy en día subsisten, la muerte no constituye el fin de la vida, sino el paso del alma humana a un estadio intermedio, que en algún momento del tiempo brotará en otro ser, ya sea humano o no. Es así que en uno de sus primeros textos, Una ciudad flotante, Verne, de la boca de Dean Pitferge comenta acerca de la muerte: Es la ley, la gran ley ¡Todos hemos de morir! ¡Hay que ceder el puesto a los que vienen! No morimos, al menos así lo pienso, sino porque ocupamos un sitio al que otro tiene derecho. Vale la pena aclarar que para los místicos, el hombre muere cuando ya su labor en la Tierra ha terminado y cuando es necesario que su alma pase a «terreno libre» de manera que luego pueda encarnar en otro ser, cualquiera que sea éste. Esta afirmación cae entonces en una categoría digna de estudio, cuando el personaje afirma que si un ser ocupa un lugar que ya no le pertenece -es decir una vida sin sentido- una nueva debe abrirse paso en lugar de esa vieja vida, siendo esta una de las más triviales creencias de los místicos.

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  Matías Sandorf, novela de Julio Verne

  Pero si esta afirmación resulta interesante, más lo es, la que hace algunos años después en uno de sus grandes textos que trata acerca de las luchas de liberación de los pueblos oprimidos, y es bajo el contexto de la dominación austriaca en Hungría, cuando el doctor Antékirtt, que no es otro que el propio Matías Sandorf, luego de la muerte de un joven murmura: La muerte no nos destruye, se limita a hacernos invisibles. Esta afirmación puede tener muchas interpretaciones, y una de ellas, místicamente hablando, puede muy bien estar dada por el hecho de que el alma es inmortal, y que al morir el sujeto poseedor de la misma, el cuerpo físico desaparece, pero el alma perdura para luego alojarse en otro cuerpo físico, algo muy relacionado con todas las teorías relativas a la reencarnación y la inmortalidad del alma. Otras interpretaciones, por supuesto, son posibles, pero el misticismo y la aureola mística con la que Julio Verne rodea al personaje de Matías Sandorf durante toda la novela, hace pensar en esta como una posibilidad altamente probable. Si bien hasta hoy se desconoce si, tal y como se dice categóricamente por muchos entendidos, Julio Verne perteneció o no a alguna de estas sociedades, lo cierto es que sus reflexiones sobre la muerte y el misterio que la envuelve puesta en boca de sus personajes encierran en sí muchos de los preceptos apoyados por los llamados «místicos».

El mundo interior de Verne

    El famoso escritor francés, autor del ciclo de los Viajes Extraordinarios se mostró siempre como un hermético y celoso guardián de su intimidad y sus ideas. Este celo llegó a alcanzar proporciones sorprendentes, que culminaron con la presunta quema por cuenta propia de muchos de sus papeles personales algunos años antes de su muerte. Entre la documentación desaparecida se dice que había cartas, libros de cuentas e incluso manuscritos inéditos. Hay muchas teorías al respecto, pero hasta ahora no hay nada claro. Quizás descubriendo este secreto, se pueda llegar a descifrar el laberíntico mundo interior del escritor galo, que bajo la máscara social de un buen burgués conservador y sedentario, escondió siempre a un hombre enigmático y atormentado.

     Julio Verne trabajando en su «refugio»

Julio Verne y su protagonista Pierre Aronnax de Veinte mil leguas de viaje submarino, parecen fusionarse en un solo pensamiento. El profesor y autor del libro Los misterios de las profundidades del océano se auto proclama como el historiador de las cosas de apariencia imposibles, que sin embargo son reales, incontestables… para luego afirmar: No he soñado. He visto y sentido. ¿No son estas las palabras del propio novelista francés, quien daba a conocer su pensamiento? Un pensamiento polémico, para muchos misterioso, pero siempre un pensamiento que tuvo por intención perdurar a través del tiempo en base a una prolífica obra, aunque haya quienes afirman que el escritor dejó la revelación de su pensamiento en algún «testamento espiritual» que ha formado parte de algunas teorías modernas. No se puede negar la presencia de símbolos, criptogramas, anagramas y misterios en la obra verniana, que tuvieron su inspiración probablemente en la obra de Edgar Allan Poe, escritor norteamericano que fascinó a Verne desde que fueron traducidos sus libros en Francia por el poeta Charles Baudelaire. De ahí que algunos estudiosos lo cataloguen como «revolucionario subterráneo», dado que para el escritor, el mundo subterráneo y submarino es más bello y justo que el de la superficie, encontrando bajo la tierra mundos más felices. El subsuelo esconde las verdades que nos pueden llevar a la muerte y la destrucción. Los seres humanos empezaron a ser hombres y el camino del conocimiento en la caverna hace millones de años. Verne nos la descubre, mágica y misteriosamente, y nos propone el retorno a los orígenes. Pero ese hogar subterráneo no es muy apropiado para el hombre civilizado y las virtudes de nuestra sociedad.
Quizá esa atracción subterránea del autor galo por las cosas secretas y malditas, y su gusto por la mixtificación, lo llevaron a sembrar su obra con claves secretas, con símbolos turbadores e ideas tenebrosas, bajo la apariencia inocente de un discurso destinado a educar a la juventud. Ese toque de misticismo dentro de las novelas del escritor francés, ha dado lugar a una diversidad de teorías, que no han dudado en acusar a Verne de homosexual, pederasta, masón y hasta de criminal; pero todas ellas al no haber sido demostradas, han quedado deambulando en el campo de las especulaciones. Difícil labor la de descubrir los misterios que se esconden detrás de la mente del novelista francés. En una de sus cartas, Julio Verne proclamó su célebre lamento Me siento el más desconocido de los hombres. Eran los últimos años de su vida, y era consciente que su fama universal se basaba en un mal entendido, en una interpretación tan superficial como errónea de su obra.
A Verne le dolió siempre el hecho de no haber sido reconocido en vida por la Academia Francesa de Literatura; quizá su falta de estilo literario produjo que sus compatriotas no le otorgaran el anhelado reconocimiento. En la biografía: Verne, su vida, y su obra, su propia sobrina, Mme. Allote de la Fuÿe, nos habla acerca de él y de su mundo interior, y afirma que Verne en estos años lucha contra una desesperación que no pueden disipar las afectuosas atenciones de su entorno, pero fuera de casa, simula jovialidad. En casa se torna mudo, se encierra en su angosto secreto. Una tragedia muda, de la cual ha hecho desaparecer los restos, se desarrolla en su interior. Mme. Allote de la Fuÿe se refiere a su etapa en Amiens, su etapa de hombre público que ha triunfado social, política y literariamente. Pero en medio de esta apariencia feliz, Julio Verne vive una soledad íntima donde sólo los caminos de la imaginación creadora le abren las puertas de la huida. Este afán de esconder su interioridad, lo refleja en El castillo de los Cárpatos, al reflexionar: Hay heridas que no se cierran hasta la muerte.
Lo que sí no deja lugar a dudas, es que todos los personajes sabios y viajeros llevan consigo una parte del visionario francés, y si quisiéramos conocer su pensamiento con más exactitud, habría que proponerse el titánico desafío de leer toda su obra, aunque esto no nos garantice lo que buscamos, ya que hay quienes plantean, que Verne se encargó de escribir sus novelas de forma «simbólica» y no textual, que incluye la presencia de claves secretas y misteriosas, lo que nos hace más difícil aún llegar a conocer con plenitud a este querido y peculiar escritor, cuya literatura se nos aparece como un gran criptograma que esconde íntimas frustraciones y una personalidad hermética que se proyecta a lo largo de una extensa obra, la cual no ha decaído, aún con el pasar de los años, tal y como lo predijera un gran admirador suyo, el escritor Raymond Roussel, en una carta dirigida a su amigo Eugene Leiris en el año 1921: Verne es, y con mucho, el mayor genio literario de todos los tiempos, y estoy seguro que permanecerá, cuando todos los demás autores de nuestra época hayan sido olvidados. La historia le dará la razón a Eugene Leiris, pues, de acuerdo a las estadísticas proporcionadas por la UNESCO, Verne nunca ha desparecido, encontrándose a la cabeza de los escritores franceses por el número de traducciones, dada la continua reedición de sus obras en todo el mundo, y figura en estos momentos como el quinto escritor más traducido en el mundo, a más de 80 lenguas diferentes.
Luego de hacer este recorrido por la vida de Verne a través de sus personajes, sólo queda destacar que el autor francés fue un gran novelista, dotado de un gran talento narrativo y descriptivo. La maestría con la que conduce la intriga de sus relatos, su habilidad de exponer con viveza y sencillez las más complicadas teorías científicas o procedimientos técnicos sin por ello romper la acción, el humor y la ironía dan prueba de ello. Recordemos que sus obras eran de carácter educativo y que se publicaban en forma de folleto o por entregas, estando orientado principalmente a las familias burguesas, circunstancias estas que le impusieron ciertas limitaciones, por lo cual tuvo que apelar a determinadas astucias para expresarse. El mismo Verne declaraba en una misiva: Debo emplear todos los medios que me depare mi imaginación en el dominio bastante restringido en el que estoy condenado a moverme. ¿Es que no estoy en lo cierto? Hay, en efecto, en su vasta obra, aspectos profundos, símbolos enterrados, maliciosas insinuaciones, que se escapan a su público habitual, lo que ha hecho sospechar que dentro de sus novelas se esconda algún secreto de índole personal. A pesar de ello, su obra pervive y sobre todo renace, haciendo honor a su nombre, pues el apellido Verne proviene de «Vergne», alno, un árbol cuyo florecimiento se anticipa a la primavera y renace con ella; de forma análoga renace su obra con cada generación, a la espera del descubrimiento de su testamento espiritual resumido en boca del Kawd-jer: Adiós. No tengas más que un solo objetivo: la Justicia; más que un solo odio: la Esclacitud; más que un solo amor: la Libertad.

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(Lima, Perú, 1977). Vice-presidente de la Sociedad Hispánica Jules Verne. Ingeniero Industrial. Docente pre-universitario de Matemática. Desde 2004 es propietario y administrador del sitio web "Julio Verne, el más desconocido de los hombres". Es uno de los vernianos más activos en Latinoamérica. Ha escrito artículos sobre el autor que ha publicado en su sitio. También ha traducido al castellano varios textos inéditos del novelista francés.

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