El encuentro con Nellie Bly en 1889

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En 1889, Nellie Bly, periodista neoyorquina del diario World, se propuso batir el récord de Phileas Fogg, en referencia al libro La vuelta al mundo en ochenta días (escrito por Julio Verne). El periódico para el que trabajaba mantuvo el suspense a diario de las crónicas de la hazaña. Vestida con ropa de hombre, gorra, botas y una pequeña valija por equipaje, Nellie Bly partió de Nueva York el 14 de noviembre de 1889. Primero cruzó el Atlántico, llegó a Francia donde entrevistó a Julio Verne, luego pasó por África, India, Japón, y después de cruzar el Pacífico se internó en territorio americano aproximándose poco a poco al punto de partida. Desde cada ciudad por la que pasaba, Nellie Bly enviaba sus notas. Los lectores apostaban sobre el día en que arribaría. Nellie regresó a Nueva York el 25 de enero de 1890. Habían transcurrido 72 días, seis horas y diez minutos. Para su proeza se había valido de caballos, barcos, carruajes y hasta de camellos. Bly estableció un nuevo récord mundial al darle la vuelta al mundo en tan poco tiempo, pero meses después, George Francis Train rompió esta nueva marca al completar dicho viaje en 62 días.


 

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        La periodista neoyorquina Nellie Bly

Elizabeth Cochrane era oriunda de un pueblecito de Pensilvania. Comenzó sin pretenderlo su carrera de periodista al escribirle al redactor en jefe del diario Pittsburgh Dispatch para protestar contra un artículo de contenido muy tradicional que se llamaba: «¿Para qué sirven las chicas?». No cabe duda de que era una pionera en el terreno del feminismo. En 1889, con el pseudónimo de Nellie Bly, estaba en la cima de su carrera y a punto de convertirse en una celebridad de fama mundial, pese a que sólo tenía veintidós años. De insolente belleza y ademanes decididos, vestía ropas prácticas y cómodas y parecía dispuesta a todo. Un año antes había conseguido ingresar en un famoso manicomio situado en una isla del East River, cerca de Manhattan, y había pasado en él diez días acumulando información para el diario neoyorquino The World de Lord Joseph Pulitzer. El resultado de la estancia fueron una serie de artículos contundentes y un libro: Ten Days in a Madhouse (Diez días en un manicomio). Ahora iba a encomendar Pulitzer a su osada periodista una ambiciosa y agresiva campaña que habría de asegurarle al World (en cuya cabecera campeaba la altanera aseveración: «Garantizamos que nuestra tirada es mayor que la suma de las de dos diarios americanos cualesquiera») el primer puesto, en la feroz competencia que enfrentaba a los periódicos neoyorquinos. Iba a enviar a Nellie a dar la vuelta al mundo, con el propósito de que batiera el récord de ochenta días de Phileas Fogg. «¿Es el gran sueño de Julio Verne compatible con la realidad?», preguntaba el titular de cabecera del World del 14 de noviembre de 1889. El artículo prometía que el diario iba a convertir ese sueño en una realidad. «Varios miles de personas han leído con sumo interés el viaje imaginario que Julio Verne, ese príncipe de los soñadores, consiguió que realizara su personaje, Phileas Fogg.» Nadie había llevado a cabo una proeza así en la vida real y, por tanto, «le corresponde al Worldabrir brecha en este campo, como lo ha hecho anteriormente en tantos otros. Hoy a las 9.30, Nellie Bly, que tan bien conocen los millones de personas que han leído los palpitantes relatos en los que ha referido personalmente sus hazañas, se pondrá en camino, como una auténtica Phileas Fogg del sexo femenino [ … ].»

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    La vuelta al mundo de Nellie Bly

   Al narrar su aventura, la Phileas Fogg del sexo femenino afirmó que la idea se le había ocurrido a ella. Tenía por costumbre cavilar los domingos y someter, al día siguiente, a la aprobación o al rechazo de su redactor jefe las ideas que se le habían ocurrido. Antes de hablarle a nadie de ello, se había informado en una compañía naviera y había descubierto que se podía cubrir el itinerario en menos de ochenta días. Se enteró luego de que su periódico tenía prevista una vuelta al mundo, pero con un periodista masculino. El director le afirmó que no podía realizar ese viaje sin nadie que la protegiera, que tendría que llevar demasiadas maletas y que, además, sólo hablaba inglés … Era inútil que insistiera, sólo un hombre podía llevar a cabo esa empresa. «Muy bien -recordaba ella que había respondido, rabiosa-. Usted envíe a un hombre y yo saldré al mismo tiempo en representación de otro periódico y ganaré.»
Está claro que Nellie se salió con la suya. El reportaje adoptó infinitas modalidades. Hasta los días en que no había llegado ningún telegrama de Nellie Bly, el World podía hablarles a los lectores de las toneladas de cartas que recibía el periódico -algunas de ellas eran, incluso, peticiones de mano-. Más adelante, el periódico fue alimentando el suspense con noticias de trenes que se retrasaban y otros transbordos fallidos, o con posibles naufragios. Nellie se había embarcado en un navío llamado Augusta Victoria y el diario refería que otro barco, en el que había estado a punto de viajar, se había demorado por la culpa de una tempestad o había estado a punto de naufragar. Después, el 22 de noviembre, la primera página proclamó: «NELLIE BLY EN LA OTRA ORILLA. TRAS UN ACCIDENTADO VIAJE, LA GLOBE-TROTTER DEL WORLD SE HALLA HOY EN SOUTHAMPTON. SI CUENTA CON TIEMPO SUFICIENTE, VISITARÁ A JULIO VERNE EN FRANCIA.»

La visita a Julio Verne fue una improvisación, o, al menos, eso cuenta la leyenda. Según Nellie Bly, Julio Verne y Honorine habían escrito al corresponsal del World en Londres para preguntar si sería posible que la periodista se detuviese en Amiens al cruzar el continente. «¡Ay! ¡Cuánto me gustaría conocerlos!», exclamó ésta. Sentía mucho no tener tiempo para ello. «Si puede usted aguantar dos noches sin dormir ni descansar, creo que es factible», repuso el corresponsal (un tal Tracey Greaves). Pero, tiempo después, el corresponsal en París de ese mismo diario, el inglés Robert Sherard, presentó una versión más fidedigna de los hechos. «Se pensó que supondría una buena publicidad para la «historia» que la chiquita conociese a Julio Verne en Amiens según cruzaba Francia para ir a Brindisi. Al principio, el anciano caballero [es decir, Julio Verne] no acaba de comprender dónde estaba el interés de semejante encuentro y tuve que recurrir a cierta dosis de persuasión para conseguir que accediera a él. La tarea era tanto más dificultosa cuanto que nos estábamos aprovechando de su amabilidad para nuestros propios intereses.» ¡Tal fue la espontánea invitación de Julio Verne! En cualquier caso, el encuentro constituyó todo un éxito. «Me di tanta maña para despertar el interés de Verne por la empresa -recuerda Sherard- que tuvo la amabilidad de acudir a la estación de Amiens con un ramo de flores para recibir a la periodista.»

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Una de las portadas de un diario que describía las peripecias de Nellie Bly en su vuelta al mundo

   «Al verlo -refirió Nellie- sentí lo mismo que hubiera sentido cualquier mujer en parecidas circunstancias. Me pregunté si llevaría la cara manchada de hollín y si estaría despeinada. Me dije a mí misma con cierta melancolía que si hubiese viajado en un tren americano habría podido acicalarme durante el trayecto, para bajar del tren en Amiens y saludar al ilustre novelista y a su mujer tan aseada y pimpante como si los hubiera recibido en mi propia casa.» Verne, por su parte, está encantado de la vida de conocer a «esta joven y hermosa norteamericana», como contó en una carta al periódico Le Temps. «Miss Bly [ … ] me pareció muy enérgica y resuelta. Parecía un apuesto jovencito muy capaz de acabar el viaje en el plazo previsto.»
Julio abrió camino hacia los coches que esperaban delante de la estación. Nellie caminaba junto a Honorine, muy violenta pues no hablaban el mismo idioma. «Caía la tarde. Durante el recorrido por las calles de Amiens, pude divisar brevemente tiendas tentadoras, un parque muy bonito y muchas niñeras que empujaban cochecitos», recuerda Nellie Bly. El coche de Julio Verne seguía de cerca el suyo. «Apretó el paso para reunirse con nosotras y abrió una puerta que había en la tapia», cuenta. Hasta más adelante no había de fijarse en la leve cojera del escritor. «Un perro negro y flaco se abalanzó hacia mí para darme la bienvenida. Se me acercó de un brinco, con una mirada dulce y llena de afecto. Aunque me gustan los perros y me agradó mucho cómo me recibía éste, no dejó de darme miedo que sus vehementes caricias menoscabasen mi dignidad y me hiciesen caer de rodillas en los umbrales de la casa del célebre francés.» Subieron la escalinata de mármol, cruzaron un «precioso jardincito de invierno, que no estaba atestado de flores -comenta la joven- sino que contaba con la cantidad precisa para que pudiera verse y apreciarse la belleza de las diferentes plantas», y llegaron a un amplio salón donde Honorine encendió la chimenea «con sus propias manos». Tuvo entonces tiempo la visitante para fijarse en el famoso Julio Verne: «La cabellera, blanca como la nieve, lucía un artístico despeinado. Le ocultaba la parte de abajo de la cara una espesa barba, cuya blancura rivalizaba con la del pelo, pero tanto los sanos colores del cutis y el luminoso brillo de los ojos negros, velados por espesas cejas blancas, como la palabra ágil y con los gestos animados mostraban energía, vida y entusiasmo.» Calculaba que podía medir alrededor de un metro sesenta y cinco.

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         Caricatura que ilustra la entrevista de Nellie Bly a Julio Verne.                                  © Centro International Jules Verne, Amiens.

Es evidente que conversaron recurriendo a un intérprete, Sherard. «Me esfuerzo por mantenerme informado de cuanto ocurre en los Estados Unidos y me agradan mucho los cientos de cartas que me envían cada año los norteamericanos que leen mis libros -le dijo Verne-. No puedo imaginarme nada que me tiente más que recorrer el país de usted desde Nueva York hasta San Francisco.» Ella le describió su itinerario que, desde Amiens, iba a llevarla de nuevo a Calais para tomar el expreso con destino a Brindisi. Allí, se embarcaría con rumbo hacia Port-Said, Ismailía, Suez, Adén, Colombo, Penang, Singapur, Hong Kong, Yokohama, San Francisco y Nueva York. «¿Por qué no va a Bombay, como mi personaje Phileas Fogg?», le preguntó Julio Verne. «Porque me importa mucho más ganar tiempo que salvar a una viuda joven», repuso ella. «Es posible que salve usted a un viudo joven antes de regresar», dijo el autor con sonrisas. Y ella «sonrió con un sentimiento de superioridad, como lo harán siempre las mujeres libres de obsesiones ante insinuaciones de ese tenor».
Pero había llegado la hora de reanudar el viaje. Si perdía el tren de Calais, lo único que le quedaba ya por hacer era volver a Nueva York, pues perdería una semana. No obstante, le pidió a Julio Verne que le enseñase rápidamente su despacho. «Al ver el resto de la casa -recuerda-, me había imaginado que el despacho del señor Verne sería una habitación muy hermosa. Pero, al entrar en él, me quedé muda de asombro. Abrió una ventana de celosía, la única ventana de la habitación, y la señora Verne apretó el paso para alcanzarnos y encendió la camisa de la lámpara de gas colgada encima de la chimenea.» ¡Qué habitación tan pequeña!, pensó, atónita, la periodista. Es casi tan pequeña como el gabinete de mi casa. «Era también una habitación austera y desnuda. Debajo de la ventana había una mesa de trabajo y resultaba espectacular no ver en ella el acostumbrado desorden que suele cubrir las mesas de los literatos [ … ].» Encima de la mesa había un montón muy ordenado de manuscritos, que Julio Verne le permitió examinar. Vio que había palabras tachadas acá y acullá, pero ningún añadido, lo que indicaba que introducía algunas mejoras en su trabajo suprimiendo detalles superfluos, pero que nunca añadía nada. No había en la habitación más que un único asiento -el de la mesa de trabajo- ni más mueble, además de la mesa y la silla, que un sofá bajo. Desde la ventana de celosía se divisaba la aguja de la catedral. A sus pies, se extendía el parque y, algo más allá, se abría el túnel del ferrocarril.
Pasaron, luego, a la enorme biblioteca, forrada de estantes desde el suelo hasta el techo. Su anfitrión le enseñó un mapa que ella reconoció en el acto: el itinerario de Phileas Fogg; con un lápiz, trazó Verne en ese mapa el de la joven. Recordó ésta más adelante que le había dicho que tenía la intención de hacer el viaje en setenta y cinco días. «Si lo hace usted en setenta y nueve, la aplaudiré a rabiar», le contestó él. Y dijo después en inglés, mientras chocaban las copas de vino: «Buena suerte, Nellie Bly.»

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Viñeta que muestra a Verne mostrándole en un mapa, el recorrido que debería hacer Nelly Bly para dar la vuelta al mundo al igual que sus personajes de ficción

 Era una noche fría en verdad. Y pese a los ruegos de Nellie Bly, los Verne la acompañaron por el helado patio hasta la verja. Al volverse vio cómo agitaban la mano para despedirla; «el viento glacial les despeinaba el blanco cabello». No perdió los transbordos y pudo coger el correo de Brindisi «por encima de todo», como contaba en el resumen enviado a su diario. Y dio, efectivamente, la vuelta al mundo en 72 días, seis horas y once minutos, pese a los desfases horarios.
El 26 de enero de 1890, la primera página del World estaba completamente dedicada a Nellie Bly … y a Julio Verne. «Se ha batido el récord. [ … ] Miles de personas vitorean a Nellie Bly hasta quedarse afónicas. [ … ] El país entero rebosa de entusiasmado fervor [ … ].» Un titular rezaba: «JULIO VERNE ENVÍA SU ENHORABUENA.» El periódico le había pedido unas palabras al «mago de Amiens» y reproducía ahora su respuesta telegráfica:

NUNCA DUDÉ DEL ÉXITO DE NELLIE BLY. SU ARROJO LO HACÍA PREVISIBLE.
HURRA POR ELLA Y POR EL DIRECTOR DEL WORLD. ¡HURRA, HURRA!
 

   Antes de que Nellie Bly llegase a Nueva York, ya había tomado Roben Sherard el camino de Amiens. Julio Verne sabía que la joven había desembarcado en San Francisco el 23 de enero y sabía también que, gracias a las mejoras de los servicios ferroviarios, ya sólo se tardaba cinco días en cruzar los Estados Unidos. Pero estaba seguro de que la periodista encontraría la forma de ir más deprisa; y eso fue lo que ésta hizo, pese a que tuvo que dar un rodeo porque encontró la vía férrea bloqueada por la nieve.
«Estoy encantada -le confió Honorine a Sherard-, aunque no sea más que porque al fin va a recuperar mi marido el sosiego. [ … ] Todas las noches decía: “Miss Bly debe de estar en este sitio, o en el otro.” Solía ir, al caer la tarde, a buscar el mapamundi o el globo y me señalaba el lugar en que probablemente estaba Miss Bly en aquellos momentos. Cada día marcaba su avance con banderitas en ese mapa grande de ahí arriba.» El periodista cita a Verne: «Ya se lo ha dicho mi mujer: me he acordado continuamente de Miss Bly. Lo que más pensaba era: ¡Dios, cuánto me gustaría ser aún libre y joven! Me habría encantado hacer ese viaje, incluso en esas mismas condiciones: dar la vuelta al mundo a toda prisa, sin ver casi nada. Yo me habría puesto en marcha sin pensármelo dos veces y le habría propuesto a Miss Bly acompañarla.» Y Sherard oyó el comentario de Honorine: «No me habría hecho ninguna gracia.»

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Jonathan Hadary and Samantha Hill representando la entrevista entre el escritor francés y la periodista norteamericana en la obra teatral “Jules Verne From the Earth to the Moon”. BAM Fisher, Brooklyn, 2015.

Al preguntarle el periodista si pensaba sacar a Miss Bly en alguna novela, Verne respondió con candidez: «Es lo más probable. Aunque no se me resultan muy bien los personajes femeninos, pero voy a empezar a escribir dentro de nada un libro que se va a llamar “Lady Franklin” [había de llamarse, de hecho, Mistress Branican]. Más adelante, se me ocurrirá seguramente un marco adecuado para ese espectáculo tan bonito ante el que me puso usted hace más o menos setenta días.»
En la ya citada primera página del diario aparecía el resumen de esta grata conversación con otro título:

«VERNE DICE: BRAVO»

El novelista francés encantado con el éxito de la viajera del World
Gran triunfo periodístico
Verne seguía el recorrido paso a paso en sus globos terráqueos
Su Phileas Fogg derrotado
Una apasionante entrevista con el Mago de Amiens
La señora Verne se suma a los plácemes
Afluyen por doquier grandes elogios para The World y sus representantes
Este éxito ha convertido al World en el periódico más famoso del mundo.

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